Cataluña nunca será Kosovo, pero se parece al Azerbaiyán

Josep Maria Cortés
10 min

Denme una imagen y sublevaré al mundo. Así resumieron los indepes la fatal intervención policial del 1-O, que luego mezclan con la prisión preventiva de sus dirigentes para acabar gritando: "Se ha desatado la represión; somos el Kosovo bajo la bota de Belgrado". Pues bien, comparar la limpieza étnica de Milosevic en la antigua Yugoslavia con España, Estado de derecho de la UE, es una insensatez. Hacerlo “resulta ofensivo, un insulto a la razón”, en palabras de Ramush Haradinaj, primer ministro de Kosovo. La guerra sangrienta de los Balcanes, el todos a por ellos de los territorios autoproclamados y dirigidos por criminales como Radovan Karadzic es un crimen de lesa humanidad para el perdedor (Croacia, Montenegro, Kosovo o Eslovenia) y una sinrazón del lado del ganador, la llamada Gran Serbia. Así lo estampo para la posteridad el Tribunal de la Haya.

Cataluña no es Kosovo. No entra en ese tablero pseudo-balcánico a menos que quiera el papel de la Gran Serbia que, en nuestro caso, consistiría en catalanizar España, una frase de reminiscencias cambonianas, fuera del contexto actual. Cataluña no es la Gran Serbia, pero la camarilla neutralizada por los jueces utiliza la armas dialécticas de Belgrado: "España país cutre", "Guardia Civil inculta" o "Madrid nos roba", versión doméstica del Stato ladro de la Padania italiana frente a Roma; o la más laminera, "Estado español autoritario".

¡Cómo se nota que esta pobre gente soberanista de chiruca y Cavall Bernat desconocen las batallas sociales de Berlín, París o Milán! De haber estado en alguna de ellas sabrían como se lo montan la Sécurité gala o la Bundespolizei (BPOL) germánica, con una herencia de la Stasi del Este más que notable. La Europa democrática esconde sus vergüenzas, sus cloacas, debajo de Eurolandia, y la España de Rajoy es una hermanita de la caridad al lado de Francia y Alemania. Vete a escindirles el país mediante secesiones como la catalana y verás cómo te cae la del pulpo.

La España de Rajoy es una hermanita de la caridad al lado de Francia y Alemania. Vete a escindirles el país mediante secesiones como la catalana y verás cómo te cae la del pulpo

El independentismo es una escuela del odio fríamente calculada. Cuando la mecha prenda, será más fácil poner de espaldas a salvajes que mirar de frente al rostro de la bestia. Los indepes dicen: “Estamos en la revisitación del franquismo”. ¿Es que os creéis que los otros no tienen historia? En la Segunda Gran Guerra, Italia se apoderó de Eslovenia, Dalmacia y Montenegro, mientras su satélite, Albania, se quedó con Kosovo. Bosnia estuvo bajo el mando de Ante Pavelic, jefe de los ustacha, admirador de Mussolini, imitador de Hitler e implacable azote de judíos y zíngaros. Los nacionalismos de los Balcanes y de la Europa danubiana patentaron para siempre diversas formas de morir: campos de extermino, limpieza étnica o genocidio.

Cuando la nación sea un todo indivisible heredado por la historia, tengamos cuidado con la memoria que a veces opta por convertirse en memoricidio. Al soberanismo se le ha combatido con las armas del Estado de derecho; nada más. La ley y la razón pueden más que la nación. Así lo sellan los Tratados de la UE, desde Maastricht a Lisboa.

La élite política catalana legitima la autodeterminación como derecho del pueblo, en un nuevo esfuerzo por camuflar el principio racial en el Derecho Internacional. No somos Kosovo, pero nos parecemos bastante al Azerbaiyán, un país emergente sin hoja de ruta democrática, donde los derechos humanos están absolutamente limitados por las armas cuya existencia justifica el derecho de defensa frente al expansionismo de la vecina Rusia. Me cuesta imaginar cómo lo haríamos nosotros bajo el ejército de Pancho Villa que quiso montar Miquel Sellarès, aquel primer responsable de Interior en el estreno de los Mossos d'Esquadra, dado a enseñarle la pipa al primero que pasaba por su despacho. Eran otros tiempos; la infancia de la nación-república no había explosionado y todavía nos creíamos con derecho a jugar.

