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El peso de los álbumes

Andrea Rodés
03.10.2020
7 min

El lunes pasado mi padre se sentó a la mesa con aire preocupado. "Tengo un problema”, dijo. “Bueno, tenemos un problema”, añadió, mirándonos a mi madre, a mi hermana y a mí, que estábamos a punto de dar el primer bocado a una apetitosa empanada de atún. “¿Qué hacemos con todas las fotos antiguas que tenemos guardadas en cajas por casa? Hay montones”.

Dejé ir un suspiro. Desde que mi padre se ha jubilado, se ha vuelto un maniático del orden y cada dos por tres nos obliga a hacer limpieza y a tirar trastos acumulados en la casa familiar. Él continuaba quejándose: “¿Y qué hacemos con todas las fotos que se han quedado almacenadas en el ordenador o en la memoria del móvil? ¿Las gravamos todas en un pendrive para que lo hereden mis futuros nietos? Ya sé que mirar fotos antiguas es algo que solo hace la gente mayor y ahora no lo entendéis, pero hay que hacer algo, hay que poner orden... "

En ese momento, lo interrumpí para mostrar mi desacuerdo. ¿Desde cuándo mirar fotos antiguas es algo de la gente mayor? A mí me encanta subir a la biblioteca y perder el tiempo hojeando los álbumes familiares que mis padres estuvieron haciendo durante años: los embarazos de mi madre, los bautizos y comuniones, las fiestas de cumpleaños, las vacaciones de verano, las visitas de los abuelos, los disfraces de Carnaval... Son fotos hechas con una cámara analógica --algunas bien enfocadas, otras no tanto-- que han sobrevivido al paso del tiempo y siguen allí, clasificadas en álbumes y ya algo amarillentas, para ser consultadas cuando me apetezca, o para que un día mi hijo (o mi nieto o mi sobrino, da igual) pueda hacerse una idea de quién fui yo.

Desafortunadamente, la colección de álbumes familiares se detiene poco después de cumplir yo los dieciocho, coincidiendo con la llegada de la cámara digital. A partir de entonces, las fotos empezaron a quedarse almacenadas en una carpeta de ordenador, o grabadas en un CD, que a saber dónde está. Con la llegada del móvil, la cosa fue a peor. Algunas han quedado guardadas en la nube, otras en Facebook o Instagram.

“Hay que imprimir fotos y hacer álbumes”, le dije a mi padre, convencida de que ninguno de nuestros sucesores perderá el tiempo buscando fotos antiguas en nuestras carpetas de Dropbox o en nuestros muros de Instagram.

Pero empezar a abrir carpetas y seleccionar fotos para imprimir es un trabajo de chinos, da una pereza enorme, y no sé si algún día haremos.

 Mi hermana pequeña, que es un poco más millennial, propuso que, en lugar de imprimir las fotos digitales, solo se molestaría en digitalizar las fotos más antiguas, en blanco y negro, como las de la Comunión de mis padres, sus primeros viajes de novios... Después de cenar, estuvimos un buen rato mirando fotos antiguas. En lo que sí estábamos de acuerdo es que eran de mucha mejor calidad que cualquier foto tomada con el móvil e impresa en una tienda de fotos del barrio.  

"La resolución, el color y el detalle de la película fotográfica no dejan de sorprenderme”, escribió recientemente el fotógrafo barcelonés Gregori Civera en su cuenta de Instagram, donde ha ido colgando una serie de fotografías realizadas con cámara analógica durante un viaje a Marruecos, en el año 2005. Digitalizarlas una por una a partir de los negativos le permite descubrir pequeños detalles que solo se consiguen al trabajar con película fotográfica. #Filmisnotdead (La fotografía analógica no ha muerto) es el hashtag que escribe bajo este tipo de fotografías, igual que muchos otros defensores de la calidad de las cámaras de carrete.

#Filmisnotdead es también lo que creen a pies juntillas los organizadores del festival Revela’t, el encuentro de fotografía analógica contemporánea que se celebra cada año en Vilassar de Dalt, y que podrá visitarse hasta el próximo 12 de octubre.

Si pueden, no se lo pierdan. Este año, el festival ha apostado por un toque “humanístico”, y ha seleccionado la obra de fotógrafos de todo el mundo que muestren desde una perspectiva actual cómo se vive en diferentes lugares y contextos. A mí me han gustado mucho las fotografías en blanco y negro de Adriana López SanFeliu, una fotoperiodista barcelonesa que se ha dedicado a retratar los roles femeninos en el seno de una familia gitana, los Salazar: una adolescente dando el pecho a su bebé; una niña rubia bailando en un descampado, al son de las palmas de un grupo de hombres vestidos de boda; Joselito, un niño risueño, con mocos en la nariz, aprendiendo a seleccionar aceitunas con sus dos abuelas.

También me han parecido interesantes los coloridos retratos del marroquí M'hammed Kilito: un mecánico con el pantalón sucio de grasa, un jubilado aficionado a la fotografía frente al hotel Balima de Rabat, un librero de rostro curtido y barbilla afilada encajonado entre montañas de libros de su puesto ambulante… En una fotografía cada detalle es importante. Están ahí para recordarnos quiénes somos, y de dónde venimos.

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¿Quién es... Andrea Rodés?
Andrea Rodés

Andrea Rodés (Barcelona, 1979) es periodista y escritora. Licenciada en Administración y Dirección de Empresas por ESADE, amplió sus estudios con un postgrado en Historia del Arte en el Courtauld Institute of Art (Londres) antes de dedicarse al periodismo y la escritura. Fue corresponsal del diario Público en China y ha publicado varios libros de ficción y no ficción en catalán y castellano, entre  ellos: Por China con Palillos (Destino, 2008), El Germà Difícil (La Magrana, RBA 2012) o Cuando se vaya la niebla (Huso Editorial, 2019).