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Motivos para dimitir de Papa

Guillem Bota
29.06.2020
5 min

Cuando uno lee la expresión «escritos religiosos hechos a cuatro manos» se pone en lo peor, que no está el horno eclesiástico para bollos y cuatro manos son muchas, para estar ahí revueltas. Además de dos cuerpos. O más, si hay mancos de por medio. Pero no piensen mal. Así es como sus fieles publicitan el libro que escribió fray Junqueras en la cárcel de Lledoners, donde debe pasar por ser una especie de abate Faria, el vecino de celda del Conde de Montecristo en el penal de If. Lo de «cuatro manos» no refleja una mutación en el ya de por si frondoso cuerpo del dirigente de ERC, sino que el libro, o sea las reflexiones de carácter religioso que contiene, fueron escritas entre éste y el monje Hilari Raguer, del monasterio de Montserrat. La cosa se llama Reflexions des de Lledoners, de donde se deduce que Dios puede inspirar profundas reflexiones, pero se queda un poco azorado si además se le pide un poco de originalidad a la hora de titular el libro, no va a estar uno en todo.

El caso es que el libro ha llegado al Papa. Una delegación de ERC se lo llevó en persona al Sumo Pontífice, para que vea que en el Vaticano, mucho teólogo y muchas horas dedicadas al estudio de lo divino, pero donde de verdad se cuecen las habas es en Lledoners, ríase su santidad del Concilio de Trento. Lo cual me lleva a reconocer un error que he sostenido durante mucho tiempo: siempre había pensado que el de Papa era uno de los mejores oficios del mundo, no por nada no hay más que una sola vacante en el mundo, y eso al cabo de unos cuantos años puesto que el contrato es indefinido. Es cierto que lo del celibato puede llegar a ser molesto, pero con la edad uno se acostumbra, y bien mirado uno ya llega al cargo con los deberes hechos y no está ya para muchas tentaciones de la carne. En resumen, un trabajo envidiable. O eso creía yo hasta que la delegación de ERC me ha hecho abrir los ojos.

Ya no es solo que el Papa tenga entre sus obligaciones recibir a todos los pelmazos del mundo que no aspiran más que a hacerse una foto con él. Es que encima --como ocurrió esta vez-- tiene que escuchar sus peticiones, por estrambóticas que estas sean. En el caso de los republicanos, no tuvo más remedio que simular interesarse por no sé qué historia de unos «presos políticos», como si el pobre hombre tuviera que estar al corriente de los problemas personales de todo Dios, con perdón, y como si encima hubiera de solucionarlos, cuando desde que empezó en el seminario le enseñaron que al César lo que es de César y que su reino no es de este mundo.

Imagino al bueno de Francisco asintiendo con la cabeza a la letanía de la delegación de ERC de Manresa, mientras pensaba dónde demonios debe caer eso de Manresa y qué le están contando esos pesados que no ven la hora de largarse, a ver si se creen que voy a invitarlos a quedarse a comer, van listos. Por si eso no fuera suficiente, se empeñaron en regalarle un libro, y aquí el Pontífice reflexionaría sobre que hay que ver la manía que tiene hasta el último visitante de creerse en la obligación de llevarle un regalo al obispo de Roma, que ya no sabe donde meterlos y que por supuesto ni harto de vino --de misa-- va a leer este tocho escrito por un aspirante a tomar los hábitos con ínfulas de santurrón. Nótese como el Papa piensa de si mismo en tercera persona, como está mandado.

No es un oficio tan sencillo como parece, no. Una cosa es ser un sacerdote de a pie, que también escucha cosas raras en confesión, pero por lo menos está oculto y puede echar un sueñecito, y la otra es llegar a lo alto del escalafón profesional, que a uno ya ni siquiera le cuentan pecados sino cuentos, y encima tiene que simular interesarse por ellos.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.