Perpiñán no quiere ser catalana, sino radiante

Guillem Bota
05.04.2021
6 min

Perpiñán deja de ser catalana. Ni recuerdo cuántos años hace que fui a esta ciudad, capital de la llamada –hasta ahora— Catalunya Nord, y me sorprendió la cantidad de carteles que proclamaban Perpignan la catalanecon orgullo, como una forma de ser dentro de Francia. Más adelante, al largo de los años, tuve que llamar algunas veces al ayuntamiento de dicha villa, y siempre, en todas las ocasiones, quien descolgaba el teléfono saludaba con un Perpignan la catalane, bon jour. Pues se acabó lo que se daba. El ayuntamiento ha decidido cambiar el adjetivo asociado a la ciudad, que de aquí en adelante será llamada Perpiñán la radiante”. Entre ser catalana o ser radiante no hay color, sobre todo hoy, que se han convertido en antónimos gracias a quienes desde hace unos años gobiernan Cataluña. A la actual Cataluña oscura, triste, amargada, apagada, malhumorada, mustia y desvaída, se opone la Perpiñán radiante. No se les puede reprochar el cambio, sino en todo caso que hayan tardado tanto en llevarlo a cabo.

No es solamente que ni Europa ni el mundo quieran saber nada de Cataluña, es que incluso aquello que creíamos que era inequívocamente catalán, prefiere dejar de serlo. Mucho mejor ser radiante que catalán, dónde va usted a parar. Al paso que vamos, según están dejando Cataluña sus gobernantes, van a querer dejar de ser catalanes incluso los catalanes, yo mismo prefiero mil veces ser radiante que ser equiparado a esa mezcla de vándalos y lloricas en que se han convertida buena parte de mis hasta ahora conciudadanos. No es casualidad que en los últimos años un buen número de empresas hayan dejado de ser catalanas, y ni tan siquiera para ser radiantes, tan solo para pasar a ser aragonesas, madrileñas o valencianas, lo que sea antes que catalanas.

Tal como van las cosas por estos pagos, haría bien Perpiñán de disimular, mirar para un lado y asegurar que allí jamás han sido catalanes, que ni siquiera saben qué es Cataluña. Catalonia? Connais pas. Es de esperar que después de cambiar el apellido de la ciudad, retiren las señeras que adornan no pocos edificios públicos, y pongan ahí un sol radiante, la bandera del Comité Olímpico Internacional o cualquier otro trapo, el caso es que no quede ni rastro de Cataluña. Francia es un país serio, y en la decisión de dejar de ser catalanes habrá pesado que Perpiñán corría el riesgo de ser tomada a chacota por todo el hexágono, como si fuera el Lepe gabacho.

No habrá sido ajeno a la medida que en Perpiñán y su región se sintonice TV3. Para las gentes que no viven en Cataluña, pero tienen la mala fortuna de ver su televisión –sin querer, haciendo záping, ocurren esas cosas— debe de ser como para nosotros sintonizar el National Geographic el día que emiten un reportaje sobre una tribu subdesarrollada de algún lugar remoto de Nueva Zelanda, tribu que encima pretende ser el centro del universo. Para reírnos un rato e incluso para asombrarnos, está bien, pero no nos gusta que nadie nos confunda con uno de ellos. 

Quien fuese que en mala hora tuvo la ocurrencia de llamar a Perpiñán “la catalana”, no podía imaginar en qué se convertiría Cataluña con el paso del tiempo. Ni podía imaginar que se aprovecharía el epíteto para reivindicar una y otra vez la catalanidad de toda la región, como si alguien en un sano juicio pudiera desear dejar de ser francés para ser catalán, eso ni en tiempos de Pujol, conque imaginen ahora. Ni menos aún podía imaginar que –quién sabe si a causa precisamente de ese “la catalana”— sería esta ciudad la elegida para celebrar aquelarres independentistas, con autobuses venidos de esta parte de los Pirineos para ver las actuaciones de Puigdemont y otros fugados de la justicia.

La gran pregunta teniendo todo lo anterior en cuenta, es: ¿vale la pena ser catalán hoy por hoy? Y la respuesta es un no del tamaño del Castellet de Perpiñán. 

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.