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El desconcierto del ‘postprocés’

José Antonio Sorolla
7 min

Este 2018 que acaba puede caracterizarse como el año en que el procés se convirtió en el postprocés, con un rasgo distintivo principal, el desconcierto del movimiento independentista. Mientras en el otro lado una moción de censura derribaba a Mariano Rajoy y Pedro Sánchez intentaba un diálogo hasta entonces bloqueado, en Cataluña se acentuaba la división inducida por la política de desinflamación y el independentismo se enfrenta ahora a su gran dilema: o Sánchez o la derecha dura.

Las fuerzas independentistas volvieron a ganar las elecciones del 21 de diciembre de 2017 convocadas por Rajoy con el amparo del artículo 155 de la Constitución. Aunque, como dos años antes, no alcanzaron la mayoría en votos, la ley electoral dio a la alianza de Junts per Catalunya (JxCAT), ERC y la CUP mayoría absoluta (70 escaños) frente a la oposición (65), encabezada por Ciutadans (Cs) que, con 36 diputados, fue el partido más votado.

Sin embargo, las divisiones en el independentismo y el bloqueo parlamentario de las soluciones propuestas por el bloque secesionista a causa de las decisiones judiciales imposibilitaron durante casi cinco meses la elección de presidente de la Generalitat. Tras intentar la elección telemática de Carles Puigdemont, apodado “el presidente legítimo”, y las de Jordi Sànchez, encarcelado en Soto del Real, y Jordi Turull, enviado a prisión por el juez Pablo Llarena entre sesión y sesión, Puigdemont designó a un personaje extravagante como Quim Torra para presidir la Generalitat. Torra, autor de textos xenófobos y admirador del nacionalismo radical de los años 30 del siglo pasado encarnado en Nosaltres Sols, fue elegido el 14 de mayo por un voto de diferencia (66 a 65 y la abstención de la CUP), y tomó posesión el 2 de junio después de renunciar una semana antes al intento de “restituir” a los consellers en prisión o huidos en el extranjero.

El mismo 2 de junio, Pedro Sánchez prometía su cargo de presidente del Gobierno obtenido el día anterior mediante una moción de censura, que contó con el apoyo de los independentistas. Algo más de un mes más tarde, el 9 de julio, Sánchez recibió en la Moncloa a Torra y se inició la “política de desinflamación” para reducir las heridas –traslado de los presos a Cataluña-- y abrir una vía al diálogo, que ha continuado en la segunda entrevista entre ambos presidentes, el pasado día 20, la víspera de la reunión en Barcelona del Consejo de Ministros en medio de desplantes del Govern, protestas callejeras y extraordinarias medidas de seguridad.

En estos cinco meses se han producido más de 20 reuniones bilaterales entre ministros y consellers, pero Torra no deja de plantear cada vez que se ve con Sánchez el ejercicio del derecho de autodeterminación. Lo hizo en julio y lo ha hecho ahora, sin tener en cuenta aquella frase de Ortega de que “el esfuerzo inútil conduce a la melancolía”. Una frase recordada estos días por Joaquim Coello, uno de los negociadores que intentaron que Puigdemont convocase elecciones en octubre de 2017 para evitar la DUI.

Durante este año se han agravado las discrepancias entre los independentistas, inducidas en parte por la política de desinflamación de Sánchez, que ha obligado a pragmáticos  y radicales a tomar postura ante la oferta de diálogo. Así, mientras en un lado se han alineado ERC, Òmnium y una parte del PDeCAT, en el otro forman los puigdemontistas de JxCAT, la ANC y la CUP, con un papel cada vez más rupturista de la Assemblea. Hemos pasado del “president, posi les urnes” de Carme Forcadell al ultimátum de Elisenda Paluzie, que se ha permitido instar a Torra y al Govern a cumplir su programa máximo, que incluye la vía unilateral, si no quieren ser sustituidos. Una amenaza que olvida que a la ANC nadie la ha elegido en las urnas, aunque se parezca cada vez más a un partido político tras la organización de las primarias de Jordi Graupera en Barcelona y la prevista presentación de candidatos a las elecciones municipales.

La división ha llegado al extremo de que lo único que une de verdad a las fuerzas independentistas es la prisión de sus dirigentes, cuya denuncia ha centrado los mayores esfuerzos este año en espera del próximo juicio. Antes, el independentismo afronta el gran dilema de permitir la permanencia en el Gobierno de Sánchez --desgastado y censurado por los barones, aterrorizados por la influencia que pueda tener el diálogo con Torra en las elecciones autonómicas de mayo-- o apostar por su fracaso –rechazando los presupuestos, por ejemplo--, lo que podría llevar a la Moncloa al tripartito integrado por el partido de un Pablo Casado desatado en su involución hasta la derecha extrema, la formación de un Albert Rivera resentido con el PSOE, en competencia feroz con el PP y cada vez más intransigente en la cuestión catalana, y el descaro anticonstitucional, xenófobo y extremista de Vox.

La indecisión ante este dilema obedece al desconcierto del independentismo una vez fracasada la vía unilateral y mientras se asume que la independencia ni está ni ha estado nunca “a tocar”, como tantas veces han proclamado incluso quienes ahora lo niegan.

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¿Quién es... José Antonio Sorolla?
José Antonio Sorolla

Periodista desde 1974. Ha sido redactor jefe de El País, director adjunto de El Periódico de Catalunya y corresponsal de ambos diarios en París.