La ley y la razón pueden más que la nación. Así lo sellan los Tratados de la UE

El Consejo de Europa ha caído sobre Azerbaiyán. La institución encargada de velar por la democracia, las libertades y los derechos fundamentales, ha concluido, tras una minuciosa investigación, que cinco de los miembros de su Asamblea del Consejo, entre ellos dos españoles, el senador del PP Pedro Agramunt y el eurodiputado del PDeCAT Jordi Xuclà, violaron el código ético de la organización, donde están presentes 47 países, por lo que les invita a presentar su dimisión. La investigación mantiene que ambos blanquearon las credenciales democráticas de la república euroasiática, un país que había entrado a formar parte del Consejo en 2001. Existe la prueba documentada de que en Azerbaiyán hay presos de conciencia y evidencias de fraude electoral cometido por aquel gobierno. Hoy sabemos que la administración de Azerbaiyán empleó cuantiosos recursos económicos, en forma de sobornos, regalos y viajes de lujo a una serie de miembros de la Asamblea con el fin de lograr un trato de favor para su país.

La nación más grande en la región del Cáucaso, localizada entre Asia Occidental y Europa Oriental limita al este con el mar Caspio, al norte con Rusia, al noroeste con Georgia, al oeste con Armenia y al sur con Irán. Cuenta con una herencia cultura laica y fue el primer país de mayoría musulmana en abrir óperas y teatros; es uno de los países musulmanes con mayor apoyo a la tolerancia religiosa. ​Azerbaiyán pasó a formar parte de la Unión Soviética desde 1920 hasta su independencia en 1991. Hoy pone en marcha su fanfarria para autoproclamarse república constitucionalista, secular y unitaria. Es miembro activo de la de la comunidad Türksoy, el cinturón de hierro que protege a Estambul y Ankara. Aunque posee relaciones diplomáticas con 158 países y es miembro de 38 organizaciones internacionales, no es de fiar en materia de derechos.

Con 123 votos a favor y 9 en contra, la asamblea de la Comisión Europea insta a sus señorías Agramunt y Xuclà a abandonar el Consejo y su escaño en el Parlamento de Estrasburgo, pero los dos señalados se hacen el sueco después de haber sido estatuas egipcias. Sus partidos, ¡abominable!, los protegen por aquello de la presunción y dicen de momento que la decisión no tiene valor jurídico, que no es de obligado cumplimiento. Con la moral herida de muerte, de ahora en delante, el caso no depende de España sino de toda Europa. En materia de corruptelas, también somos un país exportador, con una tasa de cobertura en situación de superávit. En esta ceremonia de la vergüenza ajena, Cataluña lleva la delantera, sumergida en la desobediencia y esperando el despiste del adversario. La vanguardia indepe quiere vivir en un régimen azerbaiyano pero de inspiración estética kosovar. Quiere ser la exégesis de la nación, pero no está dispuesta a morir por la patria.

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¿Quién es... Josep Maria Cortés?
Josep Maria Cortés

Periodista de economía, realizó una parte importante de su carrera en El País y en los últimos años ha colaborado con La Vanguardia, Catalunya Ràdio y ED. Antes, desempeñó el cargo de director en Barcelona de la consultora multinacional de la comunicación Porter Novelli. Fue durante cinco años analista semanal en el programa Bon dia, Catalunya de TV3. Inició su carrera profesional en El Noticiero Universal y en El Correo Catalán, perteneció a la plantilla fundacional de TV3 y fue el primer corresponsal en Barcelona del diario financiero Expansión. Ha publicado, como autor y coautor, varios libros de investigación periodística, entre ellos, Memoria de Catalunya, del regreso de Tarradellas al pacto Pujol-Aznar (Taurus) o Los yuppies de Pujol llegan a la cima (ED).

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