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Cuando lean estas líneas estaré tranquilamente descansando en Roma. Un espacio paradójico en comparación con nuestra Cataluña actual. Ya ven, si los romanos fueran como nuestros 'intelectuales catalanes', seguramente estarían reclamando buena parte de Europa. Cómo no, tendrían algunas casas engalanadas con la bandera imperial. Y en el colmo de lo absurdo, cual patricios, estarían pendientes de la arena de cualquier circo para ver a los infieles morir.

Si los romanos fueran como nuestros 'intelectuales catalanes', seguramente estarían reclamando buena parte de Europa

Por suerte para la humanidad, Roma evolucionó. Por desgracia para ellos, apagó su llama en la historia. Aunque la ciudad eterna dejó un gran legado. Dejó un poso imborrable. Una tradición, una cultura, una filosofía y una forma de ser. No en vano, pero un pasado. Y, como cualquiera sabe, del pasado uno nunca puede vivir. Un ejercicio simple de vida que más de un supuesto intelectual catalanista casi iconoclasta jamás debió olvidar. Algunos han creído que el futuro se vivía rememorando exclusivamente el pasado.

Desde una Roma que sí fue imperial es fácil hablar del pasado. Los grandes intelectuales de la antigüedad fueron siempre conocidos por su ruptura con su pasado más que por su convergencia con su presente. Y eso es una constante característica en la evolución de la humanidad. Cualquier gran cambio ha requerido de personajes potentes, de intelectuales bien al albor de una vela, bien en la retaguardia de cualquier acción. En Cataluña, si algo se ha notado estos años, es la pobreza no sólo intelectual sino moral de todos aquellos encumbrados por la política cultural del Gobierno y TV3. Auténticos mendigos de la intelectualidad.

Cualquier revolución, cualquier gran cambio en la historia, siempre ha tenido detrás grandes personajes. Desde la Grecia clásica a la Roma imperial, la España donde no se ponía el Sol, la Revolución Francesa, o incluso la Revolución Rusa. Comparen cualquier nombre de esos grandes momentos de la historia con los actuales acaudillados del conseller de Cultura de la Generalitat, Ferran Mascarell. ¿Alguien cree que una nueva historia puede forjarse con personajes secundarios vulgares como Artur Mas, Oriol Junqueras, Pilar Rahola o Miquel Calçada?

¿Alguien cree que una nueva historia puede forjarse con personajes secundarios vulgares como Artur Mas, Oriol Junqueras, Pilar Rahola o Miquel Calçada?

Hasta Cataluña tampoco en eso es una excepción en el mundo. No fue el lugar que abrió Moisés. Nunca abrió un camino de una Ítaca onírica. Tampoco el lugar donde todo lo bueno sucederá el día después de una independencia. Menos aún el lugar donde la sangre no brotará en cualquier nimio incidente. Las sonrisas catalanas se han trasmutado las últimas semanas. Por suerte, Cataluña es parte del mundo y, como tal, las cosas suceden como en cualquier lugar de a Tierra. Si alguien quiere un gran cambio, primero son necesarios intelectuales potentes. Luego convenzan a la población con argumentos. Atontando al pueblo con mentiras, o buscando simplemente la convergencia amiga, es un camino directo al fracaso.

Hace tiempo lo comentamos. La independencia se gana con el apoyo de todos. Jamás con la división. La independencia se gana con la transparencia, con la inteligencia, con la apuesta de futuro. No con un constante guiño al pasado. Pero, ante todo, la independencia se gana con equipos fuertes e intelectuales solventes, no con cuatro personajes prostituidos al dinero público que no tienen otro lugar donde caer muertos. Desde Roma uno ve muy claro que, cuando las cosas se hacen mal, al final solo queda la historia, las leyendas y, cómo no, las ruinas. Lo más triste, aunque tan humano como el vivir, es que la historia se repite. Como fue en Roma, es ahora en Cataluña siglos más tarde. Aquí también alguien toca el arpa mientras todo se quema.

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¿Quién es... Carles Enric López?
Carles Enric

Soy un tipo corriente. Estudié una carrera en Barcelona e hice un Erasmus en Londres. Me casé, tuve hijos, me divorcié, me divertí, me junté, me separé… y siempre pensé que escribir era apasionante, sobre todo de lo cercano. Mi experiencia en el mundo editorial me permitió entender que vivía en un país que confunde profesionalidad con no tener ideas propias. Eso me preocupó y con los años sólo procuro ser coherente. No me caso con nadie, y eso no gusta. Si busca pleitesía al poder no lea mis artículos.