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No acabo de fiarme ni del viento que me silba los oídos ni de las miradas serenas de quienes, desde la cloaca, tratan de serenar mi conciencia y orientar mis noticias.

Qué bonito es este oficio (el más maravilloso del mundo, según Riszard Kapuscinski) y a la vez qué ingrato.

¿A qué intereses responde tal o cual periodista cuando se enfunda la pluma y se suelta los tirantes que sujetan su propia dignidad? Quizá sea la llamada del dinero, o cuestiones algo más prosaicas como la estúpida y nada humilde creencia de que desde este oficio se puede controlar al poder.

Quizá porque a uno tiene más vida detrás que por delante, quizá porque por fin he contraído esa insidiosa enfermedad que se llama escepticismo y que se manifiesta cuando cuelgan de la espalda más de 30 años de oficio; quizá porque uno está harto de ser o de parecer tonto, lo cierto es que se me antoja una fuerte dosis de impertinencia como único alivio y gran acicate para empezar la jornada laboral. Algo así como ese trago de orujo en ayunas que pescadores y campesinos, se metían entre pecho y espalda de madrugada para soportar el frío apelmazante.

Tenemos la obligación de saber qué se cuece en la cocina, en la trastienda de lo evidente y políticamente correcto.

Pero nos enteramos de poco y mal. Tanto los que somos o parecemos tontos, como los demás. Veamos…

Cuando a Estados Unidos sienten picor en su trasero, aquí corremos todos a rascarnos. Ha ocurrido en el caso BPA. El gran hermano olió a “tufo de venezolano chavista cargado de dinero negro a punto de blanquear” y actuó, desde la distancia, como les gusta hacerlo, sin necesidad de ponerse la pinza en la nariz.

Algunos imputados andorranos manifestaban ser "contrabandistas" cuando los jueces les pregutaban por su profesión

Parece que es unánime la creencia de que Andorra, desde hace decenios y de forma casi endogámica ha sido y es un nido de contrabandistas y ocultadores de dinero. Un magistrado andorrano me dijo no hace mucho que cuando le preguntaban a los imputados cuál era su profesión, en ocasiones, éstos respondían sin mayor rubor y sin que cayera sobre ellos reproche penal alguno: “Contrabandista”.

Siempre se ha sabido, pero hace dos años EEUU, a través de su departamento del Tesoro, decidió tomar partido. Y lo hizo con la misma determinación y contundencia con la que se invadió Panamá, en una acción pura de guerra, para detener a Caradecrater Noriega, expresidente del país, exagente de la CIA, captado por los narcodólares y a quien se tenía que acallar convenientemente.

Hace dos años, el Tesoro norteamericano sintió picor y puso del revés al país de los copríncipes.

Veamos. Caso Pujol. Las evidencias son abrumadoras. El clan Pujol y sus mariachis expoliaron al país durante más de 25 años de ejercicio de poder absoluto a base de voluntades compradas o sobornadas bajo el auspicio de un manto de impunidad pintado con los colores de la bandera y tejido con el hilo del victimismo. El clan y sus mariachis movieron el dinero como los trileros mueven la bolita, con destreza, con engaños y mirando sólo su bolsillo sin que les afectase los más mínimo el daño que causaban. Y el pueblo, ignorante e ignorado, les jaleaba y les votaba.

¿Qué sabemos del caso Pujol? Pues diría que sabemos y sabremos una cierta “verdad jurídica”, pero no tendremos ni idea de la VERDAD. Así ocurrió en el secuestro de la farmacéutica de Olot, María Àngels Feliu: los secuestradores fueron condenados, pero nunca se supo lo que en realidad pasó. Así me lo dijo el presidente del tribunal que les sentenció. La verdad jurídica suele ser una insignificancia respecto a la verdad real.

Caso Pujol y caso BPA. No me fío. Sabemos poco y lo sabemos mal y con esos mimbres, los periodistas hemos de construir las noticias que cada día proponen una realidad lo más objetiva posible de lo que ocurre aquí y allá.

