Decía Juan Luis Vives, en su Tratado del alma (1538), que la risa es un acto que nos hace feliz, aunque siempre está secuestrada por normas de conducta con el fin de que “no estalle ruidosamente, sacudiendo el cuerpo todo, como acontece en las carcajadas de los zafios y de los villanos”. El filósofo valenciano fue pionero en lo que hoy se denomina psicoterapia de la risa, para él reírse era un ejercicio de liberación.  Si el independentismo pretende liberar al pueblo catalán debería reírse más y mejor.

La risa que ofrecen Toni Soler, Manel Lucas, Toni Albà y demás cómicos en el tan celebrado Polònia ha demostrado ser tendenciosa y sectaria. El humor satírico de este grupo es tan antiespañol o tan antiborbónico o tan antipepé que ha terminado por esculpir una mueca en el gesto de muchos nacionalistas. El humor polaco está más cerca de Hobbes que de Vives, y Lucas lo sabe. Para el filósofo inglés del siglo XVII, la risa “procede de la súbita concepción de nuestra superioridad y eminencia”, respecto a otro.

En el carnaval de Cádiz no se ríen de otros porque se sientan superiores a los burlados. Los carnavaleros gaditanos lo hacen por puro goce y deleite en un tiempo exacto, antes de Cuaresma, cuando hay permiso para poner el mundo al revés. Se ríen de todos, empezando por ellos mismos. Y entienden que su burla no nace del odio, ni hay intención de dañar ni de castigar sino de ofrecer alegría y diversión. Cádiz es nuestra reserva ludens de Occidente, hay que protegerla, hay que celebrarla.

Si el movimiento independentista ha visto odio en la chirigota de la familia Verdugo al reírse de Puigdemont es porque ignora qué es la España plural, y porque desconoce cómo eran los carnavales en Cataluña siglos atrás, y Lucas lo sabe. Cualquier ombliguismo es muy perjudicial para la salud, mientras que el humor es el mejor antídoto para combatir el fanatismo que tantos talentos destruye.

 

La hipersensibilidad del independentismo es una agresiva táctica más de su cínico pacifismo

 

De todos modos, sorprende la capacidad alienante del secular discurso catalanista en su versión más rancia. Josep Cuní, al ser preguntado en un programa de La Sexta sobre el caso de la chirigota gaditana, tiró de refranero: "No ofende quien quiere sino quien puede", para afirmar sin pestañear que desde fuera de Cataluña no se conoce qué es la catalanidad y la sensibilidad de los catalanes respecto a su identidad. El solipsismo en su respuesta fue mayúsculo. En lugar de reconocer su ignorancia supina sobre el carnaval de Cádiz, trasladó dicho desconocimiento al resto de los españoles.

Sin duda el equilibrista Cuní tiene parte de razón al plantear el problema de la hipersensiblidad del independentismo. Este falso argumento también parece haber influido en el tiempo y en la forma de aplicar el 155, Rajoy lo retrasó hasta que ya no pudo esperar más, y cuando tuvo que ejecutarlo lo hizo con todos los paños calientes posibles. El resultado electoral ha demostrado cuán equivocado estaba en sus temores. Los independentistas ni se han inmutado, la hipersensibilidad es una agresiva táctica más de su cínico pacifismo.

Si los centenares de miles de creyentes o de militantes de este movimiento de liberación nacional manifiestan tener la piel muy fina, cualquier broma sólo la entienden como una antipática aversión hacia (su) Cataluña. Puede ser éste un punto débil si de cualquier roce nace una herida sangrante, en las ya de por sí tensas relaciones con el resto de los ciudadanos españoles. Pero lo más preocupante es que por unas letrillas carnavaleras confundan ficción y realidad. Sería sólo un delirio pasajero si no fuera porque sus argumentos están anclados en una normalización identitaria que ve enemigos donde solo hay alegres chirigoteros. Es tanta la ceguera nacionalista que olvidan una obviedad: los carnavaleros no perjudican a los políticos cuando los critican sino cuando los olvidan.