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Pásate al modo ahorro

Una sanidad de self service

Guillem Bota
09.11.2020
6 min

Supongo que el paso lógico siguiente a echar la culpa del virus a los ciudadanos por su indisciplina, y a que todas las medidas que se toman vayan a cargo de esos mismos ciudadanos, obligados a quedarse en casa --si no por decreto, porque no tienen a donde ir--, era que fueran ellos también los encargados de hacerse las pruebas a sí mismos para saber si están contagiados. Cataluña, siempre pionera cuando se trata de tener ideas revolucionarias, ha sido la primera comunidad en anunciar que serán los propios chavales quienes en los institutos van a hacerse las pruebas, unos a otros. No dirán que no es una buena idea, con lo que ahorremos en enfermeras, cualquier día vamos a mandar otro satélite al espacio exterior. Incluso podremos conceder más apariciones de Pilar Rahola en TV3, sin que la buena mujer tenga que mendigarlas.

La medida no ha gustado ni a profesores ni a sanitarios, ambos colectivos la han cualificado de idiotez --aunque hayan usado otras palabras, quedaba claro el significado que subyacía--, razón de más para que el gobierno catalán la ponga en práctica cuanto antes y sin posibilidad de marcha atrás. Si en algo se ha especializado el gobierno catalán, en los últimos años pero más aún desde que estalló esa crisis sanitaria, es en tomar medidas que ni contentan a nadie ni sirven absolutamente para nada. En eso es también un gobierno pionero, porque hasta los más inútiles aciertan sin querer en alguna ocasión. El gobierno catalán, jamás, de lo que se deduce que no solamente lo hace aposta sino que sus miembros se esfuerzan sobremanera para conseguirlo.

Hace lustros que en Cataluña se está produciendo un desmantelamiento del sistema sanitario público, y en este caso hay que reconocer que el Govern no ha conseguido su propósito de enojar a todos los sectores, puesto que las mutuas privadas de salud aplauden sin cesar cada nueva decisión: no han dejado de aumentar su número de afiliados ---el ciudadano, aunque sea catalán, puesto en la disyuntiva de morir a causa de la deficiencia del sistema público de salud, o arruinarse, suele preferir seguir con vida-- y, por tanto, sus ingresos.

Las pruebas realizadas por adolescentes entre ellos, deben de ser solo un primer paso hacia el cambio total del modelo sanitario. Si esas pruebas se superan en los primeros días sin contratiempos de peso, esto es, sin ningún alumno asfixiado a manos de un compañero demasiado impetuoso a la hora de realizar el frotis, será el momento de ir un poco más allá. Si tiernos adolescentes con la cabeza llena de pajaritos y las hormonas desbocadas, son capaces de realizar tareas que hasta ahora correspondían solamente a enfermeras tituladas ¿por qué no suplir también a los médicos, y que sean los ciudadanos, no sólo los estudiantes, quienes primero diagnostiquen y seguidamente traten a los contagiados? ¿Y por qué limitarse a los enfermos de Covid, cuando todos estamos capacitados para tratar toda suerte de patologías y pacientes, incluso de intervenirlos a corazón abierto si se presenta la ocasión? Ítem más: ¿Por qué operar en un hospital, cuando la mesa de la cocina --después de pasarle un paño para quitar las migajas de pan del desayuno-- puede hacer las veces de quirófano?

Nos encaminamos a una sanidad de self-service, aunque más bien da la impresión de ser una sanidad de todo a cien, y si ya hemos asumido tener que servirnos nosotros mismos en las gasolineras, no veo que no pueda suceder lo mismo en el campo de la salud. De la misma forma que, en los institutos, los alumnos de secundaria deberán hacerse las pruebas de la Covid, a no muy tardar los ancianos ingresados en las residencias públicas catalanas --los que queden vivos, después del paso por el poder del actual Govern-- van a tener que comprobarse los unos a los otros el estado de su próstata. Esperemos que la Generalitat les proporcione por lo menos un par de guantes de látex. Un par por residencia, tampoco vayamos a derrochar.

 

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.