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Cataluña y colorín colorado...

Manuel Trallero
5 min

Carlos Marx dejó establecido que la historia cuando se repite la primera vez es en forma de tragedia, y la segunda, de farsa. El 6 de octubre de 1934 tuvo su réplica cómica el pasado martes. La República catalana de 2017 es el régimen más efímero de la historia de la humanidad. Si no fuera por la gravedad de lo sucedido, es como un gag hilarante, una perfecta astracanada. El ridículo de semejante intento de conato de nada es estrepitoso, aunque algunos quieran convertirlo en una obra de arte, por ejemplo el oso amoroso del vicepresidente Oriol Junqueras​, cual si se trata de una genialidad surrealista del propio Dalí. Al personal que esperaba el anhelado momento al pie del Parlament se le quedó la cara como si fuera la de Buster Keaton.

Los indepes son, como es bien sabido, los reyes del mambo. Tan cojonudos, como bien dijo el hiperventilado Quico Sallés --antes de aparecer en TV3 con un tricornio y salir finiquitado del cuarto diario de España--, que los catalanes nos hemos inventado un nuevo derecho, el "derecho a decidir". Unos estrategas geniales, astutos, David contra Goliat. Hay que ganar tiempo, porque "mientras la pelota la tenemos nosotros, no la tienen ellos". Los conspicuos analistas recurren a Gaziel, el mítico director de La Vanguardia durante la II República, que igual sirve para un roto que para un descosido, para explicar lo ocurrido. Citar en vano a Gaziel es un recurso fácil y barato.

Estamos metidos hasta las cachas en la política recreativa que ha llevado a Cataluña al borde mismo del precipicio, mientras iban jugando con las palabras y con los eufemismos, sin llamar nunca a las cosas por su nombre. Claro es que los bancos nunca se iban a marchar y que Europa no podía vivir sin nosotros y que no saldríamos nunca del euro, las pensiones estaban aseguradas, etc. Como decíamos en mi colegio: ¡bola va!

Los bancos nunca se iban a marchar, Europa no podía vivir sin nosotros ni saldríamos nunca del euro, y las pensiones estaban aseguradas

Ahora han puesto la reversa y han decretado la independencia interruptus, en diferido o por plazos, convirtiéndonos a los catalanes en rehenes de un caballero que ha llegado a presidente por una extraña carambola. Los palanganeros del régimen ya llevaban días preparando el terreno, algo se barruntaba cuando tanto Basté como Rahola se han hartado de decir que no, que ahora no tocaba la DUI, sino que había que parar las máquinas. Los traseros alquilados no dan puntada sin hilo. Los editoriales de La Vanguardia marcaban la nueva hoja de ruta, tras la entrevista de Màrius Carol, con masaje, manicura y baño de espuma al presidente Puigdemont. Quizás al Conde de Godó le ha entrado el horror vacui a que el Rey le retire lo de Grande de España y se quede en simple mindundi, o quizás se ha apoderado de los dirigentes del proceso kafkiano el llamado mal de altura, el vértigo a la velocidad, el miedo escénico o el simple canguelo.

Iniciamos un período nuevo, proclaman los voceros del régimen. Es la hora de la política, de la mediación... piden tiempo muerto, momentos en que prevalezca la "fuerza de la razón a la razón de la fuerza". Puigdemont ha logrado un spot publicitario magnifico, es hora de tranquilizar mientras que, por lo visto, la CUP ha demostrado su sentido de Estado. Dicen que hay que superar una "dinámica angustiosa, insoportable". Sin embargo, es de sobras conocido quiénes son los que abandonan primero el barco a punto de hundirse... aunque fuera o fuese rumbo a Ítaca.

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¿Quién es... Manuel Trallero?
Manuel Trallero

​Ex periodista y ex casi todo lo demás. Tengo una edad ímproba, ¡incluso me acuerdo de que Franco murió en la cama! Eché artículos en 'La Vanguardia' hasta que me cansé. Hice un libro junto con Josep Guixá sobre Carmen Broto y otro solito sobre el (mal) llamado 'caso Palau'. Ambos tuvieron un éxito descriptible. Preparo una biografía de Jordi Pujol. Me he dado de baja del fútbol y del gintonic. Me gusta Schubert, aunque empiezo el día con Bach, mi ídolo fue Cassius Clay. Leo libros de historia en la cama. No soporto los restaurantes, las novelas ni el cava. Jamás veo la televisión ni oigo a Jordi Basté en RAC1. Practico la siesta del carnero y el boxeo.  

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