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La muerte de Muriel Casals

Carles Enric
6 min

Imaginen esta frase dicha por cualquier diputado de las Cortes de Madrid: "Cualquier padre que quiera la enseñanza de su hijos en catalán es un maltratador. Usa y abusa de sus hijos". Sería suficiente vergüenza como para descalificar a esa persona de la vida pública. Sería abominable, abriría telediarios. Sería ejecutado públicamente en TV3. Pues esa frase tan bestia, tan kafkiana, tan poco respetuosa, fue dicha en, precisamente, esa televisión pública por Muriel Casals.

Leer estos días que Muriel Casals era una persona dialogante es como sugerir que mis columnas son poesía. La hipocresía tiene un límite, hasta con los muertos

A los muertos siempre, reitero, siempre hay que respetarlos, pero sus ideas nocivas deben ser combatidas. Pasear por las crónicas, columnas y artículos sobre la muerte de Manuel Fraga hace unos años de algunos que claman ahora respeto es la parodia misma de la hemeroteca, incluso de la vida. Es más, leer estos días que Muriel Casals era una persona dialogante es como sugerir que mis columnas son poesía. La hipocresía tiene un límite, hasta con los muertos. Elevar a mitos, con dinero público, actuaciones y opiniones deleznables es simplemente otro paso, casi esotérico, del procés. Todos somos libres de opinar. Los muertos, respetables, son esclavos de sus palabras.

Y las palabras son esclavas, a su vez, de los silencios. Y, en vida, Muriel Casals no solo no negó sus afirmaciones, sino que las confirmaba en cualquier escenario donde fuera posible. Y, por ende, los silencios deben llevar al respeto a las personas, pero jamás de sus ideas. Todos tenemos unas ideas. El debate está para confrontarlo. Pero ciertas ideas totalitarias donde uno cree que su opinión está por encima del bien y del mal es simplemente una supremacía moral. Algo indigno de cualquier pueblo, incluido el catalán.

Los vivos difícilmente pueden dar lecciones de humildad o patriotismo, los muertos simplemente deben permanecer respetuosamente en su espacio. Cualquier conocedor de la liturgia funeraria sabe la diferencia cultural de la 'vida de los muertos'. En unos pueblos, incluidos por cierto también en España, la muerte es un momento de alegría, de satisfacción, de unión. Los presentes se reúnen entorno a una mesa para celebrar la buena vida del difunto. En Cataluña, por el contrario, es un momento de dolor, de pérdida, de tristeza. Históricamente es además el momento de crear mitos, de transgredir las ideas del muerto para obrar lo que en vida no hizo.

Y, aunque algunos no lo entiendan, los muertos son muertos. No quieren vivir lo que no supieron decir en vida. Muriel Casals tenía unas ideas poco conciliadoras, poco dadas al diálogo. Había vivido del sistema que tanto criticaba. Decía ser una hija del exilio. Una hija de una guerra que maltrató mucha gente. Aunque su familia volvió con tranquilidad a los pocos años de su fin. Un 'buen' represaliado no tenía esa oportunidad. Un hijo de 'perseguido' no tenía una vida de universidad, una vida de oportunidades. Al final, cada uno somos lo que somos. Todo muerto debe ser respetado en tanto no tiene opción de defenderse.

Muriel Casals fue una radical combativa, jamás una persona amante del diálogo

Pero no confundamos ese respeto con mitificar lo que nunca fue. Muriel Casals fue una radical combativa, jamás una persona amante del diálogo. Decir que un padre, una madre --encima con un rictus de sonrisa rememorando que ella era abuela-- maltratan o abusan de sus hijos por simplemente querer que aprendan en una lengua distinta a la suya es, no solo una vergüenza, sino un gesto impropio de una persona con un mínimo de decencia moral. Y los mitos, al menos, deben ser morales en vida.

Lo que uno no tiene en vida jamás puede tenerlo en muerte. Uno podrá sorprenderse pero, ciertamente, si por algo debemos empezar a trabajar en Cataluña es para borrar la hipocresía de la vida diaria. Es lícito que 'los suyos' homenajeen a su diputada. Pero es de vergüenza ajena que las instituciones de todos hagan homenaje a aquellos que critican a sus ciudadanos por pensar de forma diferente. Es indignante que alguien cobrando dinero público acuse a unos padres de maltratadores por simplemente ejercer su derecho.

Los muertos deben respetarse; sus ideas, cuando rozan la paranoia, deben combatirse sin cuartel. La muerte de Muriel Casals debe abrirnos los ojos a una forma de entender Cataluña muy criticable. Una forma basada en la división, el odio, la supremacía moral y la indignidad. Una manera deleznable de entender una Cataluña de pensamiento único. Por suerte para todos, por desgracia para algunos, Cataluña es ante todo un espacio abierto de comunión y respeto. Un respeto hasta por los muertos que ellos en vida jamás tuvieron.

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¿Quién es... Carles Enric López?
Carles Enric

Soy un tipo corriente. Estudié una carrera en Barcelona e hice un Erasmus en Londres. Me casé, tuve hijos, me divorcié, me divertí, me junté, me separé… y siempre pensé que escribir era apasionante, sobre todo de lo cercano. Mi experiencia en el mundo editorial me permitió entender que vivía en un país que confunde profesionalidad con no tener ideas propias. Eso me preocupó y con los años sólo procuro ser coherente. No me caso con nadie, y eso no gusta. Si busca pleitesía al poder no lea mis artículos.