Menú Buscar

Aznar, don Tancredo en Guadalmina

Josep Maria Cortés
7 min

¿Quién es más patriota, los manteros que hacen mascarillas o los Aznar refugiados en Marbella? se pregunta un tuit de origen apócrifo. Después de la foto del New York Times (NYT), de doña Ana Botella y don José María, como unas castañuelas ambos, me imagino al matrimonio cenando en Guadalmina un frugal Rodaballo al horno, regado con Ribera. Estamos en el segundo mes del año de la peste, todos confinados, menos uno que juega al pitch and putt en el jardín de su mansión y mira con nostalgia a los cadis que se pasean solitarios por los greens que circundan su tapia. La lección de transparencia de los amigos del millonario mexicano, Carlos Slim, accionista del NYT, ha sido un bombazo.

Hay quien se lo toma muy a pecho y abunda en la denuncia; Teresa Rodríguez, de Adelante Andalucía, pide al Palacio de San Telmo (sede de la Junta, en Sevilla) que lo confinen para que “no salga de su p… chalet”; no sabe que el “odio a la injusticia también desencaja el rostro”, como escribió Bertold Brecht. Sea como sea, está visto que el ex presi no juega en nuestra división, la de los acogotados por el virus, que vemos el sol cada tres días de camino al pan o a la farmacia. Al hombre agazapado e impasible el ademán le da lo mismo; ya es una parodia de sí mismo, como Felipe, ni más ni menos. Si Platón, pongamos por caso, estuviese por aquí diría que los fraudes morales de la Gran Coalición tácita destilan la esencia de una humanidad echada a perder. El NYT le llama “millonario egoísta” al mandamás honorífico de los conservadores; y es que, de bolo en bolo, el hombre se ha puesto en casa. Dejémoslo así.

Aznar en Guadalmina, reserva espiritual de Occidente, y Felipe en Madrid, epicentro de la tragedia, se resignan a ser dos gotas de agua ante la inmensidad del caos. En la costa del Sol, doña Ana, la ex primera dama, se pide la misa del domingo de Pascua para celebrar con mantilla el pronto fin del confinamiento; en Madrid, precalientan una dosis de zurra politológica con mascarilla, en algún abrevadero de una Casa del Pueblo de las que regeneró Juanito Barranco, y si no, para más adelante, programan una cenita en Casa Lucio, que a Felipe le pega más.

Unos hablan del cielo y los otros están cabreados con Palinuro (Sanchez) el timonel de los Argonautas en busca de la solución mágica. Ambos lados apuntan a Moncloa con idéntica maldad  porque ambos echan de menos seguir al mando de la nave. No soportan la utilidad de nuestro encierro; no saben lo útil que resulta un peso inútil, como cocinar, darle un fregoteo a la terraza o recitar a los místicos españoles; no aceptan metafóricamente la flauta de Sócrates, el pensador ágrafo que, en su último día y mientras otros le preparaban la cicuta, él ensayaba con la flauta.

Me imagino una mesa amplia y redonda bajo el porche de los Aznar, donde ellos recitan a los poetas del 27, con los que Aznar impresionó a la intelectualidad catalana en las cenas barcelonesas celebradas en el salón modernista de Borja García Nieto. Y veo el rastro de los invitados fantasmales a la cocina de Ana replicando a base de hexámetros latinos llenos de narraciones puntuales, como en aquel Decamerón, crónica de la peste de 1349, que asoló Florencia y dejó para siempre una imponente estatua de Boccaccio en la Galería de los Uffici.

A Pablo Casado no le bastan los consejos de Aznar, cargados de distancia crítica. Por lo visto el PP de los cachorros --Cayetana, de dulce cuello-cisne y Teo, ni fu ni fa-- necesita enfermos sin cama y médicos demolidos por el exceso de trabajo. Cambalachea muertes por votos. Solo así logra lanzar sus mensajes de desesperanza contra un Gobierno que todo lo hace mal.

La derecha no admite que la tribu de Sánchez haya hecho frente a la pandemia, con una Sanidad en precario, largamente privatizada por los que gritan. Pero da igual porque todo sirve en el teatro de operaciones de las ideologías, enemigas del pragmatismo y la alegría del vivir.

Supongo que en justa correspondencia con Aznar, Mariano Rajoy estará en Sansenxo,  disfrutando de la brisa atlántica sin moverse del balcón. Él ya no es don Tancredo, el titulo se lo han colgado esta semana al jefe de Faes, que cada tarde debe enharinarse el rostro, subirse al caballete del tablado del medio y esperar a que pase el toro. Si el animal lo confunde con una estatua de sal, no pasa nada. Además, así engalanado podrá subirse también, si lo desea, en la pirámide de causas pendientes por corrupción que tiene el partido que presidió en las etapas en que calentaban motores la lista de Luis Bárcenas, la Gürtel, la Púnica y un largo etc.

En las últimas horas, Pablo Casado ha acusado al Ejecutivo de no haber cerrado toda la actividad productiva y, al mismo tiempo, de haber dejado la economía en mantillas; y también, de haber planteado un plan demasiado ambicioso en Bruselas y de no haber destinado suficiente dinero a los más golpeados por la crisis. Una cosa y su contraria; otra cosa y también su contraria.

Aznar le pondrá las peras a cuartos. Algunos quieren al ex presidente en la cúpula nuevamente; otros lo prefieren en su papel de estratega, si puede ser, lejano. Él, de momento, se limita a ser don Tancredo en Guadalmina.

Artículos anteriores
¿Quién es... Josep Maria Cortés?
Josep Maria Cortés

Periodista de economía, realizó una parte importante de su carrera en El País y en los últimos años ha colaborado con La Vanguardia, Catalunya Ràdio y ED. Antes, desempeñó el cargo de director en Barcelona de la consultora multinacional de la comunicación Porter Novelli. Fue durante cinco años analista semanal en el programa Bon dia, Catalunya de TV3. Inició su carrera profesional en El Noticiero Universal y en El Correo Catalán, perteneció a la plantilla fundacional de TV3 y fue el primer corresponsal en Barcelona del diario financiero Expansión. Ha publicado, como autor y coautor, varios libros de investigación periodística, entre ellos, Memoria de Catalunya, del regreso de Tarradellas al pacto Pujol-Aznar (Taurus) o Los yuppies de Pujol llegan a la cima (ED).