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Jordi Pujol y Félix Millet: vidas paralelas

Manuel Trallero
5 min

Esta semana se ha celebrado el cuarto aniversario de la supuesta confesión del hasta entonces Muy Honorable, sobre la supuesta deixa de su señor padre. El paso indeleble del tiempo, que dirían los cursis, ha ido difuminando la indignación inicial entre propios y extraños hasta hacerla prácticamente desaparecer. Así, Xavier Trias, quien solo conocer la noticia sentenció que “lo que tiene que hacer Jordi Pujol es desaparecer”, para añadir que “la sombra del pujolismo se ha acabado”, no ha tenido empacho alguno en asistir este mismo año –tras su aparición en los papeles del paraíso— al acto de homenaje que le rindieron al expresidente sus lacayuelos a modo de corte esperpéntica de un rey destronado en el exilio. 

En cuatro años, pocos han deparado en el parecido entre la narración de Pujol con la efectuada por Félix Millet condenado por el mal llamado caso Palau. Tan solo Puigverd en La Vanguardia ya advirtió de la intención de ambos: “Esta confesión se parece demasiado a la del odioso Millet: revelar algo para disimular mucho”. Fue el hijo del propio Pujol, Oriol, quien ya trazó un paralelismo tras la entrada de los mossos en el recinto sagrado del Palau de la Música, cuando en clara referencia a su padre y al caso de Banca Catalana sentenció: “En algunos casos se ha juzgado a gente de mi partido, incluso de mi familia, sin fundamentos”. Millet y Pujol comparten, pues, muchas cosas. Incluso una sintaxis, es decir, una moral. Quien coteje ambas declaraciones hallará multitud de similitudes, incluso el empleo de los mismos términos como error, culpa, perdón, etc. que darían mucho juego para el análisis teológico, el debate psicoanalítico o el estudio shakesperiano.

En cuatro años se ha ido extendiendo en Cataluña como una espesa neblina el mantra de que “no había para tanto” y, sobre todo, que al lado de la obra del gobierno de Pujol durante veintidós años lo acaecido era una minucia, un accidente sin importancia. El propio Pujol ha redoblado los esfuerzos por reivindicarse diciendo: “También me puedo beneficiar de esta autoestima (...) porque en esta historia positiva también participé. Y no poco. No poco”. O usando las metáforas bíblicas, tan de su agrado, en esa travesía del desierto hacia la tierra prometida de la independencia de Cataluña: “Hemos dejado huellas profundas y muy buenas”, tal como pronunció en el último aquelarre en forma de autohomenaje perpetrado recientemente.

Un inventario de logros que algún desvergonzado tiene el atrevimiento de poner en el otro platillo de la balanza diciendo nada menos que “Helmut Kohl siempre será el canciller de la unificación, como Jordi Pujol será el presidente de la recuperación nacional de los hospitales comarcales, de las escuelas públicas, de TV3”. A Pujol siempre le ha preocupado lo que dirá la historia de él. Y de la misma forma que consideraba que quien mejor le hacia las entrevistas se llamaba Jordi Pujol, considera que quien está mejor preparado para decir que lo que la historia debe decir de él es precisamente él mismo. Todos aquellos papanatas que glorifican su gigantesca obra de gobierno durante casi veintidós años y de lo bien que está ahora Cataluña en comparación con aquel remoto 1980 –como los que comparaban la España de 1975 con la de 1939— olvidan que precisamente Félix Millet encontró un Palau de la Música que amenazaba ruina y lo dejó convertido en un Monumento Patrimonio de la Humanidad.

O que el fin no justifica los medios.

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¿Quién es... Manuel Trallero?
Manuel Trallero

​Ex periodista y ex casi todo lo demás. Tengo una edad ímproba, ¡incluso me acuerdo de que Franco murió en la cama! Eché artículos en 'La Vanguardia' hasta que me cansé. Hice un libro junto con Josep Guixá sobre Carmen Broto y otro solito sobre el (mal) llamado 'caso Palau'. Ambos tuvieron un éxito descriptible. Preparo una biografía de Jordi Pujol. Me he dado de baja del fútbol y del gintonic. Me gusta Schubert, aunque empiezo el día con Bach, mi ídolo fue Cassius Clay. Leo libros de historia en la cama. No soporto los restaurantes, las novelas ni el cava. Jamás veo la televisión ni oigo a Jordi Basté en RAC1. Practico la siesta del carnero y el boxeo.