Pleitesía y botellón

Pedro Vega
27.09.2021
7 min

Lo peor que queda del sainete de Cerdeña es una inmensa sensación de ridículo y vergüenza ajena, además de la total ausencia de institucionalidad. Tampoco es nuevo. El hermano Aragonés se fue a tierras sardas a rendir pleitesía y sumisión al prófugo tras calificarle de  “presidente Puigdemont” y asumiendo la condición de vicario provisional, sin que sepamos durante cuánto tiempo, esperando a regresar para volver a asumir de forma provisional la Presidencia de eso que queda de Generalitat, hasta que lo decida el creído legítimo. Lo hizo sin decir palabra alguna sobre la realidad de sucesión de botellones masivos en Barcelona mutados en hechos de violencia urbana. Como si no pasara nada.

Lo ocurrido en la isla italiana obliga a recordar tiempos pasados de este país. Cuando en la transición ETA era una plaga de muertos sin sentido, se planteó un gran debate sobre la forma de informar de los atentados: simple suceso o noticia de la que había de informarse con amplitud. Ya se sabe lo que pasó. Tal vez haya llegado el momento de plantear un debate similar, es decir, dejar de hablar del inquilino de Waterloo. Porque cuanto más pábulo se le dé, más feliz será y más le tendremos presente. Después de todo, el interfecto ya fue detenido en Bélgica, Alemania y ahora Italia. Por lo tanto, queda mucho partido en una Europa comunitaria de 27 países, aún tiene recorrido.

Las hipótesis de lo ocurrido estos días, son diversas y cualquiera puede servir de justificación. Pudo ser un montaje para recuperar el terreno perdido entre los socios del Govern: JxCat y ERC o una simple argucia para reavivar el volcán del independentismo. No faltará quien crea que las autoridades de Roma no quieren ni oír hablar de alguien que comulgue con el nacionalismo sardo. Puede incluso que alguien piense que podía tratarse de una fórmula pactada para detener el personaje y traerlo a España sin tener que juzgarle por sedición y simplemente por malversación, con un proceso más rápido y menor desgaste gubernamental. Hasta quien diga que, más allá de las normas de alerta europea, fue su señora quien dio el chivatazo para ver si se acaba con este culebrón que la tiene hasta el gorro.

Todo es posible cuando se está en un estado de perplejidad permanente. Lo malo es la sensación inevitable de ver a la justicia española (sin necesidad de hablar de la europea) sumida en una situación increíble: una institución que no tiene jefe, en la que nadie manda porque lo hacen todos, sin estrategia política ni judicial ni de comunicación. Un anacronismo en pleno siglo XXI que, de alguna forma, da la imagen real del país.

Más allá de las hipótesis, la realidad es que vivimos momentos en los que poco importa ya si alguien escucha a alguien. Es como si viviéramos en una sociedad sorda, con todos dotados del pinganillo de turno, escuchando música o conversaciones que a nadie interesan porque el volumen del móvil está siempre al máximo nivel. Y, si la mesa de diálogo se desequilibra, pues que la calcen, sea con un corcho o con lo que toque en los Presupuestos del Estado. Después de todo, el criterio de validación de la realidad es siempre cuestionable: sea para lo que está ocurriendo en La Palma o lo acaecido en Córcega. Siempre habrá expertos suficientes para justificar lo que ocurre. Ahí tenemos a Pedro Sánchez, como gran ejemplo durante toda la crisis de la pandemia.

¿Mientras tanto? Pues ahí tenemos el tema del aeropuerto de El Prat como paradigma de los males que vivimos en Cataluña, mientras Barcelona torna a vivir jornadas impresentables en cualquier lugar del mundo. Cuando no hay orden ni institucionalidad, a alguien se le han escapado las cosas de las manos. Tanto da que sea al Vicario Aragonés como a la alcaldesa Kolau. Si, con K de Kremlin por opaca, autoritaria, caprichosa, cerrada a cualquier diálogo y falsa con una crisis de confianza bidireccional: ni se fía de la gente ni los ciudadanos confían en ella. Hoy disuelve los antidisturbios de la Guardia Urbana y mañana pide que intervengan los mossos.

Con una inmensa capacidad para centrifugar responsabilidades, Kolau se ha transmutado en la némesis de Maragall “El Bueno”, el que contribuyó decisivamente a hacer de Barcelona una ciudad con proyección internacional, cosmopolita, abierta, moderna y tolerante. ¿Qué queda ahora de todo aquello? Apenas nada. Como mucho, un estado de malhumor impregnado a la piel como la humedad permanente de la Ciudad Condal, en donde los restauradores son pasto de la inspección constante por las terrazas, con un único fin recaudatorio, mientras los bloques de cemento sirven exclusivamente de acomodo para los riders que esperan el servicio de comida preparada.

La sensación es de vivir momentos con una realidad construida en despachos, de arriba abajo para poder darles la vuelta y provocar la impresión de que se trata de una demanda popular masiva que va en sentido inverso, como es el caso del independentismo. Cada vez quedan menos cosas en pie, incluido el Barça. Todo se desmorona.

Como mucho, se pasa de pijo progre a pijo verde. El criterio institucional ha desaparecido de la realidad, a ambos lados de la plaza de Sant Jaume. La duda es saber ahora hacia donde mirarán. Cualquier día podremos ver en ella una concentración de discrepantes cabreados por las oportunidades que se pierden o simplemente no se aprovechan. Solo prevalecen las diferencias entre los socios de gobierno, tanto da que sea autonómico como municipal.

 

 

 

 

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¿Quién es... Pedro Vega?
Pedro Vega

Santander; Aries, mientras los astrólogos no alteran las certezas zodiacales; cosmopolita residente en Barcelona tras pasar por Paris, Bucarest y Madrid. Colaborador de diversos medios informativos, es autor de libros como “Crónica del antifranquismo”. Dedicado desde hace tiempo a la consultoría de comunicación de grandes corporaciones empresariales.