De Rubén Darío, Cicciolina y la tertuliana llorona

Guillem Bota
27.05.2019
5 min

Llora la Rahola y llora en directo, por las ondas, en el estudio de RAC1. Y claro, si llora la princesa del procés uno no puede sino preguntarse, a lo Rubén Darío, qué tendrá la princesa, que ha perdido la risa, que ha perdido el color. El bueno de Rubén pareció incluso adivinar que la princesa del procés cobraría su buena pasta por ejercer de muecín procesista en radios y televisiones catalanas, "la princesa está pálida en su silla de oro", lo cual le dificultaría -no caerá esa breva- escribir sus por otra parte prescindibles columnas: "está mudo el teclado de su clave sonoro". No creo en las meigas, pero diríase que el príncipe de los poetas se inspiró para su Sonatina en los protagonistas del procés, "el jardín puebla el triunfo de los pavos reales" y por supuesto en su hagiógrafa Pilar Rahola y toda su carrera como star mediática, a la que inmortaliza y retrata al detalle en el verso que reza "parlanchina, la dueña dice cosas banales".

¿Y por qué llora la Rahola? Pues por qué va a ser, por las imágenes de los políticos catalanes acusados de rebelión entrando en el Congreso, que una no es de piedra. Puesto que la radio es un medio sin imágenes, confieso que al escuchar cómo se sorbía los mocos por antena pensé que traía un resfriado de caballo. "Qué gran profesional, incluso con esa moquera de pavo que la castiga, esa mujer se planta en el estudio", pensé, ya que en mi caso lo cortés no quita lo valiente. No se alargó mucho mi confusión, sólo hasta que, en lugar de pedir un kleenex o un Frenadol, aclaró que se había emocionado.

Ella sabrá. No sé qué mérito tiene que unos reos vayan al Congreso a recoger sus credenciales, en todo caso el mérito será del ordenamiento jurídico que lo permite. Aunque para mérito, el de Cicciolina, que de actriz porno se convirtió en diputada italiana, allá por los años 90. De la cárcel al hemiciclo hay un pequeño paso -y a la inversa más pequeño todavía-, pero de mostrar en público las artes amatorias al escaño, hay un trecho, eso sí que merece aplauso. No hay más que pensar en los méritos que unos y otra hicieron para llegar a diputados, para darnos cuenta de quien se lo trabajó más: uno puede imaginarse perfectamente a Cicciolina dando la tabarra con la independencia, pero le cuesta harto más imaginar a Junqueras en la cama gozando con tres señores a la vez en un número cuasi contorsionista. Como se ve, incluso entre los diputados hay clases. Si la princesa Rahola hubiera asistido a la toma de posesión de Cicciolina, todavía estaría sorbiendo mocos, y es que en el fondo es una sentimental.

Cuando niños, mi hermana no dejaba de pedir a los Reyes Magos la "muñeca llorona", que sólo apaciguaba el llanto si se le ponía el chupete en la boca. Los Reyes, aleccionados por mis padres, con buen criterio se resistían a traera nuestro hogar aquella muñequita que de seguro perturbaría la paz familiar, llanto a llanto. Al final tuvieron que acceder, o la que lloraba era mi hermana, cuyo volumen superaba en mucho al de la muñeca. Las ciencias adelantan que es una barbaridad, también en juguetería, y hoy lo que se lleva es la "tertuliana llorona". Por fortuna mi hermana ya no está para esos trotes, pero en un procés que nos ha proporcionado ya sellos de la república, ratafía republicana, auténtica tierra de Waterloo y todas cuantas necedades puedan asomar a cabeza humana para que unos cuantos sigan viviendo sin pegar golpe, no ha de tardar en comercializarse tal monigote, con la cara de la Rahola, que llora a todas horas y sólo se calma si le colocas una urnita en la mano, tan mona ella.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.

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