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¿Ley de Seguridad o 155?

Josep Maria Cortés
8 min

De Guatemala a Guatepeor. Cataluña es una ciudadela asediada desde dentro; saboteada por los suyos; destruida por los que dicen amarla y sin embargo han levantado un Caballo de Troya para llevarla al desiderátum, saltándose la carta magna del 78. El presidente, Pedro Sánchez, asegura que el PSOE garantiza la estabilidad, y da un giro radical respecto al desafío catalán. Responsabiliza a las élites políticas autonómicas de echar arena en los engranajes del Estado. ¿Quién o quiénes lo hacen? Primero, Artur Mas, el hombre que quiso “ser más” a causa del menosprecio con el que le trató Pujol, su padre; después Puigdemont y Junqueras, dos mediocres entregados al fuego fatuo de la DUI y finalmente Torra, un alma demoníacamente cándida. Y otros, claro, otros muchos que prevarican diseñando nuestro futuro a nuestras espaldas; los que dan por muerto el diálogo.

A todos ellos les responde desde la investigación Myriam Revault d’Allonnes, creadora de la posverdad, profesora del Cevipof (Centre de recherches politiques de Sciences Po), una mujer portentosa para la que el tiempo no pasa: “La democracia no es una realidad rotunda y la inevitabilidad de la desafección lo demuestra”. Los indepes solo podrían tener razón “si la democracia estuviese todavía por llegar” (escribió Darrida, no pensando en nosotros, claro, pero trazando una línea que hoy nos señala).

Al principio de este año, Pedro Sánchez ofreció una mesa de partidos con un relator, pero desde que se rompieron las negociaciones y los independentistas tumbaron los Presupuestos, el presidente ha ido endureciendo su posición. Ahora habla del 155 como una posibilidad real. Aplica las Dos tácticas de la socialdemocracia: avance, racaneo tirando pelotas fuera y avance de nuevo, con más decisión. Que no le pase como a Hadji Murad, aquel guerrero dado de León Tolstoi que sucumbió en el Cáucaso frente a los ejércitos del Zar. No le pasará. Pero que nadie dé por descontada la victoria de Sánchez el 10N. Susana Díaz perdió, Tsipras se hundió y, mucho antes, el mismo Chirac naufragó en su última intentona; y todos habían adelantado los comicios.

A nosotros, los de a pie, sí que nos pasará: está punto de caernos la del pulpo. Atrasos en los pagos en las grandes estructuras público-privadas, la economía del precio político (las eléctricas, el gas, las aguas o los servicio bancarios) y, sobre todo, los atrasos a los funcionarios de la Sanidad y la Enseñanza, las dos columnas del estado del bienestar. Las gestiones de la economía social están cedidas a un Govern canibalizado, que solo entiende de sapos y culebras contra un Madrid carnicero. Y nadie lo diría, si caemos en la cuenta de que la capital va como un tiro en tanto que megalópolis y que, en su pasado heroico, fue la orilla culta de aquel Jarama republicano de Broggi, Hemingway, Dos Pasos  o Manuel Azaña, la política hecha letra.

Respecto a la desobediencia dibujada en el rostro de nuestras élites, hay mucho más; se aproximan la Ley de Seguridad o su alternativa, el 155, cirugías ambas, que descansan sobre el colchón muelle de la llamada clase media, la que todo lo admite, a medio camino entre el consenso y el dolor. Torra, pobre infeliz, sueña con aventar al fantasma de Martínez Anido, el gobernador de la Ley de Fugas, que impuso una auténtica limpieza contra los autores de la Semana Trágica. Pero señor Torra, nuestro castigado imaginario colectivo no necesita la pólvora del Rey para entrar en un estado de catatonia temerosa y cabreada.

La política es una transferencia de poder de abajo arriba. Del votante al votado. El líder es el que provee; se mide por su vitalidad; hace crecer al resto; amplía las posibilidades de supervivencia de todos. Pero nada de esto vimos el pasado jueves, el día en que la batalla campal, entre el president y el portavoz de Ciudadanos, Carlos Carrizosa, hirió de muerte la retórica y los semblantes, armas primordiales de la tolerancia. Francamente, a Carrizosa le preferíamos virgen, cuando doblaba su semblante de letrado redicho cada vez que Arrimadas blandía el furor de su jauría. De Torra no esperamos nada; él es “poeta o nada”, la evocación de los presuntuosos en los años en que te declaraban inútil para el ejército; pietista entregado a los monjes Bernardinos, hombre tosco de Württemberg o imán o del seminario evangélico de Maulbronn; imaginario librero de Tubinga antes que editor o viajero en Ceilán, por las resonancias cacofónicas de noble tallo.

El caluroso otoño despunta pigmentos amarillos y ocres muy cerca de la puerta del Parlament, en el corazón del parque de la Ciutadella. Allí, en el semicírculo siempre verde que flanquea el estanque, tampoco pasa el aire. No se ve a ningún diputado recuperando el resuello para volver a entrar, después de un reset. Y es que no hay nada que hacer: los políticos de distintas familias ideológicas no se hablan ni a la hora del café. Viven ensimismados en su odio al adversario. El barcelonés medio encaja en el perfil del paseante que inspiró en Benjamin para entender la filosofía del escaparate, el fin del tiempo agustiniano y la irrupción de la modernidad hoy refutada. Es el que entiende nuestro centro, altar del fashion inalcanzable para tantos, con tiendas que ofrecen inesperadamente las notas de los Segadors, al estilo de aquel Salve a ti, en la corona de la victoria, el himno prusiano que escuchaba Alfred Döblin en la berlinesa Alexanderplatz.

En la Cataluña de hoy, la democracia es el escorpión que se clava su propio aguijón, cuando está rodeado. Los instalados en los escaños de un Parlament, que no avanza ni representa, se acurrucan; nuestros próceres doblan el espinazo o se matan a miradas iracundas por los pasillos de aquel Palau, que un día fue arsenal de Espartero. Mientras tanto, los aparatos del Estado nos interrogan desde un poder aparentemente lejano; el Leviatán más antiguo de Europa nos inquiere: ¿Qué preferís?, ¿la Ley de Seguridad o el 155?

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¿Quién es... Josep Maria Cortés?
Josep Maria Cortés

Periodista de economía, realizó una parte importante de su carrera en El País y en los últimos años ha colaborado con La Vanguardia, Catalunya Ràdio y ED. Antes, desempeñó el cargo de director en Barcelona de la consultora multinacional de la comunicación Porter Novelli. Fue durante cinco años analista semanal en el programa Bon dia, Catalunya de TV3. Inició su carrera profesional en El Noticiero Universal y en El Correo Catalán, perteneció a la plantilla fundacional de TV3 y fue el primer corresponsal en Barcelona del diario financiero Expansión. Ha publicado, como autor y coautor, varios libros de investigación periodística, entre ellos, Memoria de Catalunya, del regreso de Tarradellas al pacto Pujol-Aznar (Taurus) o Los yuppies de Pujol llegan a la cima (ED).