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El president Quim Torra no tiene quien le escriba

Jordi García-Soler
11 min

Aunque “la nostalgia ya no es lo que era”, como nos explicó Simone Signoret en sus memorias, probablemente ha sido a causa de su nostalgia por aquellos dos años tan felices que vivió con su familia en Suiza como alto directivo de la aseguradora helvética Winterthur que el president de la Generalitat de Cataluña Quim Torra escogió Ginebra, y en concreto su histórica Universidad, para formular una vez más su pública demanda de una mediación internacional para la resolución política pacífica del conflicto existente como consecuencia de las reivindicaciones secesionistas  planteadas por los partidos que conforman la actual mayoría parlamentaria independentista en la que se apoya, no sin problemas cada vez más notorios, el mismo president Quim Torra y su Gobierno.

Dudo mucho que en esta elección de la Universidad de Ginebra hecha por Quim Torra, parece ser que católico muy ferviente, influyera en modo alguno el hecho de que fue precisamente en Ginebra donde Calvino vivió muchos años y fue allí, a la postre, donde acabó muriendo y siendo enterrado, tras haber desarrollado en aquella ciudad gran parte de su actividad filosófica y teológica como propagandista entusiasta de la Reforma, sin olvidar que fue Juan Calvino quien fundó la Universidad de Ginebra.

Sea como sea, entre manifestaciones y concentraciones, promociones de la ratafia y presidencias de eventos folklóricos de toda clase, con sus repetitivos y tan cansinos desplazamientos a Waterloo para recibir órdenes e instrucciones de Carles Puigdemont, el president Torra acudió a Ginebra y con su séquito ya habitual de altos, medios y bajos cargos de la Generalitat, los correspondientes equipos de TV3 y Catalunya Ràdio y algunos pocos periodistas más, y dio una conferencia pública en una sala de aquella misma universidad fundada en 1559 precisamente por Juan Calvino, organizada por el centro ginebrino del Global Studies Institute.

Ante unos cientos de personas, con alguna que otra “estelada” mostrada entre el público y sin más incidente que una insultante e inexcusable bravata en el exterior a cargo de un par de nostálgicos del franquismo, Quim Torra repitió un discurso que es ya harto conocido, ni que decir tiene que sobre todo por parte de la ciudadanía catalana de forma muy especial, pero también muy bien sabido por parte del resto de la ciudadanía española e incluso por parte de todas las instituciones públicas y privadas internacionales, tanto las gubernamentales como las académicas, sin olvidar a las grandes corporaciones financieras, empresariales y comunicacionales.

Nada de nuevo, pues. Tan escasas e irrelevantes fueron las novedades de esta conferencia ginebrina de Quim Torra que únicamente los medios de comunicación más afines a la causa del secesionismo catalán --en especial, claro está, TV3 y Catalunya Ràdio-- la destacaron en sus informaciones, que de forma sin duda casual y nada favorable a la misma causa, coincidieron con las palabras incendiarias de Agustí Colomines, uno de los principales impulsores de la por ahora todavía nonata “Crida Nacional per la República” que Carles Puigdemont pretende poner en marcha desde Waterloo, en contra del parecer de ERC y de gran parte de lo poco o mucho que pueda quedar aún de la antigua CDC. “Una independencia sin muertos tarda más”, dijo Agustí Colomines, quien fue muy claro al respecto: “De momento, en todas las independencias del mundo ha habido muertos; en la nuestra, hemos decidido que no queremos muertos; si decides que no quieres muertos, tardas más; el proceso es mucho más largo”. Inoportuno como casi siempre, pero como también casi siempre sin pelos en la lengua, Agustí Colomines, que dirigió la Escuela de Administración Pública de Cataluña, que fue también director de la hoy ya desaparecida Fundación CatDem convergente y sigue siendo profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Barcelona, fue desautorizado de inmediato desde muchos sectores del independentismo.

