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La Paluzie se pone cara al sol

Guillem Bota
14.09.2020
5 min

Dijo Elisenda Paluzie, la jefa de la ANC, en la Diada de Cataluña, que “los catalanes somos como la primavera, que siempre regresa” un eslogan sospechosamente parecido al “volverá a reír la primavera” del Cara al sol. Ante tantos seguidores que la aclamaban sin que les importe lo que haga o diga, exactamente igual que al caudillo, es natural que a la buena mujer la traicionara el subconsciente, y suerte tuvimos de que no terminara su frase sobre la primavera con un “que por cielo, tierra y mar se espera”. Si no lo dijo, fue sólo porque en catalán no rima.

Lo más seguro es que para pronunciar su discurso ante tantos fieles -todos ellos, impasible el ademán y haciendo guardia sobre los luceros-, la vigía de occidente de procesismo vistiera una camisa nueva, bordada en rojo, que una podrá ser lo que se quiera, pero dinero no le falta para darse una vuelta por el Zara e ir un poco arreglada al 11-S. Si las imágenes publicadas en la prensa no me engañan, se diría incluso que procuró ponerse cara al sol para dirigirse a sus fieles. Situarse de cara al sol es un poco molesto, pero ello queda compensado por la simbología que reviste.

Desde su atalaya, veía ante ella un mar de banderas victoriosas, esteladas todas ellas, marchando al ritmo alegre de la paz, probablemente esperando que trajeran prendidas cinco rosas, amarillas por supuesto, las flechas de su haz. Hay que ver todo que puede traer a la imaginación de una, la sola mención de la primavera, sobre todo si una se cree la Generalísima del independentismo, la jefa de todos sus ejércitos, y hay que ver lo poco que sabían los presentes de reglas de cortesía, que sólo unos pocos la saludaban brazo en alto. Alguien debería regalarle el brazo incorrupto de patrón de Cataluña, Sant Jordi, para que durmiera abrazada en las largas noches de soledad. Si es que duerme, porque se cuenta que en plena noche cerrada, con toda Cataluña a oscuras, se ve todavía una lucecita en su despacho, así se sacrifica ella por todos los catalanes.

Ante tamaña maniobra escenográfica, uno esperaba que apareciera por videoconferencia el antecesor de la Paluzie en la presidencia de la ANC, Jordi Sánchez, quien se dirigiría a los presentes con un escueto “si te dicen que caí, me fui al puesto que tengo allí” refiriéndose, naturalmente al puesto que tiene asignado en la cárcel de Lledoners.

No fue así, sin duda las peculiaridades de una Diada marcada por la pandemia, dificultaron tan bonita conexión. Aunque no impidieron que desde la tarima se pronunciaran las acostumbradas frases contra España, culpable de todo lo que pasa en Cataluña, desde los muertos por la pandemia hasta la fuga de empresas, pasando por la ineptitud de sus gobernantes. Todo ello se resume en una única frase, de magnífica sonoridad y de nostálgicos recuerdos: “¡España es culpable!”.

En política hay una sola cosa peor que ser tonto: ser cursi. Parece ser que los líderes del procés  ya han alcanzado ese estado, sin renegar del anterior. Poco futuro le espera a una supuesta revolución que empezó siendo de las sonrisas, se convirtió después en barrendera (por su empecinamiento en repetir que no tiraban un solo papel al suelo), continuó siendo una molestia para los propios catalanes (que no entendían cómo ayudaba a propósito alguno cortarles a ellos las carreteras y sabotearles los trenes) y finalmente ya no pudo ocultar por más tiempo su verdadera razón de ser y quedó a ojos de todo el mundo como la cursilada que era. Tanta es su cursilería, que queriendo mentar la primavera, les sale el dictador que llevan dentro.

¡Arriba CDRs a vencer, que en Cataluña vuelve a amanecer!

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.