En Cataluña el tamaño sí que importa

Manuel Trallero
4 min

El pasado 23 de diciembre, con ganas de marcar paquete y contraprogramar en el calendario, se procedió a una de esas reuniones, bajo el eufemismo de cumbre para poder darse pisto. A la misma fueron convocados los asiduos habituales a este tipo de saraos y entre ellos un condenado por un asesinato terrorista, algo que por cierto no pareció molestarle a nadie. Lo más sorprendente no fue lo que se trató, siempre se trata del mismo, sino la puesta escena.

En el Parlamento, alrededor de una interminable mesa cuadrangular yacían un mogollón de asistentes, bien juntitos y apretados, como si se arrimaran para evitar el frío, algunos de los cuales representaban entidades que cabrían perfectamente en el ascensor de mi casa de esa "sociedad civil" hecha expresamente para la ocasión. La escenografía, sin embargo, era propia de una de aquellas reuniones de la OTAN de los tiempos de la Guerra Fría. En medio, no había nada, quedaba un enorme espacio en donde estaba reproducido el escudo de la Generalitat. Aquel vacío era la mejor representación del prestigio de nuestro autogobierno y de su propia autoestima.

El cónclave era el enésimo intento por superar ese complejo de inferioridad que nos asalta a los catalanes, esa condición liliputiense, esa vocación micro

El cónclave era el enésimo intento por superar ese complejo de inferioridad que nos asalta a los catalanes, esa condición liliputiense, esa vocación micro, que casa perfectamente con el dictamen certero Pascal Bruckner de esos "pequeños países atrapados en 'la miseria de sus litigios territoriales', sus ridículos enfrentamientos lingüísticos, su chauvinismo, su megalomanía identitaria".

De aquella magnificencia espacial pasé a los pocos días a ver por televisión una rueda de prensa desde la Generalitat. El espacio aquí era minúsculo, de submarino de bolsillo. Los miembros del Gobierno semejan a los entrenadores de futbol, rodeados de pantallas y refrescos, y se asoman de medio cuerpo, cual bustos parlantes, desde unos facistoles a modo de armaduras medievales. Los periodistas situados a sus pies, parecían párvulos en sus pupitres siguiendo las enseñanzas de la seño cabizbajos.

No me extraña en absoluto que Jordi Basté, emulando al pensador de Rodin, llegara a la conclusión de que Cataluña está en un "barrizal". Entre otras razones porque "faltan explicaciones, probablemente, porque no se puede dar; faltan informaciones probablemente porque no se pueden saber". Menos mal que siempre nos quedará Meryl Streep. Ahí está el vocero de un proceso oscurantista y secreto, que parece haberse convertido en una lucha navajera por el poder cuando no en una simple conjura palaciega.

Julio Muñoz, un parveneur, amasó una fortuna con el estraperlo, se hizo con los servicios del antiguo chófer de Alfonso XIII y le preguntó sobre la fórmula que utilizaba el monarca para volver al Palacio Real y así poderle imitar. A lo que este respondió, sin vacilar: "¿Pepe vamos a casa?".

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¿Quién es... Manuel Trallero?
Manuel Trallero

​Ex periodista y ex casi todo lo demás. Tengo una edad ímproba, ¡incluso me acuerdo de que Franco murió en la cama! Eché artículos en 'La Vanguardia' hasta que me cansé. Hice un libro junto con Josep Guixá sobre Carmen Broto y otro solito sobre el (mal) llamado 'caso Palau'. Ambos tuvieron un éxito descriptible. Preparo una biografía de Jordi Pujol. Me he dado de baja del fútbol y del gintonic. Me gusta Schubert, aunque empiezo el día con Bach, mi ídolo fue Cassius Clay. Leo libros de historia en la cama. No soporto los restaurantes, las novelas ni el cava. Jamás veo la televisión ni oigo a Jordi Basté en RAC1. Practico la siesta del carnero y el boxeo.  

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