Sin ir más lejos, y en esa línea, obsérvese la pugna entre dos examigos, comisarios del CNP y correligionarios que un día y durante un tiempo aunaron esfuerzos para cargarse el llamado procés català con prácticas poco ortodoxas o directamente canallas e ilegales. Comisario Villarejo, comisario Martín Blas. Ahora, el caso del pequeño Nicolás y probablemente alguna diatriba económica (hay quien habla, también, de cuestiones de honor), les han enfrentado.

Hace cuaro años, en una reunión que se celebró en Barcelona, Martín Blas trató de convencer a dos fiscales anticorrupción de la delegación de Cataluña de que se imponía, de forma urgente, la entrada y registro en la sede de CDC ante el clamor de los indicios de corrupción que se acumulaban en sus manos.

Los fiscales, que leyeron con atención los informes aportados en ese sentido y en esa reunión, no observaron el “clamor” por ninguna parte y se negaron instar esa diligencia. Tres años después, esos mismos fiscales, con otros indicios (estos sí clamorosos, aportados por la Guardia Civil), instaron la diligencia de entrada y registro. 

¿Quién saca tajada de todo ello? El clan Pujol, me responde sin dudar un exmagistrado de Barcelona

De Villarejo poco cabe decir que ya no se sepa o se sospeche. De la mano de la cúpula de Interior (Fernández Díaz lo monitorizó todo) dirigió --¿dirige?-- la llamada Operación Cataluña (lo ha reconocido él mismo en sede judicial), una trama perversa de mentiras para hundir la reputación de los lideres nacionalistas catalanes. El caso de Xavier Trías y sus supuestas cuentas en Suiza filtradas a periodistas convenientemente dopados, son un claro ejemplo.

Ahora sabemos que Martín Blas ha sido denunciado por la excúpula del BPA por extorsión. El comisario les conminó a que le aportaran los datos de las cuentas de los Pujol en el banco o, de lo contario, les caería encima una tormenta.

Este medio ha adelantado que Villarejo se ha apuesto a disposición de esos denunciantes para declarar contra Martin Blas, es decir, para revelar unas prácticas indecentes y delictivas que el propio Villarejo habría diseñado. ¿Quién saca tajada de todo ello? El clan Pujol, me responde sin dudar un exmagistrado de Barcelona. ¿Por qué? Porque confían en que si se demuestra que la policía utilizó prácticas ilegales para investigarles, puedan forzar la nulidad total o parcial de la macrocausa contra ellos. Villarejo, el enemigo de los Pujol, ahora les puede salvar. Tremendo, me insiste el juez. Y los periodistas, titas, titas, titas, detrás del maíz como gallinas atontadas y famélicas.

¿Y tú con quién vas?, me preguntó hace pocos días en Madrid, frente al macro-centro policial de Canillas, una compañera periodista.

¡Qué pregunta más terrible¡, pensé.

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¿Quién es... Carlos Quílez?
Carlos Quílez

Carlos Quílez Lázaro, periodista y escritor barcelonés, coordinador de investigación de Cronica Global, procedente de ED, donde trabajaba desde octubre de 2014 y tras cinco años al frente de la Dirección de Análisis de la Oficina Antifraude de Catalunya y veinte como periodista radiofónico de la crónica de sucesos en la cadena SER. Es colaborador habitual de La Sexta y de otras televisiones españolas donde acude de forma regular para desentrañar casos de corrupción política y económica. Como escritor es autor de siete novelas del género negro. Entre otras, destacan: Cerdos y Gallinas (Alrevés, 2012), La soledad de Patricia (RBA, 2010), Mala Vida (Aguilar, 2008); Piel de Policía (Roca Editorial, 2006); y Asalto a la Virreína, con Andreu Martín (Mondadori, 2004). En 2009 obtuvo el premio Crímenes de Tinta en su segunda edición.