Puigdemont, el jefe de la manada

Guillem Bota
28.03.2022
5 min

No ha de ser fácil ejercer de diputado de JuntsxCatalunya, hay que reconocer que esa gente se gana su sueldo con creces. Un diputado de Junts, cuando se levanta de buena mañana, nunca sabe qué cotas de ridículo va a alcanzar durante el día, qué sapos va a tener que tragarse ni cuántas veces se verá obligado a decir digo donde dijo Diego. Es el problema de ser un partido mesiánico y de tener un mesías al que no le funciona bien la chaveta, del cual se desconoce cómo va a reaccionar. Desconocer cómo va a reaccionar Puigdemont, dicho sea de paso, es lo más normal, si tenemos en cuenta que lo desconoce incluso él mismo, como suele suceder con quienes no rigen bien.

Así que, al iniciar la jornada, los diputados de Junts posan tan ufanos con el resto de grupos que firmaron el acuerdo sobre la lengua en la educación, pero ese día Puigdemont se ha levantado con el pie izquierdo y dice que nones, o sea que, tras firmar y hacerse la foto, toca desdecirse. La mente de Puigdemont funciona a su aire, y decide las cosas según si el cuerpo que la acoge –a la mente— ha dormido bien, o si ayer cenó mal, o si las cuentas no le salen y debe pedir más dinero a los fieles o, en fin, si la película que echaban anoche por la tele belga no fue del todo de su agrado. Cualquier cosa pone de mal humor a Puigdemont, ya se sabe que los neuróticos solitarios son muy sensibles a las agresiones que el mundo se empeña en ejercer en su contra, y como no es cosa de tomarla siempre con el pobre Comín que le asiste, se dedica a dinamitar cualquier acuerdo de su grupo. Ni siquiera es necesario que esté al corriente de los movimientos de Junts, eso no importa en absoluto, se trata de demostrarse a sí mismo que sigue siendo el jefe. Así que coge el teléfono y lo demuestra.

—¿Oye? Que sepáis que no estoy nada de acuerdo en lo que sea que hayáis aprobado hoy, por lo tanto ya lo estáis rectificando, que aquí mando yo.

Y entonces a sus subordinados de Cataluña no les queda otra que bajarse los pantalones, que quien manda manda. Sobra decir que no tiene la menor trascendencia que el acuerdo que se ven obligados a rechazar sea positivo para el conjunto de catalanes, puesto que éstos a Puigdemont ni le importan ni le han importado jamás. De lo que se trata es de demostrar quién es el macho que domina la manada. Para entender cómo funciona la mente de Puigdemont –tratados sobre patologías psiquiátricas aparte—, nada como ver los documentales sobre fauna de La 2: es como la vieja hiena que para demostrar que sigue al mando, maltrata a los demás miembros de la manada, si es necesario devorando a los cachorros y montando a todas las hembras que tenga a tiro (a fuer de sinceros, esas dos últimas actividades no se le conocen por el momento a Puigdemont). Nada gana con ello, salvo el placer de creerse importante, cosa que si en hienas y demás bichos de la sabana puede ser comprensible, en un hombre adulto es más bien preocupante, no habla nada bien de su salud mental. Tanto recuerdan las actitudes de Puigdemont al reino animal, que a nadie extrañaría verlo orinar por los rincones de la Casa de la República, marcando territorio.

A mí, personalmente, el votus interruptus de JuntsxCatalunya acatando las órdenes del jefe de la manada, me ha hecho un favor. Como no tengo ni idea de política, para saber si una ley es positiva, me baso en un indicador infalible: si JuntsxCatalunya vota a favor, no puede ser buena. No es nada personal, es algo que tengo más que comprobado empíricamente. Gracias al jefe de la manada, me he convencido de que va a ser un acuerdo positivo para la escuela catalana y para sus alumnos. Si Junts no está en el ajo, solo puede ser bueno.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Botap

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla.