Menú Buscar

¿Por qué miramos al Sacro Imperio Germánico?

Javier Paniagua
6 min

Hasta ahora, a pesar de mi licenciatura y doctorado en Historia, había tenido solo referencias desconexas del Sacro Imperio Romano Germánico, especialmente en la etapa de Carlos I y de Felipe II, con los avatares que se desarrollaron en la Europa del siglo XVI. En los libros que estudiábamos en los años 60 solo se hacían unas mínimas referencias a aquel tinglado donde los príncipes electores elegían al emperador --que solía recaer a partir del siglo XIV en la casa de Habsburgo-- y este firmaba unas Capitulaciones sobre lo que debía realizar en su mandato. Poco sabíamos sobre cómo se estructuraba aquel imperio, con varios poderes en pugna, en un territorio que abarcaba lo que hoy, aproximadamente, es Alemania, Austria, Chequia, Eslovaquia, Hungría, parte de Polonia, Francia y norte de Italia, nacido de la división del Imperio carolingio en el tratado de Verdún en 843, donde la parte oriental le correspondió al nieto de Carlomagno, Luis el Germánico.

En el año 962 el conde de Sajonia, Otón I, se autodenomina emperador para remarcar que se consideraba la continuidad del Imperio Romano, rescatando por los estudiosos de Bolonia todo el Derecho Romano. A partir de 1024 la elección la decidían los llamados príncipes electores del territorio, que recayó en Conrado II. Una estructura feudal que tuvo diversos conflictos con el papado, las reivindicaciones campesinas y los príncipes entre sí y que resistió hasta principios del siglo XIX. Ya en la Paz de Westfalia, en 1648, la relación entre el poder imperial y los reinos, condados, ducados, ciudades, etc. --que llegaron a ser unos 350--se fueron deteriorando y hacían difícil mantener una unidad política coherente.

Todo esto viene a cuento por el libro que acaba de publicar F. Sosa Wagner, Gracia y desgracia del Sacro Imperio Romano Germánico. Montgelas: el liberalismo incipiente (Marcial Pons, 2020). Un estudio sobre la desintegración del Reich a caballo entre el siglo XVIII y el XIX, centrado en la figura del ministro de Baviera, Maximilian Joseph Freiherr von Montgelas, en los tiempos convulsos de la Revolución Francesa y el Imperio Napoleónico.

Porque es entonces cuando se derimen las estructuras políticas y sociales del mundo contemporáneo y, de alguna manera, se ponen las raíces de las polémicas políticas de nuestro tiempo. Los conflictos políticos y los debates teóricos de ellos derivados tienen sus orígenes en esa época. Sosa utiliza el caso de Montgelas para describirnos los problemas que se derivan entre las relaciones de poder de una entidad política y los elementos que pertenecen a ella.

El conglomerado que representó la estructura del Sacro Imperio fue un elemento para reflexionar y decidir de qué manera podían resolverse las disparidades entre los diferentes territorios que forman parte de un conjunto en que las diversas partes buscan consolidarse como Estados en una época en que los movimientos nacionalistas comienzan a despuntar.

Ese era el objetivo de Montgelas (un señor que antes de actuar estudiaba con profundidad los temas): consolidar la identidad política de Baviera y de ahí su interés por las necesarias reformas jurídicas y sociales. Y para ello, como es norma en las relaciones políticas, se alió con aquellos poderes que pudieran facilitarle su objetivo, primero con Napoleón cuando estaba en la cima de su poder en Europa y después, cuando intuyó que era más débil de lo que intentaba demostrar, se inclinó por Austria. Aquello acabó con dos poderes básicos, el Imperio Austro-Húngaro que quiso mantener la inercia del Reich y Prusia, que sería el constructor de Alemania con Bismark en 1871. Pero aquel Sacro Imperio no era, precisamente, un dechado de virtudes políticas y fue analizado por los padres de la independencia de EEUU para no caer en el desbarajuste y equilibrar el poder de los Estados con el poder federal, cuyos problemas afloraron con su guerra de 1861-1865 entre Confederados y Unionistas.

De ahí que, cuando se habla o se escribe de federalismo, haya que analizar y estudiar las dificultades que se derivan entre los distintos poderes. Ni los estados unificados como Francia, ni los federales como Alemania o EEUU son modelos impolutos. Y Sosa, como ha escrito reiteradamente, evidencia que las fragmentaciones tienen también sus inconvenientes, especialmente en lo que puede derivarse en la Unión Europea, donde los estados quieren controlar a las instituciones europeas. Al final no sé si Sosa es un estudioso del Derecho Público, un historiador, un memorialista, un seguidor de greguerías con sus guindas, sus soserías, sus ensayos o sus novelas. En este trabajo se deslizan párrafos literarios que van más allá del rigor de un libro jurídico-histórico. Casi todo suele hacerlo con cierta brillantez, y digo cierta para no excitar su vanidad.

Artículos anteriores
¿Quién es... Javier Paniagua Fuentes?
Javier Paniagua

Catedrático acreditado de Historia Social y del Pensamiento Político (UNED). Codirector de la Revista Historia Social. Ha sido Director General de la consejería de Educación de la Generalitat Valenciana (1983-1986) y diputado en el Congreso de los Diputados entre 1986 y 2000 por el PSOE. Su último libro: El Socialismo. Del PSOE a la Socialdemocracia y Viceversa (cátedra, 2016).