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Rajoy versus Junqueras: ‘El séptimo sello’

Josep Maria Cortés
8 min

Ambos habitan el dominio de lo no construido. Mariano Rajoy por ausencia de obra, como maquinista de una locomotora en la que las partes tienen vida propia y cosechan éxitos sin el diapasón del jefe; Oriol Junqueras por su acierto en el arte de desaparecer.

Hoy (esta misma mañana) se enfrentan, simultáneamente, cada uno a su destino: Rajoy declarando ante la Audiencia Nacional como testigo de Gürtel, donde alternará en su descargo el “yo eché a Correa” con el “yo no sé nada”; y Junqueras como el hombre fuerte de un Govern dispuesto a reformar, también hoy (última sesión del curso), el reglamento del Parlament para facilitar el trágala de la Ley de Transitoriedad. Ambos presentan el toque maduril por su olímpico desprecio hacia nuestras opiniones, pero además, el catalán imprime a su estilo un dudismo (del polaco Andrzej Duda) nada desdeñable por su acento autoritario.

¿Desde cuándo en una democracia se legisla de puntillas? Jamás, pero el lobby indepe lo ha puesto todo en el mismo saco. Y digamos que Cataluña quiere encarar unas reformas institucionales que encuentran parangón en la Polonia del partido Ley y Justicia de Duda, cuyas bases están más radicalizadas que su líder. El nacionalismo forzado de hoy, que encaja también en el modelo de Orbán, el primer ministro húngaro, está integrado por portadores de instantes (ahí está Puigdemont, correcaminos desnortado), gentes que viven del presente eufórico y que están dispuestas a meter la praxis política en una especie de Boîte-en-valise siguiendo el hilo de los museos portátiles. Son los que quieren configurar la nueva Europa en contra de los valores inclusivos de los tratados de Maastricht y Lisboa. Y ahí encaja genéricamente Oriol Junqueras, mal que le pese, porque le pesa (no tiene un gramo de tonto o bien es demasiado astuto).

El nacionalismo forzado de hoy está integrado por portadores de instantes, gentes que viven del presente eufórico y que están dispuestas a meter la praxis política en una especie de 'Boîte-en-valise' siguiendo el hilo de los museos portátiles

¿Cómo es posible que nunca le pillen, a Junqueras? Será por aquello de que es auténtico y han empezado por las malas copias. Pero atención, no manden a la Benemérita otra vez con pasamontañas, que da mal fario. Rajoy, desde luego, es un caminante jubilar de vuelta a casa con un rechazo radical del suicidio político. Si sube un par de peldaños más en el altar de Merkel, en los consejos de Bruselas dejará de sonar el Himno de la Alegría (la Novena) y se dará paso al Despacito de Luis Fonsi.

El gran Marcel Duchamp transportaba toda su obra en miniaturas que teóricamente cabían en su maletín. Pues bien, la era de Rajoy se fundamenta más en la apoteosis de los pesos ligeros que en el recuento de las ideologías. No es cuestión de que el medio sea líquido sino de que las doctrinas carecen ahora de peso específico; son ingrávidas, flotan en busca de su aplicabilidad, de su encaje en estructuras predeterminadas. Si han fracasado la socialdemocracia y la derecha neoliberal, ¿por qué no entra el electorado español en el espacio de centro, liberal en lo económico y regulador en lo social? La territorialidad confunde. Perro escaldado, el elector vive todavía influenciado por aquel destello jacobino de C’s, en el origen de su mensaje-meteoro. Solo nos pertenece el deseo, porque cuando este se convierte en acto pierde su encanto.

Aunque sus posiciones sean irredentas, Rajoy y Junqueras comparten el arte del posibilismo. Están jugando, cada uno a su manera, una partida de ajedrez con la muerte, como alegóricos protagonistas de El Séptimo sello (Ingmar Bergman). Ambos tienen a su alcance a Soraya Sáenz de Santamaría, la vicepresidenta que ha trocado su sonrisa en ira. Y Junqueras sacará además el as de Puigdemont, un president de infantería de Marina, dispuesto a ser abatido en la cabeza de puente de la primera playa enemiga. Después del choque, Soraya volverá al redil del pacto, al camino de maestros que ella ha estudiado, como Wendell-Holmes o Robert Schuman, convencidos ambos de que el Derecho “no se rige por la lógica sino por la experiencia”.

Aunque sus posiciones sean irredentas, Rajoy y Junqueras comparten el arte del posibilismo; están jugando, cada uno a su manera, una partida de ajedrez con la muerte, como alegóricos protagonistas de 'El Séptimo sello'

Bruselas amenaza pero no pincha. La capital de la UE es un paraíso de disidentes contenidos y por eso sus ultimátums no mellan. En Varsovia, mientras los ministros de su Gobierno ultraconservador juegan a ser dioses con las instituciones, las gentes de la ciudad-ducado no prestan excesiva atención. La confederación polaco-lituana del pasado está en la piel mutable de sus ciudades, no de sus gentes. Si una ola de proteccionismo nacionalista se los lleva fuera de la UE nadie se rasgará las vestiduras. Aquí, en cambio, en el oeste mediterráneo, Andrzej Duda, el príncipe de la Contrarreforma, no tendría altar ni nadie que le rendiría ofrendas. Digamos que sus imitadores de hoy, los indepes, pasan por alto la deriva autoritaria que comporta salir de la UE.

Pero volvamos al versus. Lo mejor de una comparativa entre Rajoy y Junqueras es que el primero duerme en brazos que le redimen sin haberlo intentado, mientras que el segundo vuela rasante sin destino sobre nuestras cabezas, después de realizar esfuerzos ímprobos. Para Junqueras, Bruselas es a Barcelona lo que Trieste es a Viena. Para Rajoy, lo que nos une al mundo no es cemento espiritual de Mitteleuropa, sino la escalada triste de la unión a través del dato. Sabe que un PIB del 3,5% vale más que las mil maneras de mirar ruinas, catedrales, laderas y paisajes desde la cubierta de un bateau sobre el Danubio. Divisar el terrario de la Stonborough House de los Wittgenstein o cerrar los ojos para escuchar al coro de Salzburgo pertenecen a un dominio de Junqueras que Rajoy nunca discutirá. Y, sin embargo, es el punto de vista románico el que primero rompe consensos en brazos el diablo (Duda, Orbán, o la Cataluña secesionista).

Quizá por eso, la Unión empezó por el euro la lógica que nos conduce. En esta dirección, Paul Romer ha sido convincente: “La economía sana las heridas del corazón”.

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¿Quién es... Josep Maria Cortés?
Josep Maria Cortés

Periodista de economía, realizó una parte importante de su carrera en El País y en los últimos años ha colaborado con La Vanguardia, Catalunya Ràdio y ED. Antes, desempeñó el cargo de director en Barcelona de la consultora multinacional de la comunicación Porter Novelli. Fue durante cinco años analista semanal en el programa Bon dia, Catalunya de TV3. Inició su carrera profesional en El Noticiero Universal y en El Correo Catalán, perteneció a la plantilla fundacional de TV3 y fue el primer corresponsal en Barcelona del diario financiero Expansión. Ha publicado, como autor y coautor, varios libros de investigación periodística, entre ellos, Memoria de Catalunya, del regreso de Tarradellas al pacto Pujol-Aznar (Taurus) o Los yuppies de Pujol llegan a la cima (ED).