Federalismo, populismo y soberanismo

Josep Maria Cortés
7 min

El Consell de la República de Puigdemont es una entidad privada que quiere ser pública y pretende financiarse con una dotación de la Generalitat. ERC acabará cediendo como ya lo está haciendo con la gestión de los fondos de Bruselas, cuyo control se repartirá con Junts, según las negociaciones en curso entre ambos partidos. La cabra tira al monte y el nacionalismo siempre se pelea por la pasta; apropiarse de un país pasa por hacerse con este doble botín: el dinero público hurtado a los ciudadanos y legislar en las cámaras para mantener el poder hasta desfigurar el derecho de ciudadanía, principio y fin del nacional-populismo. No hay ni un gramo de generosidad en la propuesta 'indepe'.

La vía catalana está lejos del Federalismo valenciano de Ximo Puig, defensor de un modelo descentralizado con capacidad para compaginar el Estado del Bienestar con la estabilidad presupuestaria. Puig lidera las comunidades del PSOE --menos la Castilla La Mancha de García-Page y el Aragón de Lambán, claro-- frente al discurso populista del Madrid de Díaz Ayuso, que causa temor de Génova, ciudadela atormentada. El secesionismo fiscal y sanitario de Ayuso tiende a incrementar las diferencias con el resto; el liberalismo pregonado por la presidenta resulta económicamente ventajista, pero cuando habla de comunismo o libertad, cae en la insignificancia. Valencia, por su parte, la autonomía con el menor índice de contagios de Covid de España, conjuga su programa con la España plural de ZP, con la España diversa de Illa e Iceta y hasta con el lejano Club de las Españas.

El tercer modelo, el del soberanismo catalán, representa al frentismo negacionista frente al Estado democrático. Ayer, en su segundo fracaso de investidura, Pere Aragonés habló de República Catalana; su mente vive en el mismo constructo artificial que inmovilizó al republicanismo catalán de los años treinta, cuando mandó a los suyos a levantar barricadas en Barcelona, en vez de enviarlos al frente para combatir a los generales africanistas. Propició la innecesaria rebelión y se olvidó del enemigo real.

Esquerra es un partido cobarde; lo ha sido a lo largo de su historia y volvió a serlo ayer en el Parlament. Al otro lado de la utopía imposible, Junts es un emblema de la política-negocio. Solo utiliza las herramientas institucionales si obtiene un beneficio tangible, como hizo Laura Borràs en la UB al conseguir, por enchufe, una plaza de funcionaria en la Facultad de Educación, puenteando a los agregados y contratados, que estaban delante de ella, por méritos propios. El chanchullo es la esencia de la presidenta del Parlament; actúa como Quim Torra, el caniche de Puigdemont, que se subió el sueldo gracias a un virtual concurso de mérito. Ellos se mueven entre camafeos y peluches; su país sufre la pandemia y el PIB catalán cae un 11,5%.

El liberalismo, esencia de uno de los programas más eficientes de la sociedad actual, no tiene nada que ver con el combate procaz que propone Ayuso en Madrid. La presidenta confía, pero no olvidemos, que la fórmula aplicada en la Valencia de Ximo, la fusión entre socialistas, Compromís, Podemos e Izquierda Unida, acabó cuajando en el mismo Gobierno de España; y es lo que busca ahora Gabilondo de tapadillo en la Puerta del Sol, a pesar de su penitencia en materia de sondeos. Dispuesto a incrementar el tronío capitalino, Pablo Iglesias se despidió ayer del Consejo de Ministros para defender a su partido, en plena precampaña de mayo. Pero el grito de Podemos frente al estilo cañí de Ayuso puede acabar siendo tan inoperante como la cobardía de Esquerra en Cataluña. Para defender a la Tercera España de Alcalá Zamora y Madariaga no hacen falta alforjas cargadas de promesas en la elocuencia de Iglesias. Solo la moderación puede vencer al populismo. Por otra parte, desde que el espacio a la izquierda del PSOE se rompió con el pacto Carmena-Errejón, dejando en la orilla a Podemos, resulta casi ridículo recuperar el espíritu del 15M. Combatir a Díaz Ayuso a trincherazos es hacerla cada vez más fuerte.

Al paso que vamos, la clásica pugna derecha-izquierda no arroja un ganador pensando en las próximas elecciones generales, si no se producen alianzas de futuro con PNV, ERC, Bildu y lo que quede de Ciudadanos. Sánchez no tiene otra y Casado ha de rezar para que, el 4 de mayo, Vox no sufra en Madrid la primera derrota de su futuro descalabro. Ayuso, pregonando aperturas nocturnas y convertida por la prensa francesa en una paródica Libertad del cuadro de De la Croix, puede alcanzar el cielo. Los sondeos le conceden ya el beneficio de remontar al nuevo PP, lejos de las penitencias pendientes de Correa, Púnica o Bárcenas. Ella es consciente de que nunca conseguirá congregar al centro de su partido. Vencerá montada en la hipérbole falaz porque Madrid bien vale una misa catecumenal y, si es del Obispo Reig Pla, miel sobre hojuelas.

El federalismo nos fortalece, el soberanismo nos destruye y el populismo anuncia la muerte térmica de una sociedad sumergida en fin de las ideologías.  

Artículos anteriores
¿Quién es... Josep Maria Cortés?
Josep Maria Cortés

Periodista de economía, realizó una parte importante de su carrera en El País y en los últimos años ha colaborado con La Vanguardia, Catalunya Ràdio y ED. Antes, desempeñó el cargo de director en Barcelona de la consultora multinacional de la comunicación Porter Novelli. Fue durante cinco años analista semanal en el programa Bon dia, Catalunya de TV3. Inició su carrera profesional en El Noticiero Universal y en El Correo Catalán, perteneció a la plantilla fundacional de TV3 y fue el primer corresponsal en Barcelona del diario financiero Expansión. Ha publicado, como autor y coautor, varios libros de investigación periodística, entre ellos, Memoria de Catalunya, del regreso de Tarradellas al pacto Pujol-Aznar (Taurus) o Los yuppies de Pujol llegan a la cima (ED).