Puigdemont no es cobarde

Guillem Bota
08.07.2019
5 min

Se está siendo muy injusto con el prófugo Puigdemont, a quien incluso un alto cargo del periódico afín Ara acusó de hacer el ridículo. Poco más o menos lo mismo afirmó Toni Aira, ex jefe de comunicación del PDeCAT, indicando que lo de Estrasburgo "no fue nada bien", eufemismo que por venir de quien viene se puede traducir como "hicimos un pan como unas hostias". La mayoría de comentaristas, e incluso la mayoría de catalanes --excluyendo, y sólo quizás, solamente a su señora y su familia más cercana-- tacha estos días al pobre Puigdemont de cobarde, cagón, gallina, pusilánime, medroso y cuantos sinónimos se les ocurren, eso ya depende de la cultura de cada cual, puesto que es en el arte del insulto donde se notan los estudios. Lo cierto es que incluso en el gimnasio que frecuento, donde las conversaciones no suelen ir más allá del fútbol o del cuerpo de una nueva usuaria de las instalaciones, pillé a unos parroquianos refiriéndose al ex presidente, y perdonen el lenguaje, pero en mi gimnasio somos así.

- Dijo que iría a Estrasburgo y a la hora de la verdad, va y se queda en Alemania. ¡Menudo gilipollas! (risas del comentarista y de quines le escuchaban) -no hizo falta que concretara a quién se refería.

No les voy a atosigar, pero en los bares, cafeterías, e incluso en las comidas familiares, por lo menos en la mía, todo el mundo coincide en poner en solfa el valor de Puigdemont. Bien es cierto que llueve sobre mojado, y que su huida tras aquella mini proclamación de república, más su anterior cambio de coche bajo un puente para ir a votar el 1-O donde no hubiera Guardia Civil, no colaboran en demasía a proyectar una imagen heroica del personaje.

Se equivocan todos. La valentía del glorioso expresidente se demuestra sobre todo en estos momentos, cuando después de haber hecho un ridículo apoteósico retransmitido en directo por todas las cadenas, incluso por su muy sumisa TV3, que no tuvo otro remedio que contar la verdad de su ausencia en Estrasburgo, no solamente no ha corrido a esconderse en alguna gruta de una montaña remota o en alguna isla del mar del Norte conocida sólo por algunas gaviotas, sino que sigue apareciendo en público. Eso sí es valor. Allí donde la mayoría de humanos tendría pavor, allí donde --lo confieso-- yo mismo me escondería en la alcantarilla más próxima ante la menor posibilidad de que alguien me reconociera, él se muestra ufano, como si nada hubiera ocurrido, como si su terror a cruzar la frontera franco-germana hubiera sido cosa de otro que pasaba por allí. Cuando hasta sus más próximos empiezan a dudar no sólo de su valor sino también de su estabilidad mental y emocional, él muestra su absoluto desapego al ridículo.

- ¿Miedo al ridículo, yo? ¡Jamás! - Y haciendo caso omiso de las miradas de burla, del recochineo que se forma a su alrededor y de las cuchufletas que despierta entre propios y extraños, aparece como si nada dondequiera que se le demanda. Y también donde no se le demanda, multiplicando así su arrojo a la par --eso sí-- que el hartazgo de los presentes.

Eso es tener valor, señores. Son pocos los líderes mundiales que, después de todos los varapalos de la justicia europea y tras haber mostrado urbi et orbi que echaría a correr si se sintiera atacado por una gallina clueca, todavía son capaces de dar la cara como si aquí nada hubiera sucedido.

O eso, o este hombre está cada vez peor de la azotea, y ni se da cuenta de lo que hace ni mucho menos es capaz de recordarlo al cabo de un par de minutos. Cabe no descartar esa posibilidad.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.

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