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Ilustración de Baldomera Larra y un diseño que representa una estafa piramidal / ARCHIVO

Baldomera, la hija estafadora de Larra

Baldomera Larra organizó una estafa piramidal con una actividad de prestamista que, como mujer casada, no podía recibir castigo

Francisco Martínez Hoyos
9 min

Cuando Mariano José de Larra se voló la tapa de los sesos, dejó tres hijos pequeños que iban a protagonizar unas vidas notables. El varón, Luis Mariano, sería novelista, dramaturgo y libretista de zarzuelas, entre ellas de la muy conocida El Barberillo de LavapiesAdela, una mujer de notable belleza, tendría una relación íntima con el rey Amadeo de Saboya. Cuando el monarca se encaprichó de otra, amenazó con publicar las cartas que este le había enviado. Un emisario real se encargó de desactivar la amenaza con una generosa oferta: cien mil pesetas de la época. Como ella rechazó la suma, el mensajero recurrió al argumento definitivo de ponerle una pistola en la cabeza. Solo así la hizo cambiar de opinión. Algún tiempo después, la encontraremos involucrada en un intento de estafa a un aristócrata, el duque de Santoña, por el que fue condenada a un año y medio de prisión.

Adela conoció al monarca a través de su hermana, Baldomera Larra (1833-1915), casada con el médico de palacio, que también se dedicaría a los manejos turbios aunque con una importante diferencia: haría negocios a gran escala. Después de que su marido tuviera que exiliarse por motivos políticos, su situación económica se deterioró hasta que saltó la alarma. El recurso a los prestamistas, a la vista de sus intereses usurarios, significaba pan para hoy y hambre para mañana. Debía buscar algún medio de obtener ingresos. Tuvo así la idea de pedir dinero ofreciendo a cambio una muy alta rentabilidad. Al principio, era ella la que solicitaba el dinero. Cuando su fama se extendió por Madrid, eran los demás los que iban a buscarla para entregarle sus ahorros. ¿Cómo resistirse a una rentabilidad del 30 por ciento al mes?

Ilustración de Baldomera, la hija timadora de Larra / ARCHIVO
Ilustración de Baldomera, la hija timadora de Larra / ARCHIVO

El exceso de codicia

Nació de esta forma la Caja de Imposiciones, una institución frente a la que se constituían grandes colas de gente. Su creadora, convertida en una celebridad, pasó a manejar grandes sumas. No podemos cuantificarlas con exactitud, pero es posible que se elevaran a 22 millones de reales. Ganó por el camino muchos admiradores, encandilados por la determinación con la que había sabido reinventarse a sí misma. Era, por decirlo en terminología actual, una “emprendedora". Para sus partidarios, desempeñaba incluso una benemérita labor social como “madre de los pobres”.

La prensa, mientras tanto, desconfiaba. Una persona que ofrecía duros a cuatro pesetas no podía ser trigo limpio. Baldomera, cada vez que le preguntaban por la garantía de los depósitos, respondía que solo existía una, tirarse del viaducto. Esta respuesta debió hacer sospechar a más de uno, pero la codicia condujo a muchos a suspender su incredulidad. La codicia hizo que la gente --¿cuántos? ¿cinco mil, diez mil?-- creyera lo que quería creer.

El tinglado se basaba en el mismo esquema de todas las estafas piramidales. A los inversores A y B se les paga con el dinero que aportan C y D, que recibirán sus intereses de lo que ingresen E y F. Esto es lo que más tarde se conocería como Esquema Ponzi, por el estafador italiano del mismo apellido. Para que todo funcione, el negocio debe repetir este procedimiento hasta el infinito. Pero sucede que un día el chorro de nuevos fondos resulta insuficiente para satisfacer todas las deudas. Como no hay una actividad real que produzca beneficios, sobreviene entonces el desastre.

Mariano José de Larra, escritor, periodista y padre de Baldomera Larra / ARCHIVO
Mariano José de Larra, escritor, periodista y padre de Baldomera Larra / ARCHIVO

La fuga a Francia

Cuando Baldomera se vio sin recursos para continuar, cogió todos los fondos a su disposición mientras destruía los libros de contabilidad y cualquier otro documento comprometedor. Huyó a finales de 1876 y lo hizo, según la prensa de la época, con un estilo propio de novela de folletín: acudió al teatro con su coche de caballos y dejó al conductor esperándola mientras ella tomaba un coche de alquiler. Consiguió así salir de incógnito y marcharse a Francia. Allí se estableció, con una identidad falsa, en Auteuil.

Al conocer la noticia, no fueron pocos los que se resistieron a creer la fuga. Pensaban que volvería tarde o temprano. Se produjeron escenas dramáticas, en medio de gritos e insultos, con los damnificados concentrados ante la Casa de Imposiciones. Los periódicos estaban lejos de mirarles con simpatía, más bien les consideraban unos insensatos que habían manejado con temeridad sus propias finanzas. El Imparcial, en su edición del 5 de diciembre de 1876, utilizaba un tono irritante en plan “ya te lo dije”, poco acorde con una mínima empatía hacia unas victimas que acaban de sufrir un duro golpe: “Cuantas reflexiones hiciésemos sobre el asunto serían empachosas, después de que la prensa de todos los matices ha agotado las advertencias y los consejos para apartar del fatal camino a una multitud de incautos que cerraba voluntariamente los oídos a todo consejo sano y racional”.

Baldomera Larra en un grabado / ARCHIVO
Baldomera Larra en un grabado / ARCHIVO

Madoff estaría orgulloso

La hija de Larra fue localizada y extraditada a España, donde sería juzgada en un proceso que se siguió con gran atención. Aunque nadie discutía los hechos, se libró de ir a la cárcel gracias, paradójicamente, a la misma legislación que discriminaba a las mujeres. El meollo de la cuestión era establecer si los afectados por la estafa eran o no verdaderos acreedores. El Tribunal Supremo dictaminó que no, puesto que todos sabían que estaba casada y una esposa carecía de capacidad legal para dedicarse al prestamismo. Por tanto, todas sus obligaciones hacia sus clientes sencillamente no existían desde un punto de vista legal.

La opinión popular no coincidía en esto con el planteamiento de los magistrados. Se divulgó una canción con el significativo título de El gran camelo y quedó, como dicho, “el timo de doña Baldomera”, precedente directo de otra expresión famosa en el mundo de antes de los millennials, “el timo de la estampita”.

De lo que hizo nuestra audaz financiera el resto de su vida no sabemos gran cosa. Tal vez se quedó a vivir con su hermano Luis Mariano, o quizá se marchó a La Habana. Otra posibilidad es que acabara sus días en Buenos Aires. Iba a quedar, ante la Historia, como la precursora de escándalos como los de Sofico, Fidecaya, Gescartera o Fórum Filatélico. Bernard Madoff, el conocido asesor de inversiones de Wall Street, condenado a 150 años por fraude, a buen seguro que se hubiera sentido orgulloso de ella.