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El pueblo proveedor

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Los acusados están en su derecho a confundir al tribunal para defenderse. Y esto es lo que están haciendo los procesados del procés, cada uno a su estilo o a la manera de su abogado. Sin embargo, al ser este un juicio retransmitido en directo, la confusión se expande también a las audiencias, básicamente a los que creyeron en ellos a pies juntillas, que fueron muchos cientos de miles. Algunas de las revelaciones se corresponden con sospechas firmes de los incrédulos desde el minuto uno; por ejemplo, que nunca hubo declaración de independencia ni proclamación de ninguna república. Otras afirmaciones son más creativas, la que más, la sugerencia de un referéndum autoorganizado por el pueblo, que proveyó de todo aquello que el Gobierno que lo impulsaba no aportó, ni urnas ni papeletas, por la vigilancia a la que estaban sometidos tras la prohibición del 1-O.

La idea de un referéndum milagroso, obra de un pueblo providencial, atento a las necesidades de su Gobierno, casa muy mal con antiguas pretensiones de un referéndum escrupuloso con las exigencias de la Comisión de Venecia. De hecho, los responsables de dicha comisión ya advirtieron a Puigdemont antes del 1-O que su iniciativa no reunía las características para ser considerado un referéndum auténtico y vinculante y eso que no sabían todavía de los detalles reales de su celebración.

Si tuviéramos que creernos la versión que ofrecen a la sala los acusados que responden al interrogatorio de la Fiscalía y la Abogacía, el gobierno Puigdemont estaba formado por un grupo de consejeros algo despreocupados de lo que hacían sus compañeros de gabinete y muy confiados en la Providencia, por eso no se dedicaron a la organización del referéndum prohibido por el Tribunal Constitucional. Ni falta que les hacía, porque siempre supieron que el día y a la hora señalados aparecerían las urnas y las papeletas, aunque ninguno de ellos sabe dar razón del origen de las mismas.

La idea de los acusados, de ciertos acusados, Rull, Turull y Forn, de adornar la jornada del 1-O con unas pinceladas de misterio y un canto al pueblo movilizado sería atractiva --una licencia creativa de unos abogados pragmáticos y unos políticos que se enfrentan a graves penas--, de no ser por las consecuencias desastrosas que tuvo aquel día, comenzando por la violencia policial y siguiendo por su larga e injustificada prisión preventiva.

Por otra parte, la consideración del 1-O como un acto de generación espontánea, organizado por actores anónimos, un Fuenteovejuna catalán, ataca abiertamente al supuesto mandato democrático nacido de aquella votación que el presidente Quim Torra está empeñado en materializar. Porque estaremos de acuerdo sobre la escasa fiabilidad y la nula relevancia jurídica de una consulta preparada y financiada por los buenos ciudadanos soberanistas, salvo como factor de movilización política de participación espectacular.

Todo es una cortina de humo para esquivar la acusación de malversación, dirán muchos de sus seguidores y tal vez estén en lo cierto. Pero este intento de reescribir la historia del otoño del 17 en su beneficio procesal choca con los brillantes discursos de Junqueras y Romeva, negándose a rebajar el éxito democrático del 1-O y ahorrándose el cuerpo a cuerpo con unos fiscales y una abogada del Estado que no abandonan nunca su cantinela rutinaria de preguntas detallistas. A este paso, no quedará nada del épico ejercicio del derecho de autodeterminación que nos fue anunciado en su día.  

La ex consellera Dolors Bassa introdujo un tercer elemento para la discordia con la crónica oficial mantenida hasta ahora. El referéndum no solo fue organizado por una mano misteriosa, tampoco su celebración tuvo carácter concluyente, por eso no llegó la república. Contrariando versiones más canónicas de algunos compañeros de Gobierno, contó que su convocatoria no respondía a un mandato electoral estricto sino a un pacto con la CUP para salvar la legislatura. El compromiso político adquirido con los electores al que suelen referirse algunos de los declarantes tampoco sería, pues, una verdad irrefutable. Entre las exageraciones de hace año y medio y la relativización de esta última semana y media, nos costará fijar una secuencia fiable de lo que vivimos. Y sería muy necesario poder hacerlo para seguir con la vida, en una u otra dirección.