Un gobierno inútil y un rey casi destronado

Manuel Peña Díaz bw
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“En la ignorancia del pueblo está seguro el dominio de los príncipes; el estudio que los advierte, los amotina”, sentenció Quevedo en La Fortuna con seso y la hora de todos (1636). No contento con ese aviso, el escritor madrileño hundió su dedo un poco más en la purulenta llaga de la monarquía de Felipe IV: “Vasallos doctos, más conspiran que obedecen, más examinan al señor que le respetan; entendiéndole, osan despreciarle”. La crítica puede entenderse como una sátira sobre el mundo al revés, aunque --como ha recordado Henry Ettinghausen-- estamos ante un Quevedo políticamente desconcertante, tanto “que no se parece en casi nada al monolítico reaccionario que se nos suele vender”.

Han pasado casi cuatro siglos y la advertencia quevediana amenaza con cumplirse una vez más. Los vasallos doctos “sabiendo qué es libertad, la desean; saben juzgar si merece reinar el que reina, y aquí empiezan a reinar sobre su príncipe”. La crisis y decadencia de la Corona española parece no tener fin. Cada día que pasa, los republicanos más ansiosos se relamen gustosos ante el goteo incesante de noticias contrarias a la imagen de Felipe VI y a la credibilidad de su familia.

Los monárquicos convencidos y accidentales insisten en que hemos de distinguir entre la institución y las personas, salvo el rey, que lo funden con la Corona. Han sido las segundas, es decir, sus hermanas, cuñado y padre los que han dejado de ser monárquicos, para convertirse en aliados de los republicanistas. El lamentable y ventajista episodio vacuneril de las infantas se suma al presunto y constante fraude del rey emérito a la Hacienda pública. La Corona se desmorona estética y éticamente y la presumible ejemplaridad del Rey ya no es suficiente. Ya lo adelantó Quevedo: “Grandes son los peligros del reinar: sospechosas son las coronas y los cetros”.

Mientras no se ataje el descrédito, el avance del republicanismo va a ser constante y puede confundirse con la republicanitis, esa inflamación demagoga propia de populistas. Es fácil imaginar que el sueño más húmedo de Iglesias es el de convertirse en un Azaña, y el de Junqueras el de resucitar a Companys.

En el contexto actual, la responsabilidad de socialistas y populares es mayúscula. Sólo es posible superar el deterioro de la imagen de la monarquía, alcanzando un pacto que contemple una consulta a medio plazo sobre la forma de nuestro Estado, si república o monarquía. Sería un tiempo más que suficiente para que la ciudadanía pudiera conocer las ventajas e inconvenientes de optar por una u otra institución. Y aún más, habría que hacerse una idea de tener como presidente de una posible república a un Aznar, un Sánchez, un Abascal o un Iglesias, en lugar de continuar con un imparcial y equidistante Felipe VI.

Es la hora de políticos valientes que se dejen de bravatas o de medias tintas, que lideren la reforma urgente de un país que hace agua por todas partes. Por si fuera poco, la carcoma populista e identitaria se ha instalado en las mismísimas vigas maestras del Estado. Inquieta que sus larvas más pequeñas destrocen cristales y quemen contenedores, pero inquieta mucho más que el gobierno se disperse en discursos contradictorios y hueros, viendo pasar el tiempo. Dejen de explorar y encuentren soluciones. Hasta en Quevedo hallarán ejemplos: “Sólo es buen ministro quien derechamente mira a los necesitados”, y esos son los españoles, un país entero, incluido un rey asombrado, casi destronado.

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¿Quién es... Manuel Peña Díaz?
Manuel Peña pila

Historiador y profesor universitario, autor de Una Historia no oficial de Cataluña (2019), Historias cotidianas (2019) y Andalucía: Pasado y presente (2020).