Con esa frase tan simple y a la vez tan amplia y contundente que encabeza este artículo, con lo que conlleva de trasfondo de significado, podríamos resumir la actitud de un sinfín de señores que defienden que, gracias a los logros de los últimos años (entre otros la ley para la Igualdad efectiva de mujeres y hombres), hemos superado definitivamente la sociedad machista tradicional. ¡Mentira¡ Ellos saben que la superioridad de “estáis de puta madre las mujeres” es condescendiente, retrógrada, y de nuevo, profunda y acaparadoramente machista.  

Hombres aparentemente cabales suscribirían que, tal y como pasaba en los años sesenta del Siglo XX, privar a las mujeres de libertad de movimiento teniendo que dar el permiso masculino para que viajaran, decidir sobre su voluntad o no de permanecer casadas con alguien o abrir una cuenta por iniciativa propia son derechos consustanciales al individuo y que era imprescindible romper los lastres con el siglo pasado y construir una sociedad moderna donde el Estado y las leyes velaran por la igualdad real de toda su ciudadanía.

Son los mismos hombres “cabales” que evolucionando con la sociedad estuvieron de acuerdo en que ley de Igualdad de Género fue necesaria para establecer un parámetro de justicia entre iguales. Hombres que incluso podrán mirar con buenos ojos la nueva propuesta de ley “solo sí es sí” y descubrir que hay en ella hay elementos que calibrar en positivo para tener en cuenta.

Sí. Aparentemente podríamos estar todos de acuerdo. Pero luego hay algo más. Hay un sustrato de más calado. Más profundo. Más terrible. Ese trasfondo irracional ( o no) que algunos hombres (y mujeres) no pueden evitar asignando roles a unos y a otras en función de su sexo.

Yo no quiero estar de 'puta madre' gracias a la benevolencia ni generosidad de nadie. Yo no quiero reivindicar lo obvio. Yo quiero estar ( o no ) de 'puta madre' por mis logros, mis desgracias y un camino vital propio, sin depender del velo protector de ningún señor que tenga a bien protegerme y que asocie inherentemente a ese velo guardián la obligación de mi sumisión femenina.

En esta comunidad dónde formalmente los derechos y obligaciones de mujeres y hombres son los mismos (Pero, si estáis de puta madre las mujeres) seguimos arrastrando, bajo una aparente evolución normalizada, conductas anacrónicas, injustas e inaceptables en un mundo igualitario.

Hay un finísimo nexo de unión entre la violencia gratuita contra las mujeres y el machismo latente e inherente en demasiados sujetos que aparece aún en muchísimos de nuestros hogares. Es en las casas, en las comidas, en las tertulias, en el sofá o en los bares dónde empieza el abuso de poder. Es en los ámbitos cotidianos dónde la sumisión sutil y encubierta  de las mujeres se hace más evidente.

Debe ser porque en mi familia reinaba un matriarcado real y que desde pequeña sé que las mujeres deciden, actúan y viven con la misma autoridad, responsabilidad y exigencia que los hombres y porque a mi hermana y a mi nunca nos hicieron abastecer de una camisa planchada, una cama hecha o una mesa puesta, a mis hermanos varones simplemente porque éramos chicas. Y que no concibo y me rebelo cada día de cada día para no justificar ninguna actitud de supremacía por una cuestión de género.

Yo ya crecí así. Y por lo tanto me recorre un coraje visceral e intenso cuando alguien, sea éste macho o hembra, presupone que si hay una señora en alguna situación en la que “tradicionalmente” la mujer asumía un rol femenino ( y por lo tanto servil), se acomode en esa estupidez y presuponga que será ella la que se levantará de la mesa para sacar los platos, recoger la cocina, cambiar unos pañales, dar un biberón o cualquier otra tarea asignada al rol femenino.

Esos gestos y acciones que pueden parecer nimiedades no lo son. Son la ignorancia, el anacronismo, la pobreza espiritual, la falta de salud moral y la ausencia de inteligencia los atributos que promueven esos patrones de mentecatos egoístas. Solo si solucionamos también esas conductas llegaremos a la esencia del asunto ante el tema de la diferencia de género. Ningún hombre debe atreverse, ni permitir que otro se atreva, a dar por supuesto que no tiene la obligación de hacer o decir algo por la condición de su genero.

Cuando un hombre da por hecho que existe un rol para cada sexo y presupone que hay trabajos de unos u otras está diciendo, sin decirlo (y eso es casi peor porque aparentemente lo justifica), que existe una diferencia de derechos y obligaciones y esa diferencia deja claro que hay una voluntad inherente de supremacía que no solo es estúpido, mediocre y anticuado si no que se convierte en peligroso, abusivo e intolerable.

Solo cuando esa base de paridad, justicia, respeto e inteligencia sea intrínseca a la sociedad habremos mejorado como individuos. Y si no lo hacemos de manera tajante y contundente seamos todos conscientes que seguimos colaborando a mantener el miedo y la injusticia.

Porque es tener miedo levantarte a buscar el agua dando por supuesto que es tu obligación. Es tener miedo presuponer que si faltan calzoncillos, o cuchillas de afeitar es también tu cometido reponerlas. Es tener miedo tener la imposición de saber qué hay en la nevera para no provocar el mal humor masculino. Es tener miedo dar por supuesto que limpias, planchas y te ocupas de la infraestructura porque esa realidad va ligada a tu sexo.

Es tener miedo no hablar claro de aquello que quieres, deseas y te preocupa para que no provocar el cólera en la morada familiar. Es tener miedo asumir que el amor se acaba y saberte dependiente de aquél que te da miedo porque que te ves incapaz de sobrevivir sin él y no tienes la capacidad de rebelarte en búsqueda de una realidad mejor. Es tener miedo ir a correr y vigilar en cada esquina, volver a casa y pedirle al taxista que te deje una bocacalle antes para que no se sepa dónde vives, sacar las llaves del bolso y llevarlas en la mano para no demorarte ni un segundo abriendo el portal o simular que hablas por el móvil para no dar pie a qué te increpen.

Y mientras algunos sigan considerando que “estáis de puta madre las mujeres” no es una frase horripilantemente machista no habrá nada nada que hacer.

Un hombre al que quiero y considero listo (con alguna lacra machista que otra) con pesadumbre vital me dijo no hace mucho : “bueno… siempre podéis esperar a que nuestra generación desaparezca y confiar en que las nuevas generaciones hayan aprendido algo y sean más justos e igualitarios…nosotros somos ya irrecuperables

No sé ...no sé.. Me gustaría pensar que esta drástica solución no debería ser la esperanza de una nueva realidad entre iguales de diferente sexo. Quiero pensar que no está del todo perdido y queda aún un atisbo de esperanza y que en breve serán nuestros compañeros, jefes, amantes, maridos, subordinados, hermanos e hijos los que hablen, escriban y denuncien. Y lo hagan, eso sí, sin paternalismos, sin concesiones ni voluntades protectoras.

Solo cuando sean los señores los que reivindiquen la justicia de la igualdad podrá ser ésta una realidad. Hasta que esto no pase, nunca nada servirá de nada.