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El 'conseller' Buch entre alcachofas

Guillem Bota
01.07.2019
5 min

Entre los fugados, los presos, los que tienen miedo de acabar en la trena y prefieren no ocupar cargo y los que no necesitan sisar dinero público porque su cuenta corriente rebosa, se va haciendo difícil encontrar en Cataluña alguien dispuesto a ser consejero.

Y claro, sucede lo esperado: que hay que aprovechar lo que tengamos a mano. Aunque sea meter a Laura Borràs de Cultura, A Meritxell Budó de portavoz, al mismo Torra de presidente o, agárrense, a Miquel Buch de interior, un tipo que --cuentan-- hasta no hace mucho no tenía en su currículum más que una linea escrita: "portero de discoteca". O eso es lo que se cuenta. Quizás sea leyenda, cosa que no me extrañaría, puesto que basta con escuchar una sola vez al pobrecito Buch para darnos cuenta de que el cargo de portero le exigiría dotes intelectuales fuera de su alcance.

No creo que en toda Cataluña --y eso incluye a familia y amigos del conseller-- haya una sola persona que dude de que una alcachofa sería mejor consejera de Interior que Miquel Buch. No es que una alcachofa destaque ni por sus habilidades oratorias ni por su elevado intelecto, hay que reconocer que en ambos aspectos estaría a la par con él. Ahora bien, la indudable ventaja del apetitoso vegetal respecto al inefable conseller, es que aquella no abre la boca para pronunciar sandeces, que es la única función que se le conoce a la obertura que Buch tiene justo debajo de la nariz, entre unos pelos permanentemente mal afeitados.

Por ejemplo, una alcachofa quizás no agradecería al ejército español que ponga en riesgo la vida de sus soldados para extinguir un incendio, de hecho es probable que no pronunciara palabra. Pero lo que seguro que no haría --la alcachofa, digo-- sería aprovechar una catástrofe natural para meter cizaña y jugar a "hacer república" para el goce de solamente cuatro necios, cosa que sí hizo Buch.

Que si estamos al lado del "estado español" (sic), que si es normal que entre vecinos nos ayudemos, que si Francia haría lo mismo... Una extensa retahíla de gilipolleces varias que, por su misma condición de gilipolleces, habrán sido celebradas por más de un millón de catalanes. Cualquier persona en sus cabales se limitaría a agradecer la ayuda y, además, lo haría sinceramente. Cualquier persona en sus cabales, digo. Por tanto, hay que reconocer que tal agradecimiento sincero sonaría extraño en boca de cualquier conseller de la actual Generalitat.

Miquel Buch es lo que por estos pagos llamamos un milhomes y más para allá se conoce como un chulopiscinas: el tipo que se las da de gran hombre para ocultar que es un cobarde e incapaz que, a la menor dificultad, se arruga. A Buch --se lo advierto a los lectores por si lo hallan alguna vez en tal situación-- se lo encuentra usted tirado en una cuneta porque ha sido víctima de un atropello y si se le ocurre pararse a auxiliarlo, en lugar darle las gracias le espeta que era su obligación. Y eso si no le pide dinero. Más vale pasar de largo si no quiere que se le ponga mal cuerpo para el resto del día, hágame caso.

Ahora bien, puesto que hay en Cataluña no sólo consenso sino unanimidad --contabilizo, por supuesto, al propio Miquel Buch-- sobre que una sencilla alcachofa --no hace falta que sea de las más inteligentes de su especie-- ejercería mejor de conseller de Interior, la gran pregunta es: ¿por qué se optó por Buch? La respuesta, mal que nos pese, no puede ser más que una: porque una sandía sería mejor presidente que Quim Torra.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.