¿Dónde está el centro catalán perdido?

Manuel Trallero
6 min

Igual que quien se deja olvidado un paraguas en un taxi o cual Indiana Jones en busca del arca pérdida, así van los siete sabios de Cataluña con un candil mirando debajo de las piedras a ver si dan con la centralidad catalana, el oasis catalán, el seny y el pactismo. Ese atrezo de guardarropía para hacer ver que todo sigue igual y que, como las oscuras golondrinas, van a volver sus nidos a colgar. Pero, igual que se fue la diligencia, el alumbrado a gas y los sombreros de copa, se ha ido el catalanismo político río abajo y con viento fresco, después de no haber logrado ninguno de sus objetivos. Ni ha modernizado España, cosa que hizo el señor Felipe González, andaluz para más señas; ni ha europeizado nada, porque Europa no puede ver a los catalanes ni en pintura --con Puigdemont convertido en una réplica de Ruiz Mateos y sus astracanadas--, ni han conseguido la independencia de Cataluña. Empezaron manifestándose por el pacto fiscal y han acabado saliendo a la calle por los políticos presos, poniéndose lazos amarillos hasta en los pijamas para irse a dormir. Un éxito sin precedentes. Menos mal que España es una anomalía, porque Cataluña, por lo visto, es la cosa más normal del mundo mundial, capaz de declarar la independencia más corta de la historia. Y continúanos para bingo.

No se enteran de que la historia se ha acabado, que estamos en la posmodernidad, en la cosa líquida, la pantalla de plasma, que se lleva la realidad virtual, los gobernantes telemáticos, las camisetas sudadas y la República catalana. Se acabó lo que se daba. Más vale que Prat de la Riba continúe en su tumba donde yace junto con su imperio español que tan útil le resulto a José Antonio Primo de Rivera.  Adiós con la manita a la burguesía catalana que fue la mejor burguesía catalana que hubo --¡con decirles que hace pocos días, en la platea del Liceo me robaron el programa de mano que dejé en el entreacto de una ópera de Wagner!--, que con el caso Palau ha cavado ya su fosa definitiva y ha dejado de ser un cadáver insepulto. Quedan Iceta y Espadaler jugando a cocinitas con la sociovèrgencia, quedan unas patronales de chichinabo y el Fomento del Trabajo, que no desentona con el paisaje. Y Miquel Roca, el caballero de la triste figura, paseando su porte fenicio por la sala de los pasos perdidos, envuelto en un halo de tristeza y melancolía de una Cataluña que pudo ser, pero que nunca ha sido. Un permanente coitus interruptus.

El centro nunca volverá a existir porque el centro nunca existió. Fue una ilusión, una quimera, una entelequia, una mentira

Ahora están en poder los sucesores del grito de "muera Cambó", aquellas gargantas perfectamente catalanas, los sucesores del "anarquista de Terrassa" (se confundieron con la Toracha murciana y de la FAI) que escribiría Pla y firmaría Cambó, quienes "se quedarían con los bienes y las mujeres de los burgueses porque son más guapas y huelen mejor que las suyas" y de las Patrullas de Control de la Guerra Civil que ya tienen sucesores en los Comités de Defensa de la República catalana. Todo se andará a su debido tiempo. Pero, como hubo catalanes de Burgos a la vera de Franco, ya empieza a haber catalanes con sede social en la España denostada.

No es el Finis Cataloniae que pronosticó Carlos Sentís tras la liberación de Barcelona en 1939. Cataluña no se acaba porque a los catalanes, como los buenos jugadores de póker, lo que más nos gusta es perder y volver a perder, así una y otra vez. El centro nunca volverá a existir porque el centro nunca existió. Fue una ilusión, una quimera, una entelequia, una mentira, una de tantas mentiras que nos repetimos y que como los buenos embusteros nos creímos nosotros mismos. Después ya vino todo lo demás y se inventó la posverdad.

En cierta ocasión Jordi Pujol le preguntó al gran Arturo San Agustín, antes de abrazar este la fe del novelista, qué quedaría de su obra de gobierno. El periodista contestó con una sola palabra: "Nada". Exageraba. Siempre nos quedará Port Aventura.

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¿Quién es... Manuel Trallero?
Manuel Trallero

​Ex periodista y ex casi todo lo demás. Tengo una edad ímproba, ¡incluso me acuerdo de que Franco murió en la cama! Eché artículos en 'La Vanguardia' hasta que me cansé. Hice un libro junto con Josep Guixá sobre Carmen Broto y otro solito sobre el (mal) llamado 'caso Palau'. Ambos tuvieron un éxito descriptible. Preparo una biografía de Jordi Pujol. Me he dado de baja del fútbol y del gintonic. Me gusta Schubert, aunque empiezo el día con Bach, mi ídolo fue Cassius Clay. Leo libros de historia en la cama. No soporto los restaurantes, las novelas ni el cava. Jamás veo la televisión ni oigo a Jordi Basté en RAC1. Practico la siesta del carnero y el boxeo.  

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