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Las misas de culo y en latín

Josep Maria Cortés
6 min

Ya de noche, con la tormenta lanzada sobre los altos farallones de nuestra costa, el balance del domingo día 10 era claro: el independentismo sigue funcionando y Vox da la campanada. El nacionalpopulismo catalán rivaliza en despropósitos con la derecha dura de Vox; ambas fuerzas son aliadas a mucha distancia física; son cercanas en sensibilidad, porque las dos utilizan el vínculo de la emotividad. Son enemigos de trinchera y camaradas de bible belt, el cinturón evangélico catalán, que sostiene al dúo Torra-Puigdemont, muy parecido ya al de la Baja California americana, que le da votos a Trump. En los comicios se ha impuesto la lógica de las identidades, una retórica bajo sospecha a los ojos del mundo libre.

¿Dónde está el origen de este nacionalismo rancio? En el templo; en la raíz cristiana de los movimientos que lo germinaron antes de encumbrarlo. La nación y la cruz son dos caminos destinados a fundirse o a confundirse a base de mamporros, como se ha visto en las calles tristes de goma quemada, contenedor calcinado y frontera cerrada. Había que verlos en Montserrat, junto al abad benedictino, otro fanático del Sinaí catalán. Desde el otro lado de la misma trinchera esencialista, Santiago Abascal es más de basílica milagrera; le pega el estilo de Fátima, pero también presume de romería ecuestre de las que terminan en capea y almuerzo campestre. Don Santiago ha demostrado, como Puigdemont, más habilidad para acceder al poder que para gobernar.

Venimos de pujolandia, un mundo en el que era imposible encontrar un patricio sin peculado manifiesto. Todos afanaban lo que podían. Sin embargo, los políticos de ahora han impuesto por encima del dinero, principios como la castidad y el puritanismo. Algunos son tan castos que, a su lado, la licuefacción de la sangre de San Jenaro de Nápoles parece una reunión de inocentes boy scouts; llevan en su entraña el resentimiento contra España, una forma de odio, ofrecida al altísimo. El catalanismo siempre ha sido conservador. Y cuando una corriente conservadora se radicaliza, se destruye en un crescendo lírico. En nuestro caso, la gradación ha sido así: Tripartito; Estatut; procés, fallo del Supremo y éxtasis final con castillos de fuego, de momento.

Un día te levantas y compruebas que el país está implosionando a marcha lenta, que es la más nociva. No lo implosionan el Tsunami y los CDR, sino el cansancio de las capas menestrales que les dan la vida. Estadísticamente, no podemos percibir el derrumbe económico; solo se habla de la caída del PIB cuando esta se produce, y entonces ya es demasiado tarde. El presente de indicativo no tiene memoria, pero conoce el dictado de la moda intelectual y estética. Partiendo de un discurso de raíces ontológicas, tanto Vox como los jóvenes barbaros de Puigdemont beben en la fuente del dadaísmo venido a menos que se quedó entre las costuras de engañosos sentimientos.

A partir de ahora, con más de 50 diputados, Abascal podrá intervenir en las sesiones de control, presentar recursos al Tribunal Constitucional, crear comisiones o presentar mociones de censura; en suma, estará en condiciones de entrometerse en la agenda legislativa. Ya se da por hecho, digan lo que digan los protagonistas, que el PP aceptará una suerte de acuerdo para que Sánchez pueda gobernar. Solo hay un problema: si PP y PSOE se funden en una estrategia de gobernabilidad, Vox se convierte en lo que factualmente ya es: la oposición. Ni la CEDA de Calvo Sotelo le cedió tanto al radicalismo de Lerroux. Recordemos que la gestora del PSOE, dirigida por el ingeniero asturiano Javier Fernández, en el año 2017, se abstuvo para que gobernara Rajoy y en poco tiempo el partido socialista estuvo a punto de desaparecer.

Después de todo, Rajoy tenía razón. El ex presidente se declaró sorprendido con la irrupción de Ciudadanos porque siempre pensó que el granítico electorado del PP se rompería antes por la extrema derecha que por el centro. La razón de ser del PP marianista era la de acabar con la fragmentación del voto de la derecha. Acompañado de Alfonso Alonso, Núñez Feijoo y Santamaría, entre otros, quiso abarcar desde la democracia cristiana hasta la socialdemocracia moderada. Se dice que la comunicación mariana de entonces habría derrotado a su homólogo monclovita de hoy, Iván Redondo, emparentado ya con su tocayo, el hiper-responsable Ivan Karamazov, por aquello de que a perro flaco todos son pulgas.

El bible belt no salvará a Casado; es demasiado joven y demasiado laico. De momento, de haberse dado la entente PSOE-PP, se prefiguraría un campo de Marte entre los dos autoritarismos: el procés y Vox. Vuelve la catequesis, el win win, de los falsos mormones, siempre ganadores; la España de Trento, la de No podemos claudicar, el libelo de Ramón Serinanell; el país de las misas de culo y en latín.

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¿Quién es... Josep Maria Cortés?
Josep Maria Cortés

Periodista de economía, realizó una parte importante de su carrera en El País y en los últimos años ha colaborado con La Vanguardia, Catalunya Ràdio y ED. Antes, desempeñó el cargo de director en Barcelona de la consultora multinacional de la comunicación Porter Novelli. Fue durante cinco años analista semanal en el programa Bon dia, Catalunya de TV3. Inició su carrera profesional en El Noticiero Universal y en El Correo Catalán, perteneció a la plantilla fundacional de TV3 y fue el primer corresponsal en Barcelona del diario financiero Expansión. Ha publicado, como autor y coautor, varios libros de investigación periodística, entre ellos, Memoria de Catalunya, del regreso de Tarradellas al pacto Pujol-Aznar (Taurus) o Los yuppies de Pujol llegan a la cima (ED).