Puigdemont, señor de la Cataluña otomana

Josep Maria Cortés
10 min

La fuga itinerante de Puigdemont y el seguidismo de Roger Torrent han convertido a la sedes de la Generalitat y del Parlament en los "no lugares" de la política catalana. La Ciutadella y el Palau de la plaza de Sant Jaume aparecen durante muchas horas envueltos en la inquietante atmósfera de las zonas vacías que hace poco estaban llenas de gente. En sus largos ratos de soledad, estos enclaves son como los pasillos de una escuela en fin de semana; los parques de atracciones cerrados; los hoteles en reformas; los andenes de las estaciones vacías o los estadios de futbol cualquier día sin partido.

Algunos dicen que estos edificios públicos sufren hoy la llamada kenopsia, el residuo emocional de lo vacío, donde la ausencia se percibe mejor que en los anuncios con luces de neón. Lo que se refleja no es el 155; es la tristeza de la piedra ante el raquitismo envilecido de la política local. En estos edificios, la expectativa ha sustituido a la praxis salvo en momentos puntuales, como el de ayer, cuando Torrent anunció que aplazaba el pleno de investidura prolongando la incertidumbre que azota a una sociedad (nosotros) cansada y atemorizada ante el cataclismo económico, enemigo todavía invisible.

En el interior de estas sedes continúa habiendo la actividad conspirativa mínima de los grupos parlamentarios --en el turno de la Diputación Permanente, por ejemplo-- que, sin embargo, no se traslada a los pasadizos ni a las otras zonas comunes. La vida interior de los enclaves del Govern y del Parlament no se prolonga en sus respectivos teatros de operaciones, el Saló Tarradellas del Palau --donde el Govern celebraba sus consejos-- o el hemiciclo. Y eso la ha convertido en edificios inanes.

Hoy, las calles y plazas de Cataluña son tomadas sin anuncio previo

Cuando el procés sea historia, Cataluña entera será una ciudadela agostada, como las capitales que un día fueron otomanas, al estilo de Estambul, Alejandría o Esmirna, antigua joya del Egeo. El nacionalismo, desenraizado y convertido en indepe actúa políticamente desde el vandalismo tribal de los pueblos nómadas. En su seno, nunca sabes dónde estás ni adónde vas. Las calles y las plazas son el espacio público colonizado por manifestantes del la ANC y Òmnium que se agrupan o se alejan sin previo aviso. Debes esperar a que sea Suleimán (Puigdemont) quien mueva ficha. Vives bajo el yugo del desconocimiento respecto a las intenciones de tus gobernantes. Eres la viva expresión del ser aplastado bajo la cadena de órdenes y contraórdenes. Las calles y plazas son tomadas sin anuncio previo, como le ocurrió a la Horst Wessel Platz de Berlín, cuyo monumento fue levantado por los nazis en recuerdo de sus mártires y que hoy se llama Rosa Luxemburg Platz (en memoria de la Revolución Roja de 1848). Los latigazos de la historia flirtean con el sarcasmo.

Los políticos esconden su agenda real bajo hojas de ruta concebidas como liturgias enajenantes. Su bitácora ha dejado de contener palabras para convertirse en símbolo acechante, como las fotos que Puigdemont sube a las redes sociales: primero la carreta vacía de Prats de Molló, en recuerdo del levantamiento frustrado de Francesc Macià, y hace dos días, la instantánea desabrida del Paseo Picasso, la avenida que desemboca en la Ciutadella, y que los indepes cambiar su nombre por el Passeig del 1-O. El trazo universal del gran pintor sucumbirá así bajo la memoria discutible de una jornada letal marcada por los excesos policiales y el martirio infundado.

La frontera y la cámara legislativa han sido elegidas por Puigdemont como enclaves totémicos del republicanismo catalán. Ambas son presentadas en sus fotos como zonas vacías, "no lugares" sobre los que se resolverá la acción de lo nuevo, el proyecto organicista que vehicula a los héroes de la patria con la prefiguración del futuro. Lo que viene está imaginado sobre el ciudadano que pierde su condición de tal para convertirse en el fruto de una ingeniería social capaz de erradicar del individuo su jardín soñado; en la Cataluña de Puigdemont, Torrent o Joan Tardà, este jardín, fruto de la infancia, será sustituirlo por el paisaje yermo de su Ítaca. De ahí el vacío como paso imprescindible en la destrucción del orden existente. El soberanismo trata de destruir para luego poseer; es un ámbito del poder más que de la utopía, tal como desveló en un reciente artículo el profesor Antón Costas cuando señalaba a los más destacados próceres indepes, con estas palabras: "No quieren independencia, quieren poder".

El soberanismo trata de destruir para luego poseer; es un ámbito del poder más que de la utopía

En la construcción anti-humana del Reich alemán, el futuro se fundamentó precisamente en un ser acomodado a su condición de pieza de un engranaje elevado, que renunciaba al proyecto de vida personal, derivado de su propia concepción de la felicidad. Por su parte, el Hombre Nuevo del comunismo soviético fue sembrado con la misma semilla. El ciudadano frontalizado (tabla rasa) fue el militante de la Cuba castrista, con la memoria colonizada por los mitos del partido único. Así emergió el desinformado y fiel camarada de un país agrícola, desindustrializado y pobre. En ambos experimentos, el inicio es el vacío, el "no lugar" del que habló Marc Augé en Los no lugares. Espacios del anonimato y "donde se borran los vestigios del pasado para instalar el Nuevo Orden", escribe Peter Sloterdijk, díscolo alumno de la Escuela de Frankfurt, inventor de la nueva crítica de Karlsruhe.

Recientemente, ha sido Marina Garcés, profesora de Filosofía, autora de ensayos y pensadora orgánica de la CUP, como la quieren ver algunos de los plataformeros, la que ha glosado los "no lugares" para iniciar el camino mas virtual que real de la nueva soberanía de Cataluña, pero lejos de la territorialidad como concepto hegemónico, en el PDeCAT y en ERC. Después del escándalo de su pregón de la Mercè (donde puso inexplicablemente al mismo nivel a asesinos y asesinados de los atentados yihadistas de agosto), revela el encanto de los lugares de la casualidad y el punto de encuentro en el que se puede experimentar furtivamente la aventura. Espero que detrás de sus bellas palabras, Garcés condene el atentado cometido hace pocos días por los chicos de Arran en la sede Crónica Global. Nos va en ello la libertad de opinión y prensa, columna de la democracia, y la invitamos de corazón a participar en la campaña​ recién iniciada en pro de estas libertades, que nos hacen realmente humanos.

La fusión entre poder y saber, que es uno de los temas de Garcés, fue una constante del realismo mágico, como lo entendió Torrente Ballester, el autor de La saga/fuga de JB, inventor de la ciudad imaginaria de Castroforte de Baralla. En Torrente, al margen de su ideología, lo mítico nunca fue un despojo; simplemente no podía hacerse realidad como las ciudades que le narró Marco Polo a Kublai Kan, emperador tártaro, o así lo cuenta Italo Calvino, otro enorme mentiroso. La imaginación no pertenece a ninguna nació, solo es. La verdad de las mentiras no tiene que ver con la mitología pegajosa e incómoda a la que no han condenado Puigdemont y los suyos.

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¿Quién es... Josep Maria Cortés?
Josep Maria Cortés

Periodista de economía, realizó una parte importante de su carrera en El País y en los últimos años ha colaborado con La Vanguardia, Catalunya Ràdio y ED. Antes, desempeñó el cargo de director en Barcelona de la consultora multinacional de la comunicación Porter Novelli. Fue durante cinco años analista semanal en el programa Bon dia, Catalunya de TV3. Inició su carrera profesional en El Noticiero Universal y en El Correo Catalán, perteneció a la plantilla fundacional de TV3 y fue el primer corresponsal en Barcelona del diario financiero Expansión. Ha publicado, como autor y coautor, varios libros de investigación periodística, entre ellos, Memoria de Catalunya, del regreso de Tarradellas al pacto Pujol-Aznar (Taurus) o Los yuppies de Pujol llegan a la cima (ED).

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