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Puigdemont: borrón y cuenta nueva

Guillem Bota
27.07.2020
5 min

Alguien tuvo el detalle de mandarme a la redacción de Crónica Global M’explico, el panfleto donde Puigdemont debía revelar quien sabe qué. Llevo desde entonces, y ya va para diez días, rascando con la uña para ver si me sale premio. Hasta el pasado jueves no supe que no, que los tachones que aparecen en sus páginas no ocultan premio alguno, ni siquiera la posibilidad de una simple y honrada devolución del precio del libro, en el caso de aquellos insensatos que se gastaron dinero en adquirirlo pensando que merecía la pena. Resulta que son pasajes voluntariamente tachados, según comentó el mismo Puigdemont --del cual todos sabemos que no cuenta el valor entre sus virtudes-- para evitar “represión” contra algunas personas y --eso lo barrunto yo-- unas cuantas querellas contra él mismo. Curioso método éste, porque hasta el momento, a quien escribe un libro y pretende ocultar información, le basta con no escribir lo que no quiere que se sepa, y santas pascuas. Quizás Puigdemont y su negro, un tal Xirgu, tenían que llegar por contrato a las 300 páginas, y llenando el mamotreto de tachones, era más fácil. Si alguien tiene pocas cosas que contar y encima las que cuenta no tienen el menor interés, nada mejor que simular que tacha pasajes enteros, y así se van llenando páginas.

Probablemente el pobre hombre vio alguna vez en la prensa algún documento desclasificado de la CIA, con sus tachaduras en ciertos párrafos, y le pareció que la cosa adoptaba un aire interesante y misterioso.

Eso ayuda a vender, pensó el tipo, aunque una cosa es que la CIA quiera mantener en el anonimato a algún agente doble, y que Puigdemont llene de borrones un libro que no aporta novedad alguna, puesto que de sus delirios de grandeza ya teníamos noticia, y de su cobardía ni les cuento.

El caso es que hasta que no me enteré de que era un truco para vender y no un rasca-rasca, llevaba ya unas cuantas páginas agujereadas. Como toco la guitarra, tengo uñas poderosas. Afortunadamente, me enteré a tiempo de que podía dejar de rascar, o tendría ya el libro con más agujeros que la estrategia sanitaria de la Generalitat. Lo cual, dicho sea de paso, no me causaría el menor pesar, puesto que si una cosa les puedo asegurar una vez terminada la lectura, es que lo más interesante son precisamente los tachones.

Lo bueno es que ahora que ya estamos puestos en antecedentes, no nos sorprenderá que en la entrevista que  en la noche de este domingo le realizaron en TV3 para promocionar su libro --hay que ver lo mal que debe tener las finanzas todo un expresidente, que tiene que servirse de su propia televisión para intentar vender--, un pitido pudiera silenciar todo lo que dijera pero nadie debiera escuchar. De la misma forma que un tachón oculta todo lo que escribe pero nadie debe leer.

El problema es la cantidad de gente que no habrá estado tan atenta como yo a las explicaciones del ilustre prófugo, y sigue rascando, una página tras otra, esperando que detrás de un tachón aparezca el deseado “vale por un juego de sábanas en el Corte Ingles” y puedan casar a la niña. Cuántas familias deben de reunirse cada noche alrededor de la mesa camilla, para ver si esta vez sí, esta vez tenemos la suerte que se nos niega siempre a los pobres, y nos sale el premio. Cómo hacerle entender a la gente que nunca lee, pero se compra el libro de Puigdemont porque es lo que deben hacer los catalanes de bien, que los tachones no son más que un truco publicitario de mal escritor. Hasta los más humildes procuran que sus hijos presenten los deberes a la maestra en perfecto estado de revista, porque los tachones delatan siempre a quien los comete como a una persona sucia, mentirosa, traidora, soez y de poco fiar.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.