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¡Para esto yo no he estudiado!

Anna Clara Martínez

por Anna-Clara Martínez

07.03.2016
4 min

Arquitectos que trabajan de camareros, licenciados en humanidades o en filología que son dependientes de una tienda de ropa, economistas o abogados que ocupan puestos de administrativos, ¿debemos considerarlo algo normal? Esto es lo que se conoce como el fenómeno de la sobrecualificación (overqualification), es decir, aquellas personas que poseen un nivel de cualificación superior al que exige su empleo.

En España, según el Observatorio de Emancipación, en el informe del primer trimestre del año 2015, el 56,7% de los asalariados y las asalariadas menores de 30 años ocupan puestos de menor cualificación que la que poseen. En el caso del colectivo femenino, la situación todavía se agrava más y el porcentaje anterior asciende hasta un 62% de las mujeres ocupadas menores de 30 años. Si analizamos los datos que el informe presenta por Comunidades Autónomas, el mayor porcentaje de sobrecualificados de entre los 16 a los 29 años lo encontramos en Cantabria y en Navarra.

¿Cuáles son los factores desencadenantes de esta situación? A continuación analizaremos algunos de ellos.

Uno de los factores relevantes que alimenta esta sobrecualificación es el exceso de titulados universitarios. La cultura de la 'titulitis' se ha extendido en España durante la última década hasta el punto de llegar a percibir como inferior a aquel que carece de titulación o bien opta por cursar formación distinta a la universitaria.

El exceso de graduados conlleva uno de los mayores efectos negativos: el mercado laboral no está preparado para absorber tanta oferta

Ello ha derivado en una vasta oferta de grados universitarios, saturando las aulas a sabiendas de que no habrá suficientes oportunidades para todos. De hecho, se ha llegado hasta el extremo de convertir módulos de FP en grados universitarios, como por ejemplo el grado en ciencias culinarias y gastronómicas, el de animación, el de artes escénicas, el de terapia ocupacional o el grado en turismo y gestión del tiempo libre, entre otros. Así las cosas, la denigración de la FP es un hecho evidente, además de la asociación de esta vía de estudios con la pérdida del tiempo o con un menor éxito en el mercado laboral. Ahora bien, la realidad dista mucho de los marcos y prejuicios que hay en torno a la FP, pues para muchos de los puestos de trabajo no se requiere un grado universitario, siendo necesarios unos estudios más prácticos, que sólo una buena FP puede ofrecer.

Así pues, el exceso de graduados conlleva uno de los mayores efectos negativos: el mercado laboral no está preparado para absorber tanta oferta, pues la demanda es muy inferior y máxime en los tiempos de crisis que hemos sufrido, cuyas consecuencias, a día de hoy, todavía siguen latentes. Es más, la búsqueda constante de empleo sin éxito desemboca, en muchos casos, en tener que aceptar cualquier empleo para poder sobrevivir.

Es evidente que la sobrecualificación es algo estructural y que en todo país siempre existirá un pequeño porcentaje de ocupados que estén en esta situación. Sin embargo, en España parece ser que se ha convertido en algo habitual y ¡hasta normal! Así pues, la reestructuración y dignificación de la formación alternativa a los estudios superiores universitarios, así como el fomento de la calidad en la Formación Profesional tienen que ser una de las prioridades en el ámbito de la educación. Sin ello, frases como la de "¡Para esto yo no he estudiado!" seguirán en boca de muchos jóvenes día tras día.

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