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Cataluña, Washington y el mundo civilizado

Carles Enric
5 min

Estos días escribo desde Washington. Estoy invitado --curiosamente no por la organización ni por la Generalitat sino por SCC-- a participar en un debate de la Smithsonian Institution en el Folklife Festival dedicado a Cataluña. Ciertamente, la dedicatoria debería ser a la cultura en catalán no a Cataluña pero, como explicamos hace unos días, algunos catalanes se han apropiado del concepto de Cataluña sin pudor.

En las previas paseamos junto a nuestro compañero de andanzas en otro debate del festival Carlos Silva y el director del evento, Michael A. Mason, un antropólogo de las culturas intangibles --esa fue su tesis-- criado en la capital americana. Esos tipos diplomáticos sombrero en ristre que siempre tienen una buena palabra y una sonrisa, incluso ante las incongruencias. Cuando uno viaja, se da cuenta de que en el mundo hay tanta gente buena, tanta gente inteligente, tanta gente ignorante como en nuestra amada Cataluña.

En nuestro breve recorrido --la verdad es que los cerca de 40 grados, el látigo ardiente del sol y la humedad infinita permitían pocos respiros-- comentamos la situación del festival. Su objetivo, trasmitido hasta por escrito, era recordarnos que íbamos a participar en un evento cultural y no político. Sorprendidos, le preguntamos sobre los mapas donde Cataluña se mostraba como una isla en un mar de Europa con fronteras marcadas como una unidad independiente. O sobre cómo se hablaba en los paneles informativos de que el catalán había sido criminalizado en España. Le preguntamos, por inocente curiosidad, si sabia quién pagaba las escuelas de catalán en Francia. Su sorpresa a nuestra pregunta fue aún mayor cuando, ante su silencio, le respondimos que el dinero venía de los supuestos criminales. Curiosamente el mismo pagador, España, del festival que llamaba criminal a España. 

El paseo amable se transformó, ante nuestra sorpresa, en su presencia como moderador en el primer debate. Así no estaba anunciado. Cuando alguien quiere exponer la libertad de expresión como premisa de su actividad hace mal, muy mal, repetidamente mal, en querer convertirse en juez del debate. Por suerte, los invitados a debatir, en este caso Carlos Silva, tenemos las suficientes tablas para explicar las cosas con algo tan simple como palabras y hechos. Aquí, a 6.000 kilómetros de distancia de Cataluña, la propaganda se difuminará a la misma velocidad que las puertas del Festival cierren.

Quizás sea bueno que la Smithsonian Institution se pregunte si una parte de un conflicto --este es un conflicto desde hace tiempo-- puede organizar un evento con la imparcialidad necesaria. Ver los carteles, las mentiras, sobre una Cataluña de todos en una institución de prestigio como el Smithsonian debería, además, acelerar los mecanismos de protesta de una embajada que pagamos todos a la Secretaría de Estado. A ningún estadounidense le gustaría que alguien organizara en España un acto de apología de la mentira sobre la masacre de los indios Sioux. Ningún americano consentiría organizar una exposición sobre América sin contar con todos los americanos. Las formalidades de la diplomacia no deben quedarse en los discursos, deben avanzar con las protestas, y viendo los carteles, los actos, las tendencias del evento llamado Cataluña en Washington, no vale sólo con criticar al desmesurado gasto inútil del Govern de Cataluña, sino hay que atender también a la crítica y protesta ante quien permite tal atropello sin medir las consecuencias, el Smithsonian y, por ende, la administración de EEUU.

Al final, el señor del sombrero quiso suspender, vía Whatsapp, el segundo debate con la excusa de la lluvia. Algunos creímos simplemente que dos tipos normales, dos catalanes de levantarnos temprano, de trabajar cuando toca, desbaratamos una historia de más de un millón de euros. El agua era la excusa ideal para cerrar una historia que empezó con un Quim Torra vergonzante y que a la hora de redactar estas líneas no sabemos si acabará con ese último debate, o simplemente en un radiante día que amenazaba tal tormenta, de agua o de verdades, que alguien decidió suspender la libertad de expresión para evitar mojarse más.

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¿Quién es... Carles Enric López?
Carles Enric

Soy un tipo corriente. Estudié una carrera en Barcelona e hice un Erasmus en Londres. Me casé, tuve hijos, me divorcié, me divertí, me junté, me separé… y siempre pensé que escribir era apasionante, sobre todo de lo cercano. Mi experiencia en el mundo editorial me permitió entender que vivía en un país que confunde profesionalidad con no tener ideas propias. Eso me preocupó y con los años sólo procuro ser coherente. No me caso con nadie, y eso no gusta. Si busca pleitesía al poder no lea mis artículos.