En el permanente bucle en el que se mueve el movimiento independentista catalán, la apelación a la mediación internacional es una constante sin fin. Lo ha sido siempre, incluso desde muchos años antes del inicio del actual procés, cuando algunos alocados jóvenes separatistas radicales plantearon, ni que decir que sin ningún éxito, la posible colaboración con el fascismo italiano a cambio del apoyo mussoliniano a la independencia de Cataluña. En estos últimos seis interminables años de procés han sido de nuevo inútiles todos los intentos de alcanzar una mediación internacional. Han sido muy claros y rotundos los rechazos a cualquier solicitud de intermediación por parte de la Unión Europea, de la Comisión Europea y del Consejo de Europa, que en todo momento han sostenido que este conflicto político es un asunto interno y que como tal debe ser resuelto en clave interna y según el ordenamiento constitucional vigente, dando de esta manera su apoyo a las posiciones del Gobierno de España.

Más recientemente, hace apenas un mes, el propio president Quim Torra, al mismo tiempo que lanzaba un supuesto ultimátum al Gobierno de España que preside Pedro Sánchez, informó del envío de cartas al papa Francisco y a los presidentes de China, Xim Jimping, de Estados Unidos, Donald Trump, de Rusia, Vladimir Putin, de Ucrania, Petró Poroshenko, y de Kosovo, Hashim Taçi, en las que les solicitaba que intermediaran ante el Gobierno español.

Ya han pasado algunas semanas, casi todo un mes, y por ahora desconocemos si ha habido algún tipo de respuesta, o como mínimo un educado acuse de recibo. No deja de ser curiosa la elección de los destinatarios de estas cartas de Quim Torra, con personajes de tan diverso y complejo pelaje como los ya citados, entre los que resulta muy difícil encontrar a alguien de quien no quepan dudas sobre sus convicciones verdaderamente democráticas. Más allá del papa Francisco, mucho más preocupado en los conflictos internos de toda índole que vive y padece el catolicismo en el mundo mundial, y citar tan solo a Xim Jimping o a Putin, sería interesante saber qué opinarían acerca de la demanda de algún referéndum de autodeterminación por parte de alguna nacionalidad china o rusa, respectivamente. Sería curioso conocer la opinión de Trump sobre una posible pero nada probable demanda secesionista de Texas, por ejemplo. Y no hablemos ya de Ucrania o Kosovo, dos estados hoy por hoy fallidos y/o en grave crisis interna y externa. 

No deja de ser curioso que, por vez primera en esta interminable sucesión de solicitudes de intermediación internacional, desde el Gobierno de la Generalitat se haya prescindido de la Unión Europea, de todas sus instituciones y de todos sus estados miembros. De alguna manera es un reconocimiento explícito de que no hay ni habrá mediación ni intermediación de ningún tipo, ni por parte de la Unión Europea ni por parte de ninguno de sus veintiocho actuales estados miembros.

Sí sabemos que la respuesta al supuesto ultimátum al Gobierno presidido por Pedro Sánchez no se hizo esperar; fue inmediata y contundente, a cargo de la ministra y portavoz Isabel Celáa, con una firme negativa a las demandas de Torra sobre una imposible negociación de un referéndum de autodeterminación de Cataluña, al menos hoy por hoy inconstitucional a todas luces, como en todos los países de nuestro entorno.

Como nadie en su sano juicio, ni tan siquiera el casi siempre alocado Agustí Colomines, desea ni espera que se produzca ningún muerto a causa de este conflicto, el president Quim Torra, y con él Carles Puigdemont y el conjunto del movimiento independentista catalán, harían muy bien en replantearse todo el procés y, sin renunciar necesariamente por ello a su legítimo pero hoy por hoy absolutamente irrealizable objetivo final de la secesión, regresar a la senda de la política responsable, sensata y realista. A buen seguro que entonces Cataluña entera, o al menos una mayoría muy amplia de su ciudadanía, podría dialogar, negociar, transaccionar y pactar con el Gobierno de España. Y con el beneplácito y el apoyo, entonces sí, de todas las instituciones internacionales democráticas.

Mientras, como al coronel de aquella célebre novela corta de Gabriel García Márquez, el president Quim Torra no tiene quien le escriba.

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¿Quién es... Jordi García-Soler?
Jordi García-Soler

Periodista de 70 años y con más de 53 de ejercicio profesional en prensa, radio, televisión y comunicación política.