No distingo a Ada Colau de Jordi Pujol

Guillem Bota
07.03.2022
5 min

Hay que ver cómo se parecen Convergència Barcelona en Comú, y no lo digo solo porque Ada Colau vaya adquiriendo día a día un sospechoso parecido físico con Jordi Pujol, sino porque un partido y el otro se mimetizan a la hora de hacer frente a la justicia. Uno escuchaba el otro día a la alcaldesa de Barcelona manifestando sentirse intimidada por una «ofensiva judicial» y le parecía estar oyendo al antiguo capitoste de Banca Catalana que se reconvirtió en President. Solo le faltó a Colau --sin duda un descuido involuntario-- asegurar que quien va contra ella, va contra Barcelona. Aunque lo que realmente me llevó a la confusión entre uno y otro partido fueron los hooligans que, a la entrada del juzgado, increparon a los periodistas que estaban allí para llevar a cabo su trabajo, acusándoles de buitres y de manipuladores. Igualito que en los mejores tiempos del Pujolismo, una lástima que los hijos de Ada Colau no tengan todavía edad de enriquecerse gracias a negocios turbios.

Hay que reconocer en favor de la alcaldesa, que ella ha tardado mucho menos en hundir Barcelona de lo que necesitó Pujol para hacer lo propio con Cataluña. De hecho, Pujol solo puso las bases de ese hundimiento, dejando que fueran sus herederos --los políticos, puesto que los biológicos no tenían tiempo más que para sus trapicheos-- quienes llevaran a cabo el auténtico desplome catalán. Los herederos políticos de Colau, en cambio, no van a poder desplomar más Barcelona, eso será tarea imposible después de que la alcaldesa la deje para el arrastre más absoluto, como parecen ser sus intenciones.

Culpar a la prensa de los propios errores es un clásico en política. Al principio, los Comuns parecían otra cosa, incluso sé de gente que cayó en la trampa de creer que no eran un partido político más. Tengo un vecino que les votó, con eso lo digo todo, casi me puedo considerar votante vicario. Pero ha bastado que haya algunos medios que pongan en duda la santidad de sus líderes, para que se cayeran las caretas, tanto de éstos como de sus incondicionales. Los hooligans que increpaban a los periodistas estaban tan bien adiestrados que, antes de insultar, les preguntaban a éstos a qué medio representaban. Una pregunta más que pertinente, pues es sabido que hay periodistas buenos y malos: buenos son los que le disculpan toda fechoría al político de turno, y malos son los que ejercen el periodismo. Los que ejercen el periodismo merecen los insultos de los seguidores de Barcelona en Comú, porque capaces son de publicar verdades sobre su lideresa, y eso no solo no interesa, sino que debería estar penado por ley. Mientras no se reforme en ese sentido el código penal, habrá que ir a insultarles para que Ada Colau vuelva a sonreír.

Los periodistas --los que ejercen de tales-- tienen la mala costumbre de informar y opinar, algunos incluso la de investigar, cosa que es un engorro. Ada Colau, como la mayoría de políticos, sueña con un mundo sin prensa, donde nadie iba a enterarse de sus errores, de sus imputaciones ni de sus cacicadas. Pero entonces se despierta y cae en la cuenta de que en ese caso tampoco existirían los periodistas aduladores que tan feliz la hacen. Si quiere ser halagada, ha de soportar ser reprendida, qué vida más dura la de alcaldesa.

Quiero creer que los mamarrachos que el otro día insultaban a los profesionales de la información, cobraban por hacerlo. Prefiero suponer que lo hacían por necesidad, avaricia o ambición, que por seguimiento ciego a unos líderes que son como todos. Ganarse unos dineros de manera fácil, es comprensible; vivir engañados, es patético. Me gustaría preguntar a la propia Colau a cuánto se paga el insulto a la prensa, pero para qué, ya sé lo que respondería.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Botap

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla.