El naufragio de 'El Naufragio' o ¿a esto le llaman periodismo?

Manuel Trallero
5 min

Debo confesarles que practico el vicio solitario de leerme todo cuando cae en mis manos sobre el llamado, en términos kafkianos, proceso catalán​. Otros juegan a golf y nadie les mira de soslayo. La mía es una tarea ímproba, como tratar de vaciar un océano con un cubo a la orilla de la playa. El contenedor de plástico adquirido ex profeso en un chino cercano siempre está repleto y, por más que leo, no consigo que descienda el nivel de los libros que siempre lo desbordan. Sin embargo, con El Naufragio, de Lola García, me dispuse a su inmediata lectura tras las muestras de entusiasmo y algarabía con que La Vanguardia y sus aledaños mediáticos recibieron el libro de la directora adjunta del diario. 

Tuve de inmediato la sensación de que me había equivocado. No estaba ante ninguna crónica sino, y eso tirando largo, una cronología --como las que aparecen en Wikipedia, por ejemplo-- elaborada con el consabido método de cortar y pegar, algo que ya había efectuado triunfalmente Jordi Amat en su exitosa La conjura de los irresponsables. Ni una sola idea. ¿Para qué? Es la colección completa de titulares de periódico formando un relato de lo sucedido que carece de cualquier sentido, orden y concierto como no sea el propio de las ristras de chorizo, es decir que uno va detrás de otro. Es una visión completamente elitista de la historia. Lo acaecido en Cataluña y en España en esta última década queda reducido a una interminable lista de cuitas, peloteras y navajazos entre miembros, ya no de una casta --como en ocasiones se tilda a los políticos--, ni siquiera de un sanedrín ni de una secta, sino de una auténtica sociedad secreta cuya principal misión es comerse vivos los unos a los otros.  El pueblo --¡menuda ocurrencia!-- ni está ni se le espera.

En un gesto de clemencia dejan acercarse a la mesa del banquete a algunos periodistas de La Vanguardia --¿de dónde si no?-- que tienen la fortuna de recibir como dádivas unas migajas para que los plumillas puedan llevarse a la boca una exclusiva y ser considerados como "los medios​ generalmente bien informados" y formar parte, por derecho propio, de los llamados "mentideros", de quienes están en el ajo de todo lo que pasa.

A ratos, leyéndolo, más que estar en La Moncloa o en el Palau de la Generalitat, me he creído transportado al encierro de Gran Hermano. En lugar de asistir a un drama shakespeariano por la lucha del poder, estaba presenciando un vodevil, una comedia de enredo, una astracanada en donde los intérpretes --los políticos-- entran y salen de la escena a toda leche --¿será por lo de la cosa trepidante del relato?--. ¿Es fiable esa reconstrucción de las supuestas intrigas palaciegas? 

Para mayor inri, la autora emula a Pilar Urbano y se cree en la inexcusable obligación de decirnos lo que pensaba Artur Mas cuando bajaba del helicóptero a las puertas del Parlament cercado por los del 11M o de qué hablaron Mas y Homs cuando cenaban, mano a mano, bajo los altos techos del Ritz de Madrid. Ya solo ha faltado que Daniel Fernández le diese el tiro de gracia comparándola en el mismo periódico con Truman Capote y su A sangre fría, que es al periodismo lo que la homeopatía a la medicina.

Y aún hay quien se sorprende del éxito de Twitter.

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¿Quién es... Manuel Trallero?
Manuel Trallero

​Ex periodista y ex casi todo lo demás. Tengo una edad ímproba, ¡incluso me acuerdo de que Franco murió en la cama! Eché artículos en 'La Vanguardia' hasta que me cansé. Hice un libro junto con Josep Guixá sobre Carmen Broto y otro solito sobre el (mal) llamado 'caso Palau'. Ambos tuvieron un éxito descriptible. Preparo una biografía de Jordi Pujol. Me he dado de baja del fútbol y del gintonic. Me gusta Schubert, aunque empiezo el día con Bach, mi ídolo fue Cassius Clay. Leo libros de historia en la cama. No soporto los restaurantes, las novelas ni el cava. Jamás veo la televisión ni oigo a Jordi Basté en RAC1. Practico la siesta del carnero y el boxeo.  

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