Nacionalismo y modernidad

Josep Burgaya
6 min

Uno de los aspectos principales de "subversión" del nacionalismo en relación con la política y la Modernidad es que reescribe el planteamiento de "qué programa político" aplicar por el de "cuál es el espacio" donde aplicar cualquier proyecto político. Lo que pone en cuestión es el marco de la soberanía, la cual se considerará como el ámbito de "homogeneidad" cultural y no de perímetro de ciudadanos sometidos o acogidos a una misma legislación. No son los Derechos y Deberes los que definen el espacio de ejercicio del poder político y de la soberanía, sino un ámbito de identidad cultural único en el que, además, buena parte de los derechos y obligaciones no los fijan los ciudadanos, sino la Tradición. El ejercicio de la voluntad ciudadana está mediatizado así, por intereses previos y superiores, imponiéndose una consideración más bien leve en relación con el papel del sufragio y la expresión de la voluntad colectiva. Siempre se puede apelar a interferencias de un enemigo exterior o de la falta de "conciencia nacional" entre los ciudadanos poco identificados con una determinada noción de pueblo. Antes y ahora, a menudo se apela a un sentido reduccionista de la Democracia, entendida ésta más en su sentido electoral que no como espacio y cultura de deliberación, de negociación, de renuncia y de pacto. No se admite transacción en los valores adornados con la "pureza". Para el nacionalismo, la construcción de la Patria es más una cuestión de voluntad y de convicción, que algo que tenga que ver con la Razón. Se levanta un marco mental que incita al activismo, en el que la identidad es a la vez el objetivo y el punto de partida.

A partir de mediados del siglo XIX, el nacionalismo se convirtió en un poderoso agente político y social en Europa. Su presencia en el ciclo revolucionario de 1848 es notoria, junto a las reivindicaciones democráticas y obreras. El romanticismo creaba un contexto cultural bastante idóneo, pero más importante aún era la inadecuación de las estructuras políticas estatales a las nuevas realidades económicas, así como la necesidad de blandir un discurso de resistencia destinado a aquellos sectores sociales que se sentían frágiles y débiles ante los rápidos cambios que se producían, así como aquellas élites que veían en la configuración de nuevos estados la posibilidad de llevar a cabo procesos de asalto al poder o de asegurar, al menos, un cierto respeto, a sus intereses particulares que consideraban poco asumidos por las estructuras políticas vigentes. Lógicamente el Imperio austrohúngaro era una antigualla de difícil reforma y sostenimiento. Representaba, como ningún estado europeo, un pasado que inexorablemente desaparecía. Su sistema de monarquía dual todavía era para algunos incipientes catalanistas como Valentí Almirall un posible modelo de encaje de Cataluña y España. Pero Hungría ya no se sentía cómoda con esta solución; como tampoco la multitud de grupos étnicos, culturales, religiosos e idiomáticos que convivían, mal que bien, en la parte oriental de esta estructura en proceso ya de demolición. Magiares y rumanos distaban mucho de entenderse, y menos en Transilvania, pero tampoco serbios, croatas, eslovenos y los musulmanes que eran mayoritarios en la zona de Bosnia. La ancestral conflictividad de los Balcanes emergería de la mano del discurso nacional. Pero igualmente emergió el nacionalismo checo, de Flandes, en Finlandia, pero también en Noruega frente a Suecia.

En España, especialmente entre el catalanismo conservador y en menor medida entre el vasquismo, los modelos "nacionales" de resistencia a procesos de homogeneización más seguidos fueron los de Irlanda y de Polonia. De Irlanda atraía el carácter católico del movimiento, así como sus connotaciones rurales. De la Polonia "mártir" fragmentada y castigada por alemanes y rusos, fascinaba especialmente también el componente religioso como aspecto central de identidad nacional, además del componente emocional que aportaba el maltrato sufrido a manos de sus ocupantes. El final de la Primera Guerra Mundial significó una brutal reconfiguración del mapa de Europa central y oriental. De la mano del presidente estadounidense Wilson, se dijo que se impulsaba el "principio de las nacionalidades". Las reivindicaciones nacionalistas se aplacaron durante unos años, pero distaban de haberse resuelto satisfactoriamente. Esto no era posible, en ningún caso, en un sentido pleno. No hay una "objetividad" en la definición del problema nacional y sus posibles resarcimientos. La reivindicación nacional es un recurso al que siempre es posible apelar por parte de determinados sectores sociales descontentos y más o menos alejados de los instrumentos del poder estatal.

Artículos anteriores
¿Quién es... Josep Burgaya?
Josep Burgaya

Profesor universitario y ensayista. Doctor en Historia Contemporánea ejerzo como profesor en Periodismo y Comunicación Audiovisual en la Uvic-UCC. He publicado El Estado de bienestar y sus detractores (Octaedro, 2013), La Economía del Absurdo (Deusto, 2015), galardonado este con el Premio Joan Fuster de Ensayo, y Adiós a la soberanía política (Ediciones Invisibles, 2017). Soy un izquierdista perplejo al que le rompen el corazón y la razón tanto la vieja como la nueva izquierda. Estoy en este blog: https://jburgaya.es/

 

¿Quiere hacer un comentario?
Esta web utiliza 'cookies' propias y de terceros para ofrecerte una mejor experiencia y servicio. Más información