No es nada personal, Cercas

Guillem Bota
19.04.2021
6 min

Los catalanes de bien les tienen que dar a veces un capón a los charnegos, no vaya a ser que se crean con derechos. No tienen ninguno, por supuesto, pero el que menos, el de la libre expresión. Porque, a ver, un catalán de pura cepa puede incluso mostrarse contrario a la independencia, no es que sea lo más adecuado pero se puede soportar, al fin y al cabo es sangre de nuestra sangre. Ahora bien ¿un charnego? Un tipo que vino de Extremadura, o de Andalucía, o de Murcia, el único derecho que tiene es el de estar agradecido a Cataluña por haberle acogido. Trabajar y callar, eso es lo que deben hacer los charnegos, y eso es lo que no ha entendido Cercas, y mira que lleva aquí el tiempo suficiente como para haber aprendido lo más básico. Deslomarse, sí. Hablar, no. No me dirán que cuesta mucho entender cosa tan simple.

No conozco a Cercas, ni siquiera le he visto jamás en persona. Leí sólo una novela suya, hace tiempo, me parece que trataba de un episodio de la guerra civil. No es que me entusiasmara, prefiero sus artículos. Pero hace tiempo le leí en una entrevista --no recuerdo en qué medio-- una reflexión extraordinaria, venía a decir que se sentía estafado, porque cuando llegó a Cataluña estaba convencido de que, a poco que se adaptara a esta sociedad, sería aceptado como un catalán más. Y lo cierto es que parecía que sí, que la cosa iba por ahí, hasta que al final, ya adulto, descubrió que de eso nada, que jamás será aceptado en igualdad de condiciones que los catalanes viejos. O decía algo parecido, hablo de memoria. No sé quién engañaría a Cercas describiéndole una Cataluña acogedora y libre de xenofobia, desde luego sería alguien con muy mala idea o alguien que no conocía en absoluto el carácter catalán.

Por si en los últimos tiempos Cercas había caído en la tentación de olvidar la lección, por si había creído, iluso, que podía ser una persona con los mismos derechos que los catalanes de toda la vida, la semana pasada le recordaron que los charnegos serán siempre charnegos. Es una lástima que Juan Marsé, otro grande de las letras catalanas también vilipendiado, haya fallecido hace poco, porque podría explicarle que los personajes de sus novelas, por más ficticios que parecieran, jamás dejaban de ser reales. Que el Pijoaparte no deja nunca de ser un murciano, y que Teresa va a terminar casándose con quien debe casarse y poniendo a sus retoños los nombres de Pol i Laia.

Los “de fuera”, que es una forma todavía más hiriente de denominar a los charnegos y por ello usada con más ganas, deben ceñirse a un código, el primer artículo del cual es pedir permiso antes de criticar cualquier cosa catalana, y aquí entra su gobierno, sus costumbres, su televisión, sus vírgenes y santos, sus paisajes y su historia, sea cierta o falsa es lo de menos, la historia de Cataluña es la que los catalanes quieren que sea. Cercas pensó, bendito él, que el hecho de ser invitado a TV3 significaba que tenía permiso para pensar, razonar y a raíz de todo ello, hablar. Craso error. Él fue llamado al plató para mostrar sumisión y agradecimiento, no se entiende que el regidor del FAQS o quien sea que controla esos detalles, no le advirtiera de lo que se esperaba de él. Es natural que haya sido linchado en las redes sociales, usando incluso armas tan poco edificantes como la manipulación de vídeos. Todo vale para castigar a quien ha roto el código de los charnegos.

Javier Cercas no debe tomárselo a mal, no es nada contra él. No se le puede dejar sin castigo, pero no por él, que al fin y al cabo seguro que a muchos nos cae bien, sino como advertencia a otros charnegos que pudieran tener tentaciones de creer en la libertad de expresión. No vaya a ser que se nos suban a las barbas y piensen que pueden decir lo que les apetezca. No es nada personal, Javier, son solo negocios, como en las mejores familias de la mafia.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.