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No está el horno para repúblicas

Josep Maria Cortés
7 min

El colapso institucional acecha. Casado y Sánchez comparten el arte de revelar lo que el otro intenta ocultar. El jefe de la oposición confiesa en público que tiene “una mano atada a la espalda” (Ayuso), mientras que el presidente lidia con el niño respondón en casa (Iglesias). La celebración del 12 de octubre, con Felipe VI en el centro del decorado, ha mostrado una España irredenta de bandos enfrentados. Los “vivas al rey” y “abajo el Gobierno”, que se oyeron en el Palacio Real, son un insulto a la inteligencia. Enfrentar al rey con el Gobierno es un mal invento (sea del color que sea el Ejecutivo); proponer el referéndum, República o Monarquía, es la llave de paso a la sombra de las dos Españas.

La derecha está siendo conducida por la Comunidad de Madrid; la Plaza del Sol manda más que Génova y el alcalde, Martínez-Almeida, solo ejerce ya de portavoz. En la izquierda radical (Pablo Iglesias y Alberto Garzón, electrones libres de Moncloa) buscan rédito electoral debilitando a la corona; y lo peor es que, a esta segunda opción, los soberanistas catalanes le cubren la retirada. En el Congreso, esta misma mañana, Casado tiene previsto airear el coste político de Iglesias por el caso Dina; y por su parte, Sánchez, un Cicerón traicionado por Catilina, se pregunta en silencio hasta cuando Pablo agotará su paciencia.La realidad se oculta detrás de lo que se manifiesta. Sin embargo, la hermenéutica de los gestos, que inundó el pasado lunes el Patio de la Armería, exhala un odio que bloquea las vías de diálogo. Después del acto oficial, un grupo de personas, que por lo visto celebraban todavía el día de la Hispanidad, jaleó en Sol a la presidenta, Díaz Ayuso, debajo de su balcón. Ella expresa al escorpión que devora por dentro a Casado; pero su formación vuela; las encuestas internas del PP indican que Ayuso ha aumentado su consenso ciudadano, pasando del 22% al 35%, a costa de Ciudadanos y Vox; y el aznarismo empieza a comerse al centro de Arrimadas y a la ultraderecha de Abascal. Pero no hay unidad en el partido que se le escapa de las manos a Casado; varios presidentes de CCAA que asistieron al acto de 12-O, incluidos dos del PP, alertan del efecto “contagio de la crispación”. El gobierno regional de Ayuso acude al credo de los llamados monclovitas, en tiempos de Aznar, la réplica hispana del “liberalismo compasivo” de los neocons norteamericanos que acabaron desalojados tras el debilitamiento de Dick Cheney, --reflejado en la cinta Vice (El vicio del poder) de Adam McKay-- y la caída de Donald Rumsfeld en el Pentágono. El PP sigue siendo un partido de Estado, como dice su líder catalán, Alejandro Fernández, ponderado y cargado de razón; sí, es un partido de Estado, pero desde luego ahora no lo parece.

Sánchez no avanza; Casado se estanca y no cuenta con la bendición del altísimo. La bronca pandémica, que le va bien al Gobierno de la Comunidad de Madrid, resulta especialmente dolorosa para el establishment científico: “No me lo puedo creer, lo de Madrid es casi de retraso mental”, exclama Luis Enjuanes, el gran microbiólogo español, que defiende nuestros pendones en los laboratorios del CSIC y no gritando en las calles.

En plena ebullición, el instituto de opinión 40dB --dirigido por Belén Barreiro, ex presidenta del CIS-- confirma un desgaste claro y creciente de la confianza de los ciudadanos en la monarquía. La encuesta ha pulsado la opinión de 3.000 ciudadanos españoles entre los 16 y los 90 años; y solo un 27% de los consultados considera que la princesa Leonor llegará a reina. El Barómetro de La Sexta parece un poco más alentador: un 58% cree que el rey es neutral. Pero el mismo sondeo refleja que las críticas a la corona son respaldadas por un 66,1% de los votantes del PSOE. Será verdad que vuelve el espíritu de Largo Caballero. De momento, nadie con dos dedos de frente hace suyo aquel socorrido artículo anti borbónico de Ortega en Sol, que el filósofo rectificó poco después con el argumento de que “estos republicanos no son la República”. Sería del género bobo volver a equivocarse ahora ante las barras bravas, que el 12 de octubre celebraron por su cuenta el Día de la Raza. Ellos defienden al rey solo para tirárselo en la cabeza del Gobierno; y además, estaríamos listos si la república llegara gracias a una pinza inconsciente entre la derecha dura y la extrema izquierda. La resistencia institucional de amplio consenso trata de mantener a flote la arquitectura del Estado español, retocando la herencia teocrática de la inviolabilidad real; nada más.

La jefatura del Estado es un programa de mínimos. Tiene muchos defensores, pero, atención, ¡hay amores que matan! Y uno de ellos es la campaña televisiva de vivas al rey, inventada por Cayetana Álvarez de Toledo. Cada vez que el PP defiende al rey de la conjura roja de Sánchez, en España crecen los republicanos y en Cataluña se refuerza el soberanismo. En la política española, el significante ha perdido de vista al significado. Los gestos pueden más que las ideas. Cuando el teatro salga del proscenio a la calle, como quieren Abascal y los CDR, estaremos fritos. No está el horno para Repúblicas.

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¿Quién es... Josep Maria Cortés?
Josep Maria Cortés

Periodista de economía, realizó una parte importante de su carrera en El País y en los últimos años ha colaborado con La Vanguardia, Catalunya Ràdio y ED. Antes, desempeñó el cargo de director en Barcelona de la consultora multinacional de la comunicación Porter Novelli. Fue durante cinco años analista semanal en el programa Bon dia, Catalunya de TV3. Inició su carrera profesional en El Noticiero Universal y en El Correo Catalán, perteneció a la plantilla fundacional de TV3 y fue el primer corresponsal en Barcelona del diario financiero Expansión. Ha publicado, como autor y coautor, varios libros de investigación periodística, entre ellos, Memoria de Catalunya, del regreso de Tarradellas al pacto Pujol-Aznar (Taurus) o Los yuppies de Pujol llegan a la cima (ED).