Secretos de familia

Josep Maria Cortés
7 min

Los mandarines de hoy ya no esconden la cabeza debajo del ala. Cuando algo les molesta, practican el desaire afrancesado, al estilo de la cobra que le propinó Manuel Valls a Quim Torra, presidente indómito revolucionario de salón, el pasado sábado, cuando la corporación municipal en pleno cruzó la plaza de Sant Jaume. Más allá de los golpes de efecto, los silencios actuales son de tresillo; hijos de la cultura inveterada de las glorietas de Barcelona, antes de que los naipes se impusieran como algo más que un simple pasatiempo. Pero ojo, porque la brisca, el truc, el parchís y la oca, entretenimientos que le gustan a Torra y que han vuelto a ser costumbre, solo se practican en las casas que fueron y que un día dejaron de ser.

Estos juegos son una morfología de la dispersión; anuncian el fin de las dinastías. Mucho peor: contemplan el castigo a las clases populares catalanas que ya vieron desaparecer sus soluciones contempladas en los Presupuestos Generales de Sánchez, que los indepes (JxCat y ERC) rechazaron. Pero frente al culto a la patria, reina el silencio: “En Cataluña hay una mayoría amedrentada y temerosa que prefiere pasar inadvertida y no contradecir al poder independentista”, en palabras recientes del historiador Gabriel Tortella en una entrevista de Manel Manchón, en Crónica Global. Al paso que vamos, cuando Cataluña huela a pólvora y a goma quemada, solo nos quedará encerrarnos como los gentilhombres del príncipe Galeotto para contarnos cuentos entre trágicos y eróticos.

A Quim Torra no le consta la cercanía del desastre; él se ocupa de Santa Coloma de Farners, donde pasó su juventud y tiene familia. Allí manda la alcaldesa de JxCat que, a partir de ahora, se repartirá su mandato (la cosa facilona de dos años cada uno) con el candidato de ERC. A la vista del resultado de las municipales, las dos mitades del soberanismo se pelearon de lo lindo, con la hermana de Torra de por medio. La alcaldesa llamó a Puigdemont y el expresidente le dijo “no hagas caso de Torra” (como lo oyen), aquí, “en tu pueblo, mandas tú”. La hermana por su parte llamó a Torra y el president bachiller se personó en Santa Coloma para imponer su juicio de Pilatos. Así son las cosas que tanto interesan al mundo indepe. Van creando una cultura de la indolencia para que nadie se ocupe de gestionar el espacio público y el país se deteriore cada día un poco más. De la pobreza de todos, ellos levantarán su República celestial.

Mientras tanto, los que se mecen exclusivamente entre naipes son los que obviaron la mesa de billar, aquel mueble ornado de historia, narrado con elegancia por Lluís Permanyer, la pieza noble de una habitación aparte, que amortigua el chasquido singular de las bolas de marfil. Las mesas de billar son como los programas electorales; se pueden encargar a un ebanista de postín o a un politólogo. Pero no esperen grandes resultados. En el primer caso, la atmósfera cargada del humo de los habanos, enhebrada por el destilado escocés y la linaza de la caoba, ha pasado a mejor vida. La mesa recién barnizada no acunará a los grandes amateurs con muchas horas de práctica en los bodegones de ciertas mansiones, esparcidas alrededor de la avenida del Doctor Andreu. Aquellos jugadores se iniciaron en antros manieristas, como el Novedades o el Alhambra; les daba lo mismo un snooker que un pool; también practicaban el billar francés de carambolas y el blackball.

Por su parte, el partido político de turno se las verá y se las deseará para aplicar el programa teórico hecho por encargo. La política de hoy no tiene tantas variantes como el billar. Aplica solo dos: desplazar al adversario con pactos contra natura (¿se imagina alguien un pacto gentlemen entre el fino Luis GaricanoJorge Cutillas?) o liquidarlo a golpe de moción de censura.

Manuel Valls remató el sábado la faena de Torra junto al Pati dels Tarongers. Hacía tiempo que no veíamos un volapié de tal destreza. Rivera le expulsa de Ciudadanos porque entre el líder, antes centrista, y el ex primer ministro francés hay el mismo abismo que se ha generado en el interior del partido. Y ante el abismo, exorcismo. Como ocurre siempre que hay disensiones en el seno de una formación política, las críticas de dentro aparecen fuera: primero el ponderado Carreras, seguido del ventiladísimo Arcadi Espada y también otros opinadores, que hace tiempo vienen certificando el cambio de rumbo de Cs, como Pedro J., Zarzalejos, X. Salvador, J. Coll, Tapia o Juliana. No hace falta decir que, en el cambio de opinión, están influyendo las élites económicas: los que dominaron el difunto Consejo Empresarial para la Competitividad (Alierta, Pallete, Fainé, entre otros), el Círculo de Empresarios, de Oriol, Zulueta o Piqué, el Círculo de Economía, de Brugera o Faus y la gran patronal catalana, Fomento, de Josep Sánchez Llibre (la CEOE de Garamendi es otra cosa).

Todos señalan a Rivera, menos Celestino Corbacho, que vuelve con él a cambio de una poltrona. Valls moverá ficha. Fundará, como se dice por las esquinas, la Lliga Democràtica (ay, ay, el peso de Cambó ha enterrado a muchos) o buscará alianzas exconvergentes para dar voz a los 300.000 votos, que se han quedado huérfanos; volverá cabizbajo a la casa común de Collboni o se quedará en casa. ¿Billar o política? Secretos de familia.

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¿Quién es... Josep Maria Cortés?
Josep Maria Cortés

Periodista de economía, realizó una parte importante de su carrera en El País y en los últimos años ha colaborado con La Vanguardia, Catalunya Ràdio y ED. Antes, desempeñó el cargo de director en Barcelona de la consultora multinacional de la comunicación Porter Novelli. Fue durante cinco años analista semanal en el programa Bon dia, Catalunya de TV3. Inició su carrera profesional en El Noticiero Universal y en El Correo Catalán, perteneció a la plantilla fundacional de TV3 y fue el primer corresponsal en Barcelona del diario financiero Expansión. Ha publicado, como autor y coautor, varios libros de investigación periodística, entre ellos, Memoria de Catalunya, del regreso de Tarradellas al pacto Pujol-Aznar (Taurus) o Los yuppies de Pujol llegan a la cima (ED).

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