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Lo que es normal y lo que no

Guillem Bota
16.09.2019
5 min

La portavoz del gobierno catalán es una señora con aspecto de estar permanentemente asustada. Meritxell Budó es su gracia, e ignoro si la han colocado ahí --aparte de por lucir lazo amarillo en toda ocasión que lo requiera, o no-- para que su cara de no-tengo-ni-idea-de-nada-y-estoy-acojonada-aquí-en-la-tarima despierte compasión entre los periodistas, o si este rictus le sobrevino el día que supo que su trabajo sería intentar disfrazar de cierta cordura las acciones de un gobierno encabezado por un tipo como Torra, tarea utópica donde las haya. Sea como sea, esos ojos que parecen estar siempre anunciando que a la próxima pregunta incómoda, su dueña va a salir por patas, parecen ser lo único que funciona medio bien en esa cabecita. No su lengua, por supuesto, que ha ofrecido sobradas muestras de ir a su aire, completamente libre e ininteligible. Y menos aún, nada que deba hallarse en su interior, puesto que hay fundadas sospechas sobre su oquedad más absoluta.

Comprenderán que, con esos antecedentes, me cueste trabajo darle la razón. Pero si la tiene, la tiene, aunque sea porque las personas auténticamente mediocres son incapaces de hacer nada a la perfección, ni siquiera pronunciar perennemente tonterías, ya que incluso para eso se necesitan aptitudes. Tan mediocres son, que en alguna ocasión se equivocan y sin querer largan una verdad. Eso le ocurrió a la Budó.

--"No es normal procesar a un presidente autonómico"--, declaró, a cuenta del juicio por desobediencia que a finales de este mes tiene pendiente el presidente de la Generalitat.

Realmente, no es nada normal, por lo menos en España. El problema es que debería serlo. Si fuera más normal procesar presidentes autonómicos, mejor nos iría a todos, pero desgraciadamente no lo es. Budó y yo opinamos igual, aunque con una sensible diferencia: en su opinión, este hecho debería continuar siendo anormal. En la mía, no debería haberlo sido nunca.

Lo bonito sería vivir en un país donde fuera normal procesar a todo sospechoso, sea éste presidente autonómico, electricista o viajante de comercio. Pero, ¡ay!, como bien reconoció Meritxell Budó en la única ocasión en la que se le recuerda haber hilvanado media frase cuerda, no es el caso de España. Por lo menos no es normal todavía, estaría bien que con Torra se abriera la veda y en adelante se pudiera procesar a demás chorizos y mangantes.

Si fuera normal, se habría procesado a Jordi Pujol cuando tocaba. E incluso Artur Mas se habría sentado en el banquillo de los acusados antes de dejar el cargo. No estoy seguro de que la portavoz del gobierno catalán estuviera lamentando que la justicia española no haya entrullado a los predecesores de Torra, aunque no lo descarto, con esa señora nunca se sabe, ¿cómo va a tener nadie idea lo que quiere transmitir cuando habla, si ni siquiera lo sabe ella? Uno llega a la conclusión que lo que es normal en lugar, no lo es en otro, y no me refiero ahora al juicio de Torra sino a tener una portavoz gubernamental del nivel de Meritxell Budó, algo impensable en cualquier otro rincón del mundo y -por desgracia- normalísimo en Cataluña, no hay más que repasar la lista de los que ostentaron el cargo con anterioridad.

No nos desviemos del tema. Lo que hay que celebrar es que una anomalía hasta ahora normal, como es la de dejar que los presidentes autonómicos catalanes hicieran lo que les viniera en gana, deje de ser normal. No falta más que convertir en normal el hecho de llevar a juicio a todos los políticos catalanes, presidentes o no, que abusan de sus cargos para coartar la libertad e intimidar a más de la mitad de los catalanes. Eso sí que se ha convertido en normal en los últimos años, y no debería serlo.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.