Un monigote en la autopista

Guillem Bota
13.09.2021
5 min

Lo de colocar en un puente de la autopista un monigote de Puigdemont saludando a los viajeros con el brazo, como si fuera un gato de bazar chino, es la primera idea buena que ha tenido el independentismo en la última década. Los turistas que entraban por autopista a España se sentían reconfortados con aquel espantajo que movía el brazo allá en lo alto, sobre un puente, puesto que si un minino moviendo la pata trae suerte --eso asegura por lo menos el chino que regenta el bazar de la esquina--, si lo hace un monigote con forma humana, la fortuna ha de caer por fuerza sobre todos los que han sido saludados. No digamos ya si quien te saluda simula ser todo un exiliado, eso debe servir para ir a Las Vegas y regresar bañado en oro.

Una vista trasera del artilugio, sin embargo, revelaba la triste realidad: el Puigdemont de la Fortuna no tiene patas y, encima, un sospechoso hilo le sale de allá donde de tenerlas estaría situada la bragueta, y por más que nos digan que se trata del cable que permite alzar el brazo, queda la sospecha de si no servirá para levantar otras extremidades que aquí evitaremos mencionar. Teniendo en cuenta lo que los independentistas llegan a amar y a venerar a su líder mesiánico, por lo cual jamás se les ocurriría construir su efigie dejándose por el camino partes tan importantes de su anatomía, la pregunta que surge es: ¿el auténtico Puigdemont tiene también amputadas las piernas y un cordel se cuela en su bragueta? A tenor de sus apariciones públicas se diría que no, pero vayan ustedes a saber, los líderes mundiales son muy coquetos y capaces son de disimular sus taras.

Es de suponer que sólo el estado menguante de las cajas de resistencia ha impedido que el monigote de Puigdemont esté confeccionado en oro, se ve claramente que está hecho con cuatro harapos y un bisoñé de saldo. Lo suyo sería un Puigdemont de oro, como el becerro al que adoraban los judíos a la que se despistó Moisés, y así en lugar de pasarle por debajo los viajeros, se postrarían ante él, como llevan haciendo desde siempre su acólitos, y ay del que no lo haga.

Según parece, el muñequito de precario movimiento no quedará instalado para siempre, fue cosa de un día. Uno espera que se tratara de un ensayo y que este fuera satisfactorio, a ver si pronto todos los puentes de carreteras y autopistas se pueblan de Puigdemonts articulados. Otra cosa no, pero una atracción turística sí que sería, e incluso una imagen icónica. Si hace años centenares de toros de Osborne oteaban las carreteras españolas, podrían decenas de Puigdemonts de brazo moviente, adornar las vías catalanas. El toro embiste al torero y se caracteriza por su nobleza, mientras que el expresidente catalán huye a las primeras de cambio y se caracteriza por su bajeza. Ni que fuera por contraste, Puigdemont conseguiría al fin ser reconocido.

Hemos tenido que conformarnos con una especie de espantapájaros de brazo semoviente, lo cual es un avance tecnológico respecto a los espantapájaros de toda la vida, aunque un atraso respecto a cualquier artilugio incide los inicios de la robótica, será que en Cataluña vamos siempre con retraso. Da igual, lo que cuenta es la intención, y ese espantajo subido a un puente representa fielmente lo que ha sido el procés: un intento de independencia, no ya con pies de barro, sino directamente sin pies. Algo con lo que engañar a unos cuantos a primera vista, pero que si se rasca un poco, se percibe que es una chapuza construida a desgana, algo estrambótico que sirve como mucho para que los niños jueguen con él, pero que cualquier adulto con dos dedos de frente sólo puede tomarse a cachondeo.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.