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El ocaso de la Nueva Política

Josep Maria Cortés
7 min

La política es una trinchera contra el miedo. Defiende la división de poderes, la consciencia y la propiedad. Exige gobiernos humildes y predecibles; y merece la pena insistir en la previsibilidad de la que tanto habló Mariano Rajoy, grotescamente denostado. Podemos no aporta previsibilidad a un frente progresista. No me imagino para nada a Nadia Calviño llevándole al Eurogrupo de Centeno un plan de estabilidad convertido en inestable por las pretensiones salvapatrias de Juan Carlos Monedero, el excéntrico profesor Settembrini, mentor del joven Castorp (Iglesias) en La Montaña mágica, de Thomas Mann. Mucho menos imagino a la solvente titular de Economía, de estas trazas, delante de Úrsula von der Leyen, nueva presidenta de la Comisión, y de sus dos brazos fuertes, la liberal danesa Margrete Vestagher y el socialista holandés Frans Timmermans.

Por lo visto en la reunión de ayer entre PSOE y Unidas Podemos, no se llegará tan lejos. Los chicos del chambergo hablan inglés (solo faltaría) y han leído un poco, pero no dan más de sí; está visto que la politología es un pensamiento menor frente a la filosofía, la medicina genética o la astrofísica, por poner solo tres ejemplos. Cuatro nuevas horas de reunión entre los equipos negociadores certificaron ayer la imposibilidad del acuerdo. La negociación está herida de muerte, pese a que ninguna de las partes se responsabiliza del desacuerdo y achaca al contrario que la falta de entendimiento dinamite la legislatura y aboque a la repetición de elecciones, las cuartas en cuatro años.

Adriana Lastra y Pablo Echenique resaltaron la cordialidad de los dos bandos; ¡vamos, hombre! Y claro, en las subsiguientes confesiones echaron pestes del otro. Los hechos consumados suceden a la espantá de Pablo Iglesias en julio. Por la tarde, ya en el tendido de sombra, como solían hacerlo en Las Ventas los grandes maestros de antaño, Lastra lo resumió así: “que reflexionen”. No te fastidia; van a dejar los libros y van a tener que ser generosos con la gente, pero no de boquilla. Difícil de creer.

Si al final Más Madrid se presenta a las generales, que será que no, un sexto partido en liza --“eso nos desmontaría el tinglado”, dice el prudente Narciso Michavila-- colocaría a Podemos en el rincón del fondo y sus votos perdidos irían al Gran Hermano (PSOE). La entronización de Errejón (el más pulido, pero el más peronista de los de Vista Alegre, ¡ojo!) acabaría con una comedia de trifulcas intestinas. Las disputas menores del izquierdismo, “enfermedad infantil...”, ya saben, suenan a las peleas entre Claudín y Carrillo, en los años del plomo, o mucho peor, a rupturitas italianas de café de los años setenta, entre el Potere Operaio de Feltrinelli y Il Manifesto de Rosana Rosanda. Ya está bien de broma. España vive los rigores del presupuesto prorrogado de Rajoy en el 2018. Caen la Sanidad pública y la Educación y ustedes, de reunión en reunión, como los consejeros de Torra.

Ante el hipotético desafío de noviembre en las urnas, las ideologías disolventes, como la de Podemos, lo pagarán en votos. Los soberanistas también, aunque crean contar con la aquiescencia de su media naranja catalana. Después de la sentencia del Supremo, el procés exigirá movilizaciones, pero casi nadie en su sano juicio tiene derecho a pensar en revanchas si aceptamos que, bajo el orden constitucional, la justicia es una red de seguridad ante quienes esgrimen argumentos de intimidación.

Los sondeos ya redefinen tendencias. La caída de Ciudadanos en las encuestas significa el naufragio de la última Revolución Gloriosa en España, la de Albert Rivera. La Gloriosa consiguió en Inglaterra el fin de los Estuardo, en el seiscientos, y tuvo un remedo frustrado, dos siglos más tarde, en la España del general Prim, en septiembre de 1868. Tras descoronar a Isabel II, la llamada Septembrina, ofreció el trono a Amadeo de Saboya y dio lugar a la I República, dos fracasos de bulto, pero bellos y hasta generosos.

Sin embargo, aquellos aires anglosajones de libertad, que se encorsetan hoy en los caprichos desaforados de Boris Johnson, son los mismos vientos que rodean la soledad de Rivera. Este último libra batallas a derecha e izquierda; se abre paso a machetazos y no a discursos. Un día se le olvidó que las palabras viven, definen, y están tan despiertas que, si las cortas, sangran; “son vasculares y vivientes”, escribió Emerson, arrastrando su mala uva de pastor presbiteriano. Rivera ha tratado de jugar con una simbólica carta de derechos, al modo de la Bill of Rights británica, que limitó el poder del trono y que tanto influyó después en los padres de la Revolución Americana, como John Adams, Benjamin Franklin o Thomas Jefferson. Dejando de lado su limitado toque doctrinal, al líder de Cs se le ha olvidado que, con intuición, se puede ganar la mano en el póker del mentiroso de la política española. 

Ante la contienda electoral ya inevitable están de más las lamentaciones descaradas de Rivera y las sobradeces de José Manuel Villegas, el oscuro comisario político de los levellers españoles. En vez de atraer a la mayoría parlamentaria, nacida el 28 de abril, nuestros whigs (Ciudadanos) quieren derrotar a la vez a los tories (PP) y a los laboristas (PSOE). Por su parte, la izquierda metafísica (Podemos) exige un trozo inmerecido del pastel. Y así les va de mal a ambos. Es el ocaso de la Nueva Política.

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¿Quién es... Josep Maria Cortés?
Josep Maria Cortés

Periodista de economía, realizó una parte importante de su carrera en El País y en los últimos años ha colaborado con La Vanguardia, Catalunya Ràdio y ED. Antes, desempeñó el cargo de director en Barcelona de la consultora multinacional de la comunicación Porter Novelli. Fue durante cinco años analista semanal en el programa Bon dia, Catalunya de TV3. Inició su carrera profesional en El Noticiero Universal y en El Correo Catalán, perteneció a la plantilla fundacional de TV3 y fue el primer corresponsal en Barcelona del diario financiero Expansión. Ha publicado, como autor y coautor, varios libros de investigación periodística, entre ellos, Memoria de Catalunya, del regreso de Tarradellas al pacto Pujol-Aznar (Taurus) o Los yuppies de Pujol llegan a la cima (ED).