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Tras la independencia, la república

Joaquim Coll
6 min

Esta ha sido la celebración más triste y deslucida de la fiesta nacional del 12 de octubre que recordamos. A las dramáticas circunstancias de la crisis sanitaria y socioeconómica, se une un enfrentamiento partidista cainita que viene de lejos, que no da tregua en ningún momento y que utiliza todas las malas artes posibles. La suma de todo ello hace que España viva su peor momento histórico desde la transición, siendo el país europeo más castigado por la crisis de la Covid-19. No hay unidad nacional ni un proyecto de futuro compartido, no solo por la cansina división territorial, sino por la brutal polarización entre la izquierda y la derecha en todos los asuntos. La pandemia no ha sacado lo mejor, sino lo peor de la política, la más rastrera y miserable. Pero más allá del rifirrafe entre los partidos que apoyan al Gobierno y la dura oposición de derechas, lo peor es que hemos entrado en una dinámica destructiva de las instituciones en la que todos perdemos. Mientras el PP bloquea la renovación de órganos fundamentales como el CGPJ, el Defensor del Pueblo o el consejo de RTVE, y utiliza la Comunidad de Madrid para su guerra sin cuartel contra Pedro Sánchez, desde Unidas Podemos se pretende un cambio en la jefatura del Estado que solo es posible con una reforma constitucional para la que se necesita un consenso que no existe para ninguna otra cuestión. Entre tanto, se liquidan los pocos consensos que quedaban de la transición.

Tras una década de crisis independentista, que se cierra por agotamiento y con destrozo general en Cataluña, hemos entrado en otra etapa en la que la monarquía se convierte en el nuevo eje divisorio mayor. Más que de alternativa republicana hay que hablar de antimonarquismo o antiborbonismo porque el objetivo de los que sostienen esa campaña es erosionar y destruir la confianza en la Corona como institucional neutral. Como constructo populista ese republicanismo que abanderan tanto Pablo Iglesias como Gabriel Rufián, va a jugar en la política española el mismo papel abrasivo que el procés ha desempeñado en la política catalana desde 2012. Es una forma de darle continuidad porque, evidentemente, no resuelve ningún problema desde un punto de vista social, pero sus precursores creen que es la cuña para abrir el famoso “candado del 78” que tanto les obsesiona. Tras el fracaso del proceso independentista, hacia el que Podemos  se mostró entusiasta en la medida que podría hacer inevitable un referéndum que rompiera las costuras constitucionales, el discurso antimonárquico es su continuación por otra vía. Tras el señuelo de la independencia, toca ahora la república.

Ahora bien, la transparencia de la Corona es mejorable y, por ejemplo, sería bueno conocer cuál es el patrimonio de la familia real y qué impuestos paga por sus bienes privativos. También se podría acotar mejor la inviolabilidad del jefe del Estado para evitar que nadie esté por encima de la ley para evitar comportamientos como los que se le atribuyen a Juan Carlos I. Igualmente, la igualdad de trato entre varón y hembra en la sucesión es una reforma que si no se ha hecho no es por culpa de la monarquía sino de los partidos. Pese a todas estas cuestiones, hoy la disputa ideológica entre monarquía o república es anacrónica porque lo sustancial de nuestro modelo político es su carácter democrático y parlamentario. Los valores de la monarquía constitucional son los mismos en su praxis que los de una república parlamentaria. Es cierto que se trata de un cargo vitalicio y hereditario que choca con el principio de igualdad, pero es una contradicción excepcional y salvable porque el rey es una figura mucho más decorativa e incolora políticamente que si tuviéramos un presidente, que tendría que ser propuesto por unos partidos y resultar elegido mediante una gran mayoría en el Congreso que siempre dejaría alguien al margen. Además, viendo la irresponsable incapacidad de los partidos en ponerse de acuerdo en nada, lo más probable es que acabaríamos teniendo un presidente vitalicio, con un mandato caducado. En medio del marasmo actual, la monarquía encarna la España constitucional de la transición. Por ahora lo mejor que hemos hecho.

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¿Quién es... Joaquim Coll?
Joaquim Coll

Doctor en Historia contemporánea y especialista en el catalanismo y las políticas de los siglos XIX y XX. Ganó el Premio Ciudad de Barcelona Agustí Duran i Sanpere en 1998. Colaborador habitual en medios de comunicación.