El primer preso político catalán liberado

Guillem Bota
03.06.2019
5 min

Oriol Pujol ya puede salir cada día de la cárcel. Aunque el juzgado de vigilancia penitenciaria le había revocado el tercer grado, el gobierno catalán, generoso como solo él sabe serlo con los suyos, le ha autorizado a salir cada día para ir a trabajar. Como si quiere montar una nueva trama de la ITV, da igual, que trabaje en lo que quiera, no vamos ahora a fiscalizarle la faena con la que el bueno de Oriol va a ganarse la vida.

Lo que interesa es que no sale a divertirse ni a atracar bancos ni a llevar maletines de dinero familiar a Andorra, no: sale a trabajar. Lo ha recalcado tanto la Generalitat para que no parezca lo que es. Es decir, un favor por ser vos quien sois, que uno ha terminado convencido de que el resto de presos que solicitan --infructuosamente casi siempre-- salir de la cárcel, no alegan que es para trabajar, sino para delinquir en cualquiera de las variantes que generosamente ofrece el Código Penal. Con razón se les deniega.

Las como son. La libertad de Oriol Pujol deja en entredicho a todos aquellos que afirmaban que la campaña de los lazos amarillos no servía de nada. Por lo menos en Cataluña se ha demostrado que sí; ha servido para que el gobierno catalán entienda que los presos políticos como Oriol Pujol no merecen la misma suerte que rateros del tres al cuarto sin ninguna vinculación con el partido.

Llibertat presos polítics era un clamor tan enorme en las plazas y pueblos de Cataluña que las autoridades --catalanas, claro-- no han tenido otro remedio que abrirle la puerta a Oriol Pujol, y es de creer que el funcionario encargado de hacerlo le habrá tratado de usted y deseado un feliz día por ahí afuera. Ello nos da una idea de lo bien que funcionaría la política penitenciaria en una Cataluña independiente: las cárceles dejarían de estar saturadas en poco tiempo, a la que incluso el último preso entendiera que para ser libre basta con tener buenos contactos, amén de lucir un lacito amarillo en la solapa a todas horas.

Contaba Fernando Vizcaíno Casas la anécdota de un fabricante catalán que, durante el franquismo, falsificaba cuadros de grandes firmas y los vendía como si fuesen auténticos. Al final, fue descubierto y acabó pasando unos meses en la cárcel. La sorpresa de Vizcaíno Casas llegó cuando, al fallecer el hombre ya en plena democracia, leyó la necrológica en un periódico catalán y, entre otros méritos del fallecido, constaba que el ilustre extinto "sufrió persecución y fue encarcelado durante el franquismo". Así se escribía la historia en los albores de la democracia y así se sigue escribiendo todavía, por lo menos en esta Cataluña de mis pesares.

No es que le desee un pronto traspaso al niño Pujol, pero no es descabellado pensar que dentro de unos años se recordará en la prensa catalana --en TV3 quizás dentro de un par de semanas, y eso tirando largo-- que Oriol Pujol sufrió persecución y fue encarcelado durante la represión que la justicia española ejerció en Cataluña después del procés. Al fin y al cabo, el mismo derecho tiene Pujol --el que sea de los Pujol, qué más da-- a jurar que delinquió de forma pacífica y creyendo que así se lo ordenaba un ente abstracto llamado mandato popular, que cualquiera de los que se están jugando el futuro en el Supremo. Y que cualquiera de los que purgan pena por cualquier delito en la última celda de la última de las cárceles españolas, ya que estamos.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.

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