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Entiéndaseme bien. No es que yo le desee semejante mal trance a cualquier congénere. No señor. Ni siquiera a mi peor enemigo en el caso improbable de que los tenga. Lo que sucede es que de un tiempo a esta parte a los políticos indepes les ha cogido la cabezonería de querer pasarse una temporada en la cárcel. Precisamente ahora que han cerrado la cárcel Modelo de Barcelona para poder explicarnos lo malo que era Franco.

Antes, el personal iba a retirarse a Montserrat, o se iba a tomar las aguas a un balneario. Eso de ir al talego, pasarse un período a la sombra y estar entre rejas era para los descuideros de tres al cuarto y otra gente de mal vivir. Ahora, por lo visto, es una cosa chachi piruli, desde que van los políticos del PP, los banqueros de Madrid y las folclóricas de tronío. La cárcel ha cogido un glamur a papel cuché y bolso de Vuitton que ni se lo explico. Pronto parecerá el palco del Bernabéu.

Lo que pasa es que los indepes utilizan el conocido e ineficaz método anticonceptivo de la marcha atrás, quieren ir a la cárcel ya, pero no acaban de ir, digamos que no rematan. Puigdemont proclama que si es preciso irá pero al día siguiente dice que el referéndum es el único medio para que él no acabe en tal lugar. O séase que quieren ir a la cárcel sin ir a la cárcel. Les gusta lo del paseíllo hasta la puerta de la penitenciaría pero que dentro metan a otro. Este método de acompañamiento con profusión de abrazos en la despedida ya lo utilizó Felipe González cuando acompañó a Vera y a Barrionuevo mientras les hacía así con la manita. Las despedidas siempre son tristes menos las de los que se quedan fuera. Además, cuando los encierran en Soto del Real —como a Pujol Júnior y a Sandro Rosell— han de cumplir la doble pena de estar en la cárcel y ser como un gay en Marruecos. Este Estado, como dice Lluís Llach, es bestial.

Los 'indepes' utilizan el conocido e ineficaz método anticonceptivo de 'la marcha atrás', quieren ir a la cárcel ya, pero no acaban de ir, digamos que no rematan

En el noreste peninsular todo el mundo se autoinculpa hasta que llega el momento de la verdad. Entonces aparecen el miedo escénico y el tembleque en las piernas ante el tribunal. La épica se escurre por el sumidero del miedo y cabizbajos emplean excusas. “Yo no he sido”. Como si en lugar de unos magistrados tuvieran delante a la seño de párvulos. Han sido los voluntarios, o han sido los interventores, o no se entendía lo que decía el Tribunal Constitucional. Ahora que arrecia la lluvia fina del Estado y se ha hecho más persistente, las procesiones de acompañamiento han ido a menos, a mucho menos. Y a la señora Marta Rovira, de ERC, la acompañó su soledad. La gente se acostumbra a todo: hasta que el Barça gane se vuelve rutina.

La Generalitat tiene una justicia de quita y pon, hecha a su medida. Que les reclama los bienes de Sijena, na nai del Paraguay; que les interroga la Guardia Civil... al Juzgado de Guardia; llamarle “puta” a una fiscal es libertad de expresión pero que un consejero tenga dudas sobre la celebración del referéndum se castiga como desafección al régimen; que el Tribunal Constitucional... se lo pasan por el arco del triunfo, pero van al fiscal por la peli de Operación Cataluña; que los chicos tienen el día gamberro, se meten con el bus turístico y las bicicletas de alquiler​ —así debió empezar Lenin la Revolución Rusa—, cuidadito que papi Vila, el mismo que no obedeció a la justicia, ahora sí, ahora dice que los va a castigar. Es una justicia según conveniencias.

Reír o llorar. Así titulaba Laura Freixas un extraordinario y lúcido artículo en La Vanguardia ante la actual situación catalana que empezaba diciendo: “Que nuestro president nos convoque a un referéndum para el que no hay censo, ni junta electoral, ni funcionarios, ni locales, ni urnas, ¿no da risa?”. Sí, pero en Cataluña, hecha la ley, hecha la trampa.

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¿Quién es... Manuel Trallero?
Manuel Trallero

​Ex periodista y ex casi todo lo demás. Tengo una edad ímproba, ¡incluso me acuerdo de que Franco murió en la cama! Eché artículos en 'La Vanguardia' hasta que me cansé. Hice un libro junto con Josep Guixá sobre Carmen Broto y otro solito sobre el (mal) llamado 'caso Palau'. Ambos tuvieron un éxito descriptible. Preparo una biografía de Jordi Pujol. Me he dado de baja del fútbol y del gintonic. Me gusta Schubert, aunque empiezo el día con Bach, mi ídolo fue Cassius Clay. Leo libros de historia en la cama. No soporto los restaurantes, las novelas ni el cava. Jamás veo la televisión ni oigo a Jordi Basté en RAC1. Practico la siesta del carnero y el boxeo.  

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