Cataluña en modo caída libre

Manuel Trallero
5 min

Una vez decretado el estado de shock por los mandamases de la cosa; rociada convenientemente la opinión pública con líquido inflamable por los presuntos profesionales de TV3; estigmatizados por el maniqueísmo de los buenos y los malos catalanes o, como dice el eximio Jordi Barbeta, entre los que bombardean y los bombardeados, como si fueran los sioux y el Séptimo de Caballería; envenenados por el sentimentalismo tóxico --tal que si se hubiera vuelto a morir Lady Di-- con los lagrimones de los encausados y los besos furtivos a sus cónyuges; se ha procedido al cambio horario y ya no "tenemos prisa" como antes sino que vivimos "unas horas graves"; se ha acabado "la revolución de las sonrisas" y abrazamos la "primavera catalana" con el espectro de la plaza Maidán porque para hacer una tortilla hay que romper huevos.

En los tiempos modernos un antiguo adagio del periodismo sensacionalista establecía que "si hay sangre, va en cabeza". La posmodernidad de la cual el independentismo catalán es una elevada muestra, ha sustituido a los fluidos corporales por los producidos por los esfínteres del alma: las emociones. Hoy en día venden más los niños muertos en las playas o colocados estratégicamente en primera línea de las manifestaciones. Todo se aprovecha tal como se acusó al Partido Popular en su día de utilizar el dolor de las víctimas de ETA para sus fines espurios. Los familiares de los encarcelados tienen que provocar una oleada de solidaridad, so pena de parecernos a la malvada reina Isabel de Inglaterra que no se conmovió lo más mínimo por el fallecimiento de su arpía nuera, la Princesa del Pueblo

El prófugo Puigdemont, si es extraditado finalmente a España, será un nuevo presidente Companys entregado por la Gestapo a Franco, y la canciller Merkel un simple remedo de Hitler, y si no, al tiempo

El independentismo ha devenido en un juego infantil. Primero fue una celebración lúdica y festiva, más tarde una chiquillada de transgredir la norma por la mera travesura para acabar con "no me como la sopa porque no me como la sopa" o "no hay nada más democrático que poner las urnas". Los líderes de independentismo sufren el narcisismo propio de la edad inmadura. "Esta es mi fiesta de cumpleaños y se juega a lo que yo diga". Presentan un marcado egocentrismo, son incapaces de empatizar más allá de los suyos, de sentir el daño que causan a otros, no se sienten responsables de sus actos y, en consecuencia, no tiene nada de qué arrepentirse.

La realidad virtual, las redes sociales son su hábitat natural tal como sucede con los niños y los jóvenes actuales verdaderos adictos a la pantalla, hasta el punto de pretender establecer nada menos que una República catalana virtual o un gobierno telemático desde Bruselas. Las decisiones se toman según el ruido que se produzca en Twitter, tal como ya se vio cuando Puigdemont no convocó elecciones tras ser tildado de traidor en la nueva plaza pública. Ello provoca la falta de vinculación, la arbitrariedad y el corto plazo. Viven instalados en el presente, el tiempo es una sencilla sucesión de momentos presentes y de ahí la imperiosa necesidad de ir creando la actualidad a base de producir sucesivas presuntas noticias. El independentismo es como ir en bicicleta: si para, se cae. Y por ello excluye las acciones que demandan tiempo, tales como responsabilizarse o prometer. Es una falacia que "un problema político precise política" porque precisamente "hacer política" es lo único que el independentismo no puede hacer. De ahí las dificultades de investir un nuevo presidente de la Generalitat. El pasado solo sirve para justificar el encono presente. El prófugo Puigdemont, si es extraditado finalmente a España, será un nuevo presidente Companys entregado por la Gestapo a Franco, y la canciller Merkel un simple remedo de Hitler, y si no, al tiempo.

¡Pobre Cataluña!

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¿Quién es... Manuel Trallero?
Manuel Trallero

​Ex periodista y ex casi todo lo demás. Tengo una edad ímproba, ¡incluso me acuerdo de que Franco murió en la cama! Eché artículos en 'La Vanguardia' hasta que me cansé. Hice un libro junto con Josep Guixá sobre Carmen Broto y otro solito sobre el (mal) llamado 'caso Palau'. Ambos tuvieron un éxito descriptible. Preparo una biografía de Jordi Pujol. Me he dado de baja del fútbol y del gintonic. Me gusta Schubert, aunque empiezo el día con Bach, mi ídolo fue Cassius Clay. Leo libros de historia en la cama. No soporto los restaurantes, las novelas ni el cava. Jamás veo la televisión ni oigo a Jordi Basté en RAC1. Practico la siesta del carnero y el boxeo.  

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