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Pongamos que en Cataluña hablamos de Madrid

Guillem Bota
23.11.2020
6 min

Si hay una cosa peor que la cifra de contagios y muertes en Cataluña no deje de crecer es que en Madrid haya menos. Aquí podemos soportar un montón de fallecidos por Covid, los que haga falta, pero siempre que en Madrid muera más gente. Por eso, declaraciones como las del antaño científico catalán de cabecera, Oriol Mitjà, ensalzando las medidas que toma Madrid en contraposición a las de Cataluña nos duelen tanto. No porque se trate de Mitjà, a quien estuvimos a punto de dar el premio Nobel antes de que lo hicieran los suecos --los catalanes no necesitamos que una academia escandinava nos diga quién merece una medalla--, sino porque hablaba --pongamos-- de Madrid. Si Mitjà asegura que en La Rioja o en Extremadura son mejores que nosotros en la lucha contra a pandemia, lo asumiremos como uno más de nuestros errores, no vendrá de uno más. Pero Madrid, no. Por ahí no pasamos. Cataluña debe estar siempre por encima de Madrid.

No faltaba más que la prensa alemana echando sal en la herida, insistiendo en elogiar la forma madrileña de hacer las cosas, para acabar de hundirnos en la depresión. Incluso Fermí Puig, galardonado chef catalán que formó parte de las listas electorales de Junts per Catalunya (JxCat), acusa al Govern catalán de provocar la ruina del sector. Hasta ahí nada que decir, puesto que el Govern es bien consciente de lo que está haciendo y parece no importarle. Lo malo fue que a continuación Puig aseguró que “en Madrid sí que hacen las cosas bien”. Eso no, Fermí, eso no. Una cosa es acusar al Govern catalán de ser un grupo de incompetentes que está arruinando a una región que fue la más próspera de España, acusación que les importa un bledo, y otra es asegurar que en Madrid están trabajando bien. Eso no hay catalán de bien que lo aguante, Fermí Puig debe pasar a engrosar la lista siempre creciente de traidores.

En las reuniones del Ejecutivo catalán, así como en las del comité de gestión del Covid --ese del que unos se levantan ofendidos porque consideran que los otros han filtrado datos, da igual que unos y otros estén jugando con la salud de todos-- lo primero que se pone sobre la mesa son los muertos madrileños, y sólo después se da cuenta de los fallecidos en Cataluña. Si éstos son 1.000 y los de Madrid 1.001, el día empieza excelente, todo son sonrisas y parabienes. Pero si en Cataluña se han producido 100 fallecimientos y en Madrid 99, las cosas no van bien y habrá que exigir algún cese o dimisión, por supuesto de cargos inferiores, que los consellers no se tocan. Lo mismo ocurre con la economía: se puede aguantar la ruina absoluta de sectores enteros de Cataluña, siempre y cuando en Madrid las cifras sean peores. No se crea con eso que los catalanes vivimos acomplejados respecto al resto del mundo, ni pensarlo: no nos importan nada, pero nada de nada, las cifras que se manejen en otras regiones españolas o en otros lugares de Europa, nosotros vamos a lo nuestro. Estamos acomplejados solamente respecto a Madrid, es algo superior a nuestras fuerzas.

Nos pasamos la vida con un ojo en Cataluña y el otro en Madrid, ya que cuanto peor vayan las cosas allí, peor podrán ir aquí sin que los catalanes pidan responsabilidades. Los políticos catalanes han adiestrado a sus ciudadanos tan magníficamente durante décadas, que también éstos amanecen con un ojo puesto en Madrid. Un catalán puede estar al borde de la muerte porque la mala gestión sanitaria ha aplazado nueve meses su operación de corazón, puede estar comiendo de la caridad pública porque la política económica del Govern le obligó a cerrar el negocio y cuando quiso solicitar ayuda, el sistema informático no respondía. Pero este mismo catalán morirá --de inanición o de un infarto, tanto da-- contento si sabe que en Madrid alguien lo está pasando peor que él.

 

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.