Una ministra de la Sección Femenina

Guillem Bota
11.10.2021
5 min

La ministra de Igualdad, que debe ser muy creyente, aunque ella seguro que se tiene por creyenta, pretende impedir que pequemos de pensamiento, que no es otra cosa que instar a perseguir las miradas impúdicas. Una mirada impúdica que no tenga detrás un pensamiento igualmente impúdico ni es mirada impúdica ni es nada, igual es una mota que se nos ha puesto en el ojo justo cuando nos pasaba por delante un culo, que más que culo era monumento. O sea, que lo que castiga es pensar, nada raro viniendo la idea de quien ignora este verbo. La ministra se iguala, por allí donde le gusta, a los curas de cuando yo iba a la escuela, que se hartaban de recordarnos que no solamente se peca de obra, sino también de palabra y de pensamiento, y por si todo ello fuera poco, también de omisión. No es raro que nadie se atreva a lanzar la primera piedra, a ver quién es el guapo que se libra de pecar, con tan amplio abanico para elegir.

A mí siempre me aterró eso de poder pecar de pensamiento, pues sabido es que, si te dicen que no pienses en un elefante, no te lo quitas de la mente en toda la tarde. Pues con las tetas de la vecina, lo mismo. Bastaba que don Gregorio nos dijera que no tuviéramos malos pensamientos si no queríamos arder en el infierno, para que no me pudiera sacar de la cabeza los pechos de Merceditas, aunque para mi desgracia fuera metafóricamente. Va a suceder lo mismo con las miradas impúdicas, que a fuerza de querer disimular lo que nos pasa por la cabeza, vamos a parecer un hatajo de salidos, babeando incluso. Solo los hombres, por supuesto, ya que, aunque las mujeres poseen también esa terrorífica arma llamada ojos, la ministra las excluye del pecado, igual que las excluye del delito cuando le place, que para ello es ministra de Igualdad, qué caramba o carambo.

De momento, la ministra no pretende legislarnos el pensamiento ni la pensamienta –todo se andará, incluso eso dejará de ser patrimonio de Dios, por heteropatriarcal—, sino el reflejo de este en la mirada. Pensar, podemos pensar que ese culo está para comerlo –de momento, insisto—, pero debemos cuidarnos mucho de trasladar tal pensamiento a la mirada. La cara es el espejo del alma y los ojos lo son de los bajos instintos, le dijo alguien en mala hora a la ministra para seducirla. Y ella se lo tomó al pie de la letra. Lo malo de los hombres, lo sabe la ministra, no es que muestren su deseo con la mirada, lo malo es que tengan deseo, pero mientras no se tramite la ley para castrarlos a todos, hemos de conformarnos con prohibirles las miradas procaces. Sacarles los ojos se deja para más adelante, según se adapten o no a la nueva legislación.

En fin, tampoco es que importe mucho. A los españoles, lo que nos va de verdad, más que pecar de pensamiento, es hacerlo de palabra. Ahí sí que no tenemos rival, por lo menos en lo que se refiere a los pecados de la carne. Que no nos toquen la palabra, por todos los dioses, o ahí sí que habrá un motín que ríanse del de Esquilache. Mientras el Código Penal​ no tipifique como delito el contar a los amigotes hazañas sexuales imaginadas o exageradas, jamás reales, podemos estar tranquilos. Si hay que agachar la mirada cuando veamos una mujer de bandera, la bajamos, y si es necesario nos apuntamos a cursillos de miradas neutras, para que podamos repasarla de arriba abajo como se ha hecho toda la vida, pero ahora con expresión de jugador de póquer. Lo que sea con tal de que no se escandalice a la ministra guardiana de la virtud de las españolas. Va a ser que nos han colado una ministra de la Sección Femenina, lo que yo les diga